Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

viernes, 30 de enero de 2015

Cómo empezó todo

Hace unos días me llegó un correo de una prima mía y, aun así amiga, en el que me anunciaba un concurso literario de la Universidad de León. El tema del concurso es "El libro que me cambió la vida", cuyo enlace os dejo por si a alguien le apetece participar.
El tema me pareció muy atractivo y no demasiado difícil porque yo tengo muy claro cual fue ese libro, de manera que puse manos al teclado y empecé a escribir. No lo hice por el afán de ganar el concurso. Primero, porque sé que es casi imposible (hay un montón de gente por ahí que escribe muy bien) y segundo, porque el premio (cien euros en libros a elegir) es un premio simbólico. Esto es normal dada la precaria situación de la Universidad pública en este país por obra y gracia de los descerebrados que nos gobiernan (de los que quizás me anime a hablar otro día. Pero eso será otro día, si es). Lo hice únicamente por el deseo de hacerlo y de compartirlo con todos vosotros.
A continuación, os dejo lo que escribí, aunque un poco modificado porque, en el concurso, el relato debía tener mil palabras como máximo y aquí, sin limitaciones, me he explayado un poco más. Espero que os guste.

martes, 27 de enero de 2015

"El anarquista que se llamaba como yo" Pablo Martín Sánchez

La última tertulia literaria del Villajunco ha tratado sobre este libro de título sugerente, contenido ambiguo, pero interesante, y que al final ha provocado más dudas entre los tertulianos de las que hemos sido capaces de responder. 
La novela nace de la casualidad que hace que el autor, al poner su nombre en Google, se encuentre con que él no ostenta la exclusiva del mismo. Hubo otro hombre que a principios del siglo XX, se llamó también Pablo Martín Sánchez y fue un anarquista poco documentado, poco conocido que fue condenado a garrote vil tras los sucesos del 6 de noviembre de 1924, cuando un grupo de anarquistas entra en España creyendo que ha estallado la revolución y que van a poder terminar con la dictadura de Primo de Rivera y hasta con Alfonso XIII.

sábado, 24 de enero de 2015

"La entrega" Michael R. Roskam & Dennis Lehane

"La entrega" es una película que para muchos de los amantes del cine y de las buenas series, siempre será un referente, algo emotivo, algo sobre lo que volver varias veces a lo largo del tiempo. La tendremos en nuestra videoteca y, de tanto en tanto, en tardes lluviosas y tontas, de esas en que uno no sabe muy bien en qué dar, volveremos a verla, volveremos a disfrutarla y quizás dejemos escapar o contengamos a duras penas (depende de la dureza de cada cual) una lagrimilla... y es que supone el último trabajo, la última aparición en escena de James Gandolfini, el queridísimo Tony Soprano que durante tantos años nos hizo amar a los gangsters; nos hizo sorprendernos con nosotros mismos al ver que, a pesar de sus actos reprobables, de su crueldad y tiranía, de su facilidad para tirar de pistola y quitarse de el medio a cualquier infeliz que se cruzara en su camino, no podían dejar de caernos simpáticos, no podíamos dejar de desear que todo les saliera bien porque eran nuestros amigos de cada semana y eran simpáticos y tenían su corazoncito y sufrían y precisaban de psiquiatras y, en una palabra, eran tan humanos...
James Gandolfini, in memoriam
Tan humano Tony Soprano como James Gandolfini, que necesitaba de estímulos para seguir viviendo y los encontraba en las drogas, el alcohol y la buena comida. Y una noche en Roma, tras una copiosa cena con todos sus complementos, estalló su corazón y se partió el nuestro cuando lo supimos a la mañana siguiente.
Pero la película tiene otros muchos atractivos, aunque la despedida de Gandolfini bastara por si misma. El guión es de Dennis Lehane y obtuvo en San Sebastián el Premio del Jurado al mejor guión. Está basado en una novela corta del mismo Lehane (la he leído recientemente) y, aunque las tiene mucho mejores, esta no deja de estar a la altura de lo que se espera del autor. Ni la novela, ni la película. Se repiten las claves que me han hecho seguir a este escritor desde que lo descubrí como autor de la novela que dio vida a la maravillosa "Mystic river" de Clint Eastwood: malos que no son tan malos; buenos que son menos buenos; crímenes que hacen justicia y son perdonados por el guión y la novela; crímenes injustos que son comprendidos (y también perdonados); en fin, la vida real con sus contradicciones, sus claroscuros, sus mil matices del gris y poco blanco y nada negro. De Dennis Lahane son novelas de las que han salido películas tan excelentes como "Adiós perqueña, adiós", "Shutter Island", y la mencionada "Mystic river".
Dennis Lehane
Como gionista, además de la película que nos ocupa, ha participado en varios episodios de algunas de las mejores series americanas de todos los tiempos como "The wire" y "Boardwalk empire". Como novelista tiene una excelente serie cuyos protagonistas son dos detectives de Boston: Kenzie
& Gennaro, en una de cuyas obras se basa la película "Adiós pequeña, adios", de la que quizás me anime a hablar otro día. En fin, para mi, cualquier cosa en la que este hombre meta la pluma, es garantía de calidad.
En "La entrega", Marv (el primo Marv, nuestro James Gandolfini) es un antihéroe que perdió sus días de gloria en la mafia irlandesa de Brooklyn (en la novela, la acción transcurre en Boston) cuando se achantó ante una banda mafiosa de chechenos, que ahora se han adueñado de su bar (Cousin Marv's), lo utilizan de tapadera para camuflar las ganancias de las apuestas y a él lo tienen de encargado.
Bob Saginowski (Tom Hardy) es el mejor personaje y el protagonista absoluto de la historia. Aparentemente es un pobre hombre solitario, con pocas luces, de esos de los que se dice que de tan buenos, son tontos. Bob atiende la barra, invita a rondas a todo el mundo y le fía las copas a Millie, una anciana que mata el tiempo bebiendo para no volver demasiado pronto al albergue en el que vive y a la que deja fumar después de medianoche (para cabreo y refunfuñe de Marv).
Noomi Rapace y Rocco
El bueno y un poco tonto de Bob, que encuentra un cachorro herido en un cubo de basura y con el cachorro, encuentra a Nadia (Noomi Rapace) y su vida de solitario irredento encuentra compañía, amistad, un poco de amor y un mucho de complicación.  
Pero Bob, que va a misa de siete todas las mañanas y nunca comulga, tiene sus secretos. Poco a poco se va revelando que no es tan tonto, que no es tan bueno, que no es tan indeciso; que en momentos de crisis, actúa con gran eficiencia. Saja, envuelve, corta, limpia, esconde; y todo ello sin mover un músculo, mientras charla o juega con su perro. Sabe qué servir a cada checheno para salvar una situación tensa; sabe qué hacer, qué decir, qué destruir para evitar una tragedia que nada puede evitar porque está cantada; porque ciertos pobres diablos nunca pueden acabar bien en cierta clase de historias; porque se pueden perdonar algunos crímenes, pero no la traición, ni la chapuza, ni la ineptitud.
El papel de Bob está muy bien interpretado por Tom Hardy, un actor inglés, que para algunos críticos es el mayor acierto de la película (considerando buena la película). Su actuación es sencilla, pero intensa. Se mete en el papel con una total economía de gestos, con una impasibilidad que lo expresa todo: empatía, ternura, cariño, rabia...
Tom Hardy
Adora a su perro, por el que está dispuesto a dar 10000 dólares; quiere y respeta a su primo Marv, por cuya integridad teme y a quien intenta alejar de las malas tentaciones; está enamorado de Nadia, por quien sería, por quien es, capaz de cualquier cosa.
Al final, como siempre en las historias de Lehane, puede que a la ley se le escape algún delito, pero de lo que no cabe duda es de que se hace justicia; de que las cosas que quedan, quedan en su sitio porque algunas no se puede evitar que ni siquiera queden. Y hasta los policías lo entienden ("Nadie te ve venir, ¿verdad?" le dice al final a Bob el inspector Torres que se ha percatado de todo) y es que, a veces, la única manera de hacer justicia es cometiendo un delito.

domingo, 18 de enero de 2015

"Magia a la luz de la luna" Woody Allen


Que Woody Allen es un genio es una opinión que mantengo hace muchos años y que seguro que comparto con mucha gente; que muchas de sus películas no son gran cosa es un hecho que nadie puede negar, como tampoco, que todas ellas, incluso las "peores", alcanzan un nivel de calidad, cuando menos, suficiente.
Esta película no es de las mejores, nunca brillará entre las obras que le han dado al director su más que merecida fama, pero tampoco es de las peores: tiene una ambientación impecable, su dirección artística, vestuario y demás características técnicas están cuidadas hasta el mínimo detalle; los diálogos son ágiles, ingeniosos y divertidos (digna de mención la conversación del protagonista con su tía ya cerca del final); el tema, no por haber sido tratado en otras películas del autor, pierde interés: analiza el escepticismo frente a la fe (en la magia, en el amor, en la religión, en cualquier tipo de fe), el optimismo frente al pesimismo, las ganas de vivir frente al hartazgo de la vida sin sentido; plantea que no importa vivir engañado si con ello se consigue vivir ilusionado y feliz (¿nunca habéis pensado que ignorantes seríais más felices?)
En fin, una película sencilla, entretenida, agradable de ver; bien interpretada y dirigida; muy estética y a la que del 1 al 10 solo le daremos un 6, pero a película por año, y a veces dos, no le vamos a pedir encima que cada una sea una obra de arte.


Para obra de arte, y eso sí que se mantiene constante en cada obra de Woody Allen, los créditos. Entre una y otra película se me olvidan y así, en cada inicio, nunca dejan de sorprenderme muy agradablemente: esas letras blancas, de tipo elegante, sobre fondo negro (pocas letras, pero claras, grandes, perfectamente legibles) mientra suena esa música entre jazz y ragtime; nada de florituras y artificios; sobriedad, sencillez y elegancia; esos créditos que por sí solos te sugieren todo un mundo: el mundo de Woody Allen.

lunes, 12 de enero de 2015

"El Niño" Daniel Monzón

El pasado 7 de Enero se conocieron las nominaciones a los premios Goya 2015. "La isla mínima" con 17 nominaciones y "El Niño" con 16, se han manifestado como lo mejor del cine en España durante 2014. Al menos, lo mejor de lo conocido, lo que llega a las salas, lo más comercial. Somos conscientes de la cantidad de películas que se quedan por el camino, solo al alcance de una minoría en el mejor de los casos o, sin más, olvidadas. Pero como solo se puede hablar de los que se conoce, esto es lo que hay.
Como ya hablé de "La isla mínima" y de lo mucho que me gustó en una entrada anterior, voy a hablar ahora de "El Niño" que aunque la vi unas semanas antes, no la he tratado en este blog como se merece (tan solo una mención en la entrada de "La isla...")
"El Niño" es una película de género, de un género, el cine negro, que desde hace ya unos años ha dado muy buenas películas en España. Además, dentro del género, está dentro del cine de frontera.
Las fronteras siempre han dado mucho juego en cine y en literatura, sobre todo si además de separar países, separan mundos. En esta película aparecen varias fronteras, algunas físicas (entre Marruecos y España, entre Inglaterra y España, entre Marruecos, Inglaterra y España) y otras más abstractas: las que separan mundos, las que separan el mundo de los buenos del de los malos, menos claras que otras; las que separan el mundo de los que viven a ambos lados del estado de bienestar, si es que aún podemos creer en semejante entelequia. 

A lo largo y a través de esas fronteras se entrecruzan varias historias. Policías que luchan por meter en la cárcel a los malos, que cada vez son más malos; grandes traficantes de cocaína y heroína, operando desde Gibraltar, a las órdenes de mafias del Este; traficantes más humildes, pasando polen de cannabis en mochilas, desde Marruecos, a lomos de veloces motos de agua.
Todas las historias van confluyendo hasta mezclarse de una manera ágil y clara, todo ello por obra de un guión (de Daniel Monzón y Jorge Guerricaechevarría) muy equilibrado, con diálogos precisos, muy naturales, interesantes y divertidos cuando procede; con escenas delirantes (el desguace de los tres mil kilos de merluza congelada en busca de una droga que por momentos no parece que exista); con un final realista: termina como empezó, en los mismos escenarios, con los mismos problemas, con un pequeño traficante más en la cárcel, y las grandes mafias intocables e intocadas.
Los actores, los veteranos (Luis Tosar, Sergi López, Eduard Fernández) parece que han sido escogidos por la naturalidad con que siempre han interpretado todos sus papeles, pero es que los jóvenes (Jesús Castro y Jesús Caldera) actúan como si estuvieran tomando parte de su propia vida y estuvieran contándonos sus propias circunstancias, con una espontaneidad, incrementada por su acento gaditano, y un punto de ingenuidad que hay que atribuir, tanto a su talento como a una excelente dirección de actores (el diálogo entre los dos amigos en el chiringuito destila frescura, espontaneidad y gracia gaditana y si se pierden expresiones por lo cerrado del acento, ello va en beneficio de la naturalidad que derrocha). 
Respecto a las mujeres, solo dos tienen un papel relevante: Bárbara Lennie, ya veterana, nominada a mejor actriz de reparto y Mariam Bachir, la joven saharahui que se ha quedado sin optar al Goya a mejor actriz revelación. Ambas nos ofrecen papeles muy creíbles y bien resueltos, capaces de convencer. Ya es bastante dado lo escueto de sus personajes.
Y es que los actores en manos de Daniel Monzón crecen hasta alcanzar proporciones de mitos. Cómo olvidar al Malamadre de "Celda 211", el primer personaje de cine que se ganó un sello de correos en este país. Pues lo que consigue con un actor novel como Jesús Castro en su papel de El Niño, tampoco será fácil de olvidar.
Pero con todo, uno de los mayores méritos de la película son sus efectos especiales. Uno de los ingredientes más apreciados del cine de acción, las persecuciones, las escenas arriesgadas y difíciles que hasta hace poco eran prerrogativa exclusiva del cine americano, brillan con entidad propia en "El Niño" que nada tiene que envidiar en este aspecto al mejor cine de Hollywood. Jesús Castro conduce la lancha motora, perseguido por el helicóptero de la policía, sin que se le mueva una pestaña y, teniendo en cuenta que se negó a trabajar con extras, solo él es culpable del terco aplomo con que aparece en pantalla.
Estuvo preseleccionada para representar a España en los Oscar, y finalmente fue derrotada por "Vivir es fácil con los ojos cerrados" de Dvid Trueba, una película muy inferior, desde mi punto de vista y que tiene muchas menos oportunidades de ser nominada porque "El Niño", mucho más que "Vivir es fácil...", es cine del que gusta en EEUU. Tiene todas las características de un buen thriller: policías heroicos con un punto de seres fracasados y policías corruptos de puro escepticismo y desesperanza; pobres diablos a la busca de una oportunidad y mafiosos del Este que cortan cabezas como advertencia y amenazan a quién se pone en su camino; persecuciones épicas, humor, emoción y un buen final. Si le añadimos la excelente fotografía, el guión ágil inteligente y ameno y la interpretación y dirección formidables, los ingredientes están servidos.

Estos son los Goya a los que aspira "El Niño"

Mejor película    
Mejor director                 (Daniel Monzón)
Mejor actor de reparto    (Eduard Fernández)
Mejor actriz de reparto    (Bárbara Lennie)
Mejor actor revelación     (Jesús Castro
Mejor guión original         (Daniel Monzón y Jorge Guerricaechevarría)
Mejor música original       (Roque Baños)
Mejor canción    
Mejor fotografía               (Carles Gusi)
Mejor dirección de producción    
Mejor dirección artística    
Mejor diseño de vestuario    
Mejor maquillaje y peluquería    
Mejor montaje    
Mejor sonido    
Mejores efectos especiales  


sábado, 10 de enero de 2015

"Como la sombra que se va" vs. "El invierno en Lisboa" Antonio Muñoz Molina

Parece que últimamente las historias me vienen a pares. Si en la entrada anterior fue un libro del que salió una película, en esta ocasión es una novela que evoca otra novela y así, leyendo el último libro de Antonio Muñoz Molina, "Como la sombra que se va", me he visto en la perentoria necesidad de releer, por tercera vez creo, "El invierno en Lisboa". 
Eran tantas las referencias a la segunda que se hacían en la primera, que no pude resistirme y las he ido leyendo las dos a la vez.
"El invierno en Lisboa" es una novela de finales de los 80 que nos descubrió a un autor desconocido y nos entusiasmó con una historia de jazz y gánsters, de amor y engaño, de música maravillosa y maravillosos cuadros de origen incierto; con peleas sobre la plataforma de un tren y huidas nocturnas; con un músico alcoholizado que "había ingresado casi al mismo tiempo en la mitología y en el olvido" y toca la trompeta maravillosamente y otro que se ha "librado del chantaje de la felicidad" y toca maravillosamente el piano; con un aire tan cinematográfico que por sus páginas deambulan Víctor Laszlo e Ilse, despedidos en el aeropuerto de Casablanca, camino a Lisboa, por Rick Blaine en una noche neblinosa; Laura bajo el umbral de una puerta, a contraluz, con la gabardina y el pelo mojados de una pertinaz lluvia, en una noche también neblinosa. 

Fue una novela que estaba pidiendo a gritos una película y, cuando por fin se hizo en 1991, la película fue un fiasco, a pesar de Dizzy Gillespie que hizo la música e interpretó a Billy Swann; a pesar de actores de la talla de Eusebio Poncela, Fernando Guillén o Fernando Guillén Cuervo; a pesar, sobre todo, de la cinematográfica historia que Muñoz Molina les había proporcionado.
La historia se ambienta en dos ciudades hermosas bañadas por el mar: San Sebastián ("...hay ciudades a las que se vuelve siempre, igual que hay otras en las que todo termina... San Sebastián es de las primeras...") y Lisboa ("...la patria de su alma, la única patria posible de quienes nacen extranjeros").
Es la historia de un amor imposible entre un músico, Santiago Biralbo,  y la mujer de un estafador de poca monta, Lucrecia. A lo largo de la novela, entre ambos, solo hay media docena de encuentros (y creo que exagero), algunos más bien inciertos ("Aquí las cosas ocurren de otra manera, como si estuvieran pasando hace años y uno se acordara de ellas" le dice Billy Swann a Santiago Biralbo que cree haberla visto en un tren con el que se cruza el suyo), pero suficientes para que haya celos, engaños, pasión, olvido y todos los sentimientos que acompañan una buena historia de amor. Tras ésta, toda una trama, digna del cine negro de los años cuarenta y cincuenta, de esas que recuerdan "El tercer hombre", "Perdición", "Retorno al pasado" o las mencionadas "Laura" y "Casablanca"
En fin, un libro que rereleído 26 años después, no ha perdido su capacidad de emocionar y, si en algún momento se encuentra algún fallo de principiante, eso solo hace que aumente su frescura, la que proporcionó al mundo de la literatura en aquel final de la década de los 80, cuando obtuvo el Premio Nacional de Narrativa de España en 1988 y el Premio de la Crítica Narrativa Castellana en 1987.
"Como la sombra que se va" es uno de esos libros de Antonio Muñoz Molina que no se sabe muy bien cómo clasificarlo: novela, ensayo, biografía, autobiografía. Y es que de todo ello tiene esta obra que se lee (al menos yo la he leído) con auténtico placer; que es una de esas obras (no la mejor, ni de las mejores, pero sí una de esas) que hacen que leer sea la manera más maravillosa de pasar el rato, de entretener la impaciencia, de perder el tiempo mientras sentimos que no tenemos ni un minuto que perder si queremos leer más y más. Desde luego, ya no se aprecia en ella ningún error. A estas alturas, Muñoz Molina mezcla historias, tiempos y lugares con una maestría asombrosa; hace que sus historias, contadas como piezas sueltas, acaben encajando y formando un maravilloso puzzle. Y lo más sorprendente es que resulta fácil leerlo. A pesar de la falta total de linealidad, a pesar de los saltos continuos temporales y espaciales, las historias van encajando y nos vamos maravillando de cómo lo hacen a medida que avanzamos en su lectura.
"Como la sombra que se va" es el relato de fragmentos de dos vidas. Por una parte, nos muestra al asesino de Martin Luther King durante los diez días que pasó en Lisboa con pasapote canadiense y bajo el nombre de Ramón George Sneyd; por otra, el autor recuerda algunos de sus viajes a la misma ciudad ( en ningún momento dice que haya habido más viajes que los que describe, pero uno se imagina que han tenido que ser muchos más y que estos, los mencionados, son solo los que por unas u otras razones han dejado más huella o son más pertinentes).
Por lo que se refiere al primer apartado, se nos va mostrando al asesino (James Earl Ray) deambulando por la ciudad portuguesa en su huida descabellada y sin futuro a la vez que se nos va dando a conocer su vida, una vida de pobreza, abandono y desamor; con una madre que bebía tanto que se desplomaba en el suelo sin sentido, un suelo al que le faltaban las tablas que su padre quemaba para encender la estufa; una vida que comenzó en Illinois, en lo más profundo del medio oeste americano y que estaba predestinada a la cárcel como la de su padre y hermanos (de hecho, cuando asesina al Dr. King el 4 de Abril de 1968, era un fugitivo que había huido de prisión en un camión escondido entre los restos del pan) 
Y a pesar de todas estas circunstancias en contra, tenía desde pequeño "... desde que tuvo conciencia de que existía un mundo exterior a su familia", tal ansia por saber y por acumular información, que cualquier soporte con letra impresa era un regalo para él: enciclopedias médicas y manuales de derecho; revistas o almanaques con mujeres desnudas y, especialmente, ejemplares de National Geographic o mapas y cualquier cosa en que se mostraran paisajes y gentes exóticas, desde dirigibles aterrizando en el Polo Norte, hasta "... nativos desnudos y pintados que pertenecían a tribus ya extinguidas, habitantes de selvas de las que no quedaban ni los nombres"
De mayor admiraba a Joe McCarthy y despreciaba a los negros, musulmanes, indios y todo lo que no fuera claramente WASP. Despreciaba especialmente a Martin Luther King "...el negro de raza tan turbia que tenía boca y nariz de negro de África y ojos de asiático, ... el profeta de los trajes de seda cortados a medida y los gemelos de oro y los alfileres de corbata de oro..." y quizás era esto lo que menos podía soportar, que un negro vistiera con elegancia y hubiera disfrutado desde la infancia de todos los lujos que él nunca había conocido.
La segunda parte, cuyos capítulos se van alternando con los de la anterior, llegando a compartir capítulo en algunas ocasiones, nos muestra al autor joven viviendo en Granada dos vidas, la que transcurre entre semana, de trabajo, escritura y farras nocturnas y la de los fines de semana en que viene su mujer (maestra en otra ciudad) con su niño de tres años y embarazada del segundo. Nos lo muestra en su primer viaje a Lisboa, desertando de su oficio de padre y marido y dejando a su familia el día de Año Nuevo, en plenas vacaciones y con un hijo de un mes. Sale huyendo hacia Lisboa porque "Tenía esa convicción enfermiza... de que la vida verdadera estaba en alguna otra parte". Se va en busca de sus personajes y de sus escenarios y los va encontrando poco a poco, a medida que deambula por la ciudad, pisando, sin saberlo, los mismos adoquines que veinte años antes habían pisado los pies de un asesino.
Nos va contando estados de ánimo (tanto los provocados por su situación personal y familiar, como los que se desprenden del hecho de escribir una novela, una determinada novela), peripecias personales (su nueva vida cuatro años después de escribir "El invierno en Lisboa", cuando ya es famoso y se dedica a la escritura por completo y tiene otra hija; su encuentro con su actual pareja, a la vuelta de su segundo viaje a Lisboa) y, en fin, episodios de su vida relacionados con la ciudad en la que acabó viviendo su hijo pequeño y a la que vuelve varias veces, la última cuando escribía el libro que el lector tiene entre las manos. 
Pero en el libro también aparece el Dr. King como un personaje más, en un capítulo memorable que recrea los minutos previos a su muerte cuando, acodado sobre la barandilla en la que le sorprenderá el disparo, hace recuento de su vida y de su cansancio y uno piensa que está escuchando a un hombre viejo, en el final de su vida, no porque sepamos que está a punto de morir, sino porque parece un anciano acabado y agotado, y entonces nos sorprendemos porque se nos recuerda que solo tiene 39 años.
También se nos cuenta un viaje del autor con su pareja a Memphis, Tennessee, buscando los escenarios del crimen, el ambiente húmedo y caluroso, a orillas del Misisipi, en otro atardecer más de 40 años después.
Se nos cuentan muchas cosas y al final se confunden en la mente del autor que, de vuelta en Lisboa en 2014, ahora sí consciente de estar en la misma ciudad que su personaje asesino, nos confiesa "...vivo en dos mundos y en dos tiempos, en la misma ciudad... podría ser él... en esa Lisboa conjetural de ahora mismo y de hace cuarenta y seis años en la que tengo atrapada la imaginación", en la que nos tiene atrapados a todos nosotros pues si él, va escribiendo una novela a la vez que descubre una ciudad, nosotros vamos descubriendo una ciudad a la vez que leemos una novela. Aunque, como en mi caso, ya se conozca la ciudad, es otra la Lisboa que descubrimos, esa en la que se le iba acabando el dinero a un asesino que no conseguía su visado para Angola o Sudáfrica; esa en la que un escritor, subido a un tranvía en el que ha encontrado asiento, llega a una conclusión definitiva "Sentarse en un tranvía en Lisboa y acodarse en el marco de la ventanilla es uno de los placeres en prosa que le da a uno la vida"





sábado, 3 de enero de 2015

"El inocente" Michael Connelly (2007) & "El inocente" Brad Furman (2011)

"El inocente" es una novela escrita por Michael Connelly. Es la primera de la serie protagonizada por el abogado Michael Haller y, como todas sus novelas, se desarrolla en Los Ángeles. La leí ya hace un par de meses y no pensaba escribir sobre ella si no hubiera sido porque ayer vi la película que sobre el libro ha adaptado Brad Furman, un director al que no conocía de nada.
"El inocente" es una película que yo había visto hace unos tres años y que no pensaba volver a ver, ni casi recordaba y que no hubiera revisitado si no fuera porque el libro me la recordó y, cuando vi quién la interpretaba (la primera vez no lo conocía) quise ver qué había hecho mi adorado Matthew McConaughey con el personaje de Michael Haller y como se había contado la historia en imágenes.
No tengo que decir que, como siempre, como con cada uno de los personajes que le he visto interpretar (quien haya visto la serie "True detective" lo podrá corroborar), Matthew McConaughey hace sencillamente maravillas. Y aparte de su interpretación, medida y natural, jamás sobreactuado, jamás fuera de papel ni por un milímetro, la película está muy bien hecha y la historia, difícil, con cierta complejidad, muy bien adaptada. 
También está estupendo, como siempre, William H. Macy, aunque su papel no es demasiado importante (si lo es en el libro) y nos quedamos con ganas de más.
Nunca comparo las novelas con las películas; no busco que la película sea igual que el libro ni que la historia esté trasladada del papel a la pantalla con toda fidelidad. Ni siquiera creo que sea bueno. Hay cosas que quedan muy bien escritas, pero que trasladadas a imágenes, contaminan la película con un tono demasiado literario, la lastran de trascendencia, la despojan de dinamismo. Siempre he pensado que las películas son una cosa y las novelas, otra y que independientemente de lo que la película se parezca o difiera del libro en que se basó, puede ser mejor o peor; tiene vida propia y merece que la juzguemos por sí misma, no por las expectativas que nos hayamos forjado tras leer la historia en papel. Al fin y al cabo, nuestras expectativas son solo culpa nuestra.
En resumen, he disfrutado mucho con ambos formatos, me ha gustado la peripecia que cuentan, los personajes que la viven y los actores que los interpretan. Me han gustado las contradicciones del protagonista, un hombre sin escrúpulos ante la culpabilidad de sus defendidos, pero que teme encontarse con la inocencia; un hombre que se enfrenta a un inocente con veredicto de culpabilidad y a un culpable absuelto y decide hacer algo, aunque sea justicia y aunque para hacer justicia tenga que vulnerar la ley. 
Mike Haller es un abogado sin muchos problemas de conciencia. No le importan los crímenes que hayan podido cometer sus clientes, solo quiere verlos libres o, en el peor de los casos, salvarles de la pena de muerte pactando de antemano un reconocimiento de culpabilidad. Su trabajo es ponerlos en la calle, independientemente de lo que hayan hecho y de lo que puedan volver a hacer; para eso le pagan.
No tiene problemas de conciencia y cuando un policía le echa en cara su trabajo, sabe bien qué responder "Cuando alguien es acusado de un crimen, tiene la oportunidad de poner a prueba el sistema. Si quieren hacerlo, acuden a mí. De eso se trata. Cuando uno entiende eso, no tiene problemas para dormir"


Mathew McConaughey

No tiene problemas de conciencia y ríe de buena gana los chistes sobre abogados 
"¿Cuál es la diferencia entre un bagre y un abogado defensor?
—Hum, no lo sé, detective.
—Uno se alimenta de la porquería del fondo y el otro es un pez".
Suele defender a pequeños delincuentes: traficantes de drogas, camellos, prostitutas y anda siempre a la caza de un "caso filón", de esos que caen muy de cuando en cuando y que le permiten mantener sus lujos durante una temporada. 
Mike es hijo de abogado, de un abogado que según él mismo nos cuenta "defendería al mismísimo diablo siempre y cuando pudiera cobrarle su minuta". Y eso mismo es lo que él pone en práctica. Mike es hijo de un abogado y heredó algo de su padre: el miedo a no ser capaz de reconocer la inocencia, a tenerla delante y no verla porque cuando estás ante la inocencia, solo hay un veredicto posible y es el de inocente. 
Michael Connelly
No le importan demasiado los veredictos de sus clientes, casi siempre culpables, casi siempre pobres diablos azotados por todas las miserias de la vida. Le importa cobrar sus cheques, seguir manteniendo su estilo de vida, sus trajes elegantes, su Lincoln con chófer y pagar la hipoteca de su carísima casa con vistas a Hollywood Boulevard, pero teme encontrarse con la inocencia porque entonces el veredicto sí importa; no tiene demasiados escrúpulos respecto a la culpabilidad de sus clientes, pero sí los suficientes respecto a su inocencia y estos escrúpulos no le ayudan a dormir tranquilo cuando descubre que efectivamente, cuando se topó con ella, no supo reconocerla y su cliente acabó entre rejas; estos escrúpulos le impiden conformarse con un veredicto de inocencia si supone que la verdadera inocencia permanezca entre rejas. 
Y sé que lo he liado todo un poco, espero haberlo liado lo suficiente para que nadie sienta que le he destripado la trama, pero no tanto como para que a alguien se le quiten las ganas de asomarse, en libro o en cine, a esta interesante historia. 
En cualquiera de los dos formatos (o en los dos) os recomiendo encarecidamente que os acerquéis a "El inocente". Una buena y entretenida manera de empezar el año.
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