Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

domingo, 29 de mayo de 2016

29 de Mayo de 1966 - 29 de mayo de 2016. 50 años del incendio de la Catedral de León.


Foto de César, un fotógrafo leonés del que no hay que decir más. El nombre lo dice todo.

El 29 de mayo de 1966, domingo, mientras la Cultural y Deportiva Leonesa, el equipo de fútbol local, jugaba y ganaba el partido frente al Cartagena, el calor sofocante que se había ido acumulando en la tierra durante todo el día, estalló en el cielo en forma de una de esas tormentas eléctricas que estrangulan el bochorno y son capaces de perturbar la atmósfera con el sonido de los truenos y la luz de los rayos recortándose contra el gris "panza de burra" de las nubes. 
"¡¡La catedral se quema!!" era el grito que se oía en León aquel anochecer del 29 de Mayo de 1966. Un rayo, recogido por el pararrayos de la torre pero devuelto en retroceso por la toma de tierra, prendió en la techumbre de madera de la catedral amenazando con dejar a León expoliada de su perfil característico, ese perfil en el que, a día de hoy, la catedral sigue siendo la mayor altura que se recorta contra el cielo. Parece ser que las llamas tardaron unas dos horas en hacerse visibles. Las primeras notas de alarma sonaron en la misa de ocho, cuando empezó a notarse el olor acre y pastoso del humo.
Yo era muy pequeña, probablemente esa noche no me enteré de nada. Ahora solo recuerdo a mi madre entrando en la cocina y diciendo que se había incendiado la Catedral, pero es muy posible que fuera ya al día siguiente. 
¿Qué más recuerdo de aquel suceso? Solo una cosa: tiempo después, con motivo de alguna celebración - no sé si para las fiestas de San Juan y San Pedro que tuvieron lugar un mes después, o para las Navidades o la Semana Santa siguiente -, la confitería La Coyantina - las mejores bombas fritas rellenas de crema que he comido y jamás volveré a comer - hizo un montaje de escaparate
Añadir leyenda
en el que se veía una reproducción en dulce de la catedral y, saliendo de ella, una fila de sacerdotes pequeñitos que llevaban los Tesoros al vecino Palacio Episcopal, recreado también en dulce. Nada más recuerdo. Así quedó grabado en mi memoria el incendio de la Catedral de León.

Con motivo del cincuenta aniversario del suceso, han salido publicadas algunas cosas en la prensa local - Diario de León - que me han resultado curiosas y esclarecedoras. 
Hay una frase que dice muy a menudo un amigo de mi padre: "Deja al maestro aunque sea un burro". El maestro, en esta ocasión era Andrés Seoane, cantero mayor y restaurador, tanto de la Catedral, como de San Isidoro, entre otos monumentos. Pero tenía una ventaja sobre el maestro del aforismo anterior: él no era ningún burro. Por el contrario, sabía muy bien lo que se hacía y se dio cuenta de algo que, pocos más aparte de él, habrían percibido y que iba en contra de toda la lógica que cualquiera hubiéramos aplicado: a partir de un determinado momento, mandó retirar a los bomberos y dejar de echar agua, porque el derrumbe del templo, que no pudo provocar el fuego, lo hubiera provocado un exceso de agua. La razón estriba en la bóveda de la Catedral. Convertida en cenizas toda la cubierta de madera - 3500 metros cuadrados -, había que salvar la bóveda de piedra, concretamente de toba volcánica, una roca muy porosa, poco pesada y resistente al fuego. Resiste el fuego, sí, pero lo que no puede resistir es que su estructura porosa se empape de agua porque entonces el peso se multiplica y el peligro de derrumbe se vuelve muy grande. 
De esa manera, se salvó la Catedral de León, la Pulchra Leonina, de un nuevo ataque del destino, de otro de los muchos que, a lo largo de su dilatada existencia se han ensañado con ella, no todos ajenos a la desidia y mal hacer de quienes deberían vigilar su seguridad.
El primero de esos ataques tuvo lugar ya durante su construcción, cuando el topo famoso roía y destruía por la noche lo que los trabajadores
La piel del topo sobre la puerta de San Juan
habían construido por el día. Al final fue atrapado y muerto y su piel aún luce - es un decir - en el interior del templo, sobre la puerta de San Juan. De manera que ese topo de leyenda, si anda por ahí, estará despellejado y así poco daño puede causar a la catedral que hoy luce más bonita que nunca; blanca, limpia, en medio de una gran plaza peatonal, y dejando boquiabiertos a los visitantes cuando, al terminar de subir la Calle Ancha y entrar en la plaza, se la encuentran de repente como una aparición de otro tiempo. A mí, cada vez, me sigue erizando los pelos y acelerando el pulso.


Foto propia se julio de 2015
*Parte de la información ha sido tomada de "El Diario de León" del 1 de mayo de 2016


jueves, 26 de mayo de 2016

"La solterona" Edith Wharton


Si en "Washington Square", de Henry James, la soltería viene impuesta por un padre receloso acerca de las intenciones del pretendiente de su hija, en "La solterona", de  Edith Wharton, está determinada por la existencia de una hija secreta y una pariente amable y complaciente, dispuesta a hacer cualquier favor que le haga la vida más fácil a su prima. Pero a veces los favores aprisionan y amordazan. A veces, se podría ser feliz atreviéndose a vivir sin esos favores que condicionan la vida, que la supeditan a los caprichos de la persona acreedora... Claro que, a veces, es el propio deudor el que ha manipulado para que se le otorguen las ayudas precisas en cuyas redes, después, se verá inexorablemente aprisionado.
"En el viejo Nueva York de 1850 despuntaban unas cuantas familias cuyas vidas transcurrían en plácida opulencia. Los Ralston eran una de ellas".
Delia Lovell, entró a formar parte de los Ralston cuando a los veinte años se casó con James Ralston.
Ahora, cinco años después, dos veces madre, Delia analiza las dudosas ventajas de tal tipo de enlace, lo que se consigue a cambio del anillo de compromiso es tan solo, "una semana o un mes de sonrojante congoja, aprensión y embarazoso placer; luego, la progresión de la costumbre, el insidioso arrullo de la rutina [...] y a continuación, los bebés; los bebés que se suponía que «lo compensaban todo», pero que resultaba no ser así... por más que fuesen criaturas entrañables. Una seguía sin saber exactamente qué se había perdido o qué era aquello que los hijos compensaban".
Tal vez es esa necesidad de algo emocionante y novedoso en su vida, más que el deseo de ayudar a su prima Charlotte, lo que la impulsa a hacerse cargo de la hija que ésta ha tenido en secreto y de la que cuida en una especie de Guardería que regenta para niños desamparados... o tal vez sea el hecho de que el padre de la criatura, Clement Spender, fuera el primer y, posiblemente verdadero y único amor de Delia. 
Charlotte rompe con su prometido, simulará un recrudecimiento de su antigua dolencia pulmonar - la que también le sirve como excusa para la ruptura de su compromiso - y volverá de la granja junto al Hudson donde ha ido a recuperarse, con una niña, Tina Lovell, a la que se supone que ha adoptado. A partir de ese momento y, sostenida económicamente por Delia y James, vivirá solo para su hija a la que todos suponen la solución a un instinto maternal que, según el doctor Lanskell "era particularmente intenso en aquellos casos en los que alguna enfermedad pulmonar había echado a perder un posible matrimonio". De esta manera Charlotte puede hacerse cargo de su hija sin levantar sospechas ni murmuraciones, aunque el precio a pagar fuera tan alto como lo era, en aquella época, permanecer soltera.
Edith Warthon
Años después, al quedarse viuda Delia con sus dos hijos aún pequeños, acogió en su casa a la madre y a la hija y pasó a ser vista por Tina como la benefactora rica y elegante y "obedeciendo a un instinto de emulación que nadie se tomó la molestia de corregir, la niña siempre llamó «mamá» a Delia Ralston y «tía Chatty» a Charlotte Lovell". De esa manera, Delia se convirtió en la madre complaciente y amorosa, aunque se comporta más bien como una tía transigente y otorgadora de caprichos de toda índole, mientras que Charlotte pasa a ser la tía solterona mirada con la condescendencia y el mal disimulado desprecio con que se suele mirar a estos parientes, severos y de costumbres anticuadas y mojigatas. Sobre todo, teniendo en cuenta que a ella le toca el papel de madre severa que, en beneficio de la educación de su hija, prohibe y marca los límites.
No obstante, Charlotte prefiere que su hija la considere una solterona amargada, ridícula y exiliada del amor a que llegue a saber que es su verdadera madre "pero no me compadezcas - le dice a Delia -. Ella es mía".
Durante los siguientes años, la relación de las primas se verá condicionada por sentimientos muy complejos. Los celos de la tía hacia la verdadera madre de la niña; los celos de quien tal vez se hubiera atrevido a gozar del amor "si Clem Spender hubiese estado en condiciones de mantener a una esposa, o si hubiese consentido en cambiar Roma y la pintura por Nueva York y la abogacía", amor que sí gozó Charlotte, aunque ello, posiblemente, le alteró la vida por completo y para siempre; la insensibilidad que se va enquistando en la madre debido al sufrimiento que le causa una situación que no quiere aclarar por amor a su hija  y es que "lo peor de un sufrimiento como el de Charlotte es lo insensible que le hace a uno al más mínimo roce..."; una insensibilidad que acaba secando casi el alma y el corazón de Charlotte que se vuelve inmune a  las muestras de afecto de su prima, e incluso a las de su hija que supone dictadas por la piedad y la lástima, cuando no por la propia Delia.
Cuando, finalmente, se presenta la necesidad de que Delia adopte legalmente a Tina y la convierta en una Ralston, el expolio al que se siente sometida Charlotte es total. Todo el resentimiento larvado a lo largo de los años acabará cristalizando una noche en que Charlotte, olvidada del supuesto agradecimiento que le debe a su prima, hablará por primera vez y soltará todo lo que lleva guardando tantos años. 
No sabremos si la necesidad de ser agradecida, el hecho de deber un favor, produce una humillación capaz de generar odio y rencor; no sabremos hasta qué punto el favor concedido era más interesado de lo que podría parecer en un principio - "¡todo lo has hecho por Clement Spender" - ; no sabremos de qué forma sibilina, la persona favorecida manipuló los hechos y tocó las teclas necesarias para que fuera imposible negarle la ayuda. Es difícil discernir, cuando hay tantos sentimientos en juego, cuando se callan tantas cosas por miedo a hacer daño o a ser poco delicado, cuando se teme desvelar de uno mismo más de lo que se desea, qué hay de malo y de bueno en cada decisión que toma cada persona. 
Lo único que queda al final libre de toda duda es el enorme cariño que ambas mujeres sienten por Tina. Por amor a ella se han hecho daño y han larvado toda una serie de resentimientos, y por
Bette Davis en la versión
cinematográfica de
"La solterona"
amor a ella estarían dispuestas a renunciar a todo, incluso a ella misma.

En esta novela de Edith Warthon, los personajes masculinos o son inapreciables o son como fantasmas que sobrevuelan la trama sin posarse nunca en ella, como Clement Spender, presente siempre en los recuerdos de Delia y en la presencia de Tina. 
Es una historia protagonizada por mujeres que luchan por su independencia, que no se contentan con la felicidad que debe darles el matrimonio y los hijos. Delia es una mujer que llega a preguntarse de qué compensan los bebés - aparte del hecho de ser "criaturas entrañables" -, no, desde luego, de la rutina aburrida en que se convierte el matrimonio, pero en ningún momento llega a dar el salto liberador; sigue basando su éxito y su felicidad en un matrimonio acertado y en unos hijos sanos y felices. Siempre obtiene lo que quiere, pero a cambio de convencer a su marido de ello. No lo obtiene por propia independencia, sigue sometida a la voluntad del hombre. 
Finalmente, ya viuda, y por fin liberada de ataduras masculinas, se decide a vivir su amor frustrado por Clement a través de la persona de Tina, la hija de Clement, la hija que podía haber sido de ambos. Por eso la adoptará y le dará el prestigioso apellido de la familia posibilitando así su boda con el hombre al que ama, posibilitando, además, un matrimonio por amor al que ella misma renunció por un prestigio y una comodidad que, tal vez, no le han llegado a compensar.




lunes, 23 de mayo de 2016

"Trumbo. La lista negra de Hollywood" Jay Roach


A veces los países, como las personas, se vuelven locos; caen en un estado de paranoia que les lleva a cometer hechos atroces que, de otra manera nunca se explicarían. 
El Partido Comunista de Estados Unidos, CPUSA, ha sido legal en el país desde principio de la década de los veinte del pasado siglo. Mirado con suspicacia por el Gobierno y frecuentemente infiltrado por el FBI, tuvo una pequeña tregua entre 1941 y 1946. La entrada de Estados Unidos en la Guerra Mundial en el mismo bando que la Unión Soviética, posibilitó este pequeño periodo de idilio entre las Fuerzas Armadas, el Gobierno Federal de los USA y los comunistas americanos.
Con el fin de la Guerra real y muy caliente y el comienzo de la Guerra fría, se produce en Estados Unidos uno de esos periodos de paranoia que dieron al traste con muchas de las libertades de cuya salvaguarda los estadounidenses son tan celosos. Ser comunista no era ilegal en Estados Unidos (hoy sigue sin serlo) por eso cuando en 1947,  se citó para declarar ante el Comité de Actividades Antiestadounidensesa unos cuantos trabajadores de Hollywood, principalmente guionistas y escritores, y se les preguntó si pertenecían al Partido Comunista, apelaron a la Primera Enmienda y se negaron a contestar a una pregunta que nadie tenía derecho a hacerles.
Así surgió el grupo de  los "diez de Hollywood" que pasaron a formar parte de la primera lista negra de la industria del cine. Entre ellos se encontraba Dalton Trumbo uno de los guionistas más prestigiosos del momento.
La lista negra se ampliaría, posteriormente, con otros nombres salidos de los que, en defensa de los diez de Hollywood, constituyeron el llamado Comité de la Primera Enmienda. En dicho comité había nombres como Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Henry Fonda, Bette Davis, Katherine Hepburn, Frank Sinatra y otros muchos.
La película, centrándose en la figura de Trumbo, es un emocionante y bello homenaje a la libertad individual, al derecho a ser lo que quieras mientras no seas nada ilegal y a defender ese derecho por encima de intereses no muy claros o de cualquier tipo de interés. Los "diez de Hollywood" se negaron a responder a las preguntas del Comité por lo que sufrieron las consecuencias de la denominada Caza de brujas que por aquellos años
Dalton Trumbo
se desencadenó en todos los estamentos de la vida del país, pero especialmente en el mundo del cine. 

Dalton Trumbo se vio encarcelado durante cerca de un año, se tuvo que exiliar posteriormente en México - este detalle no aparece en la película - y a partir de ese momento tuvo que escribir sus guiones bajo seudónimo, bajo distintos seudónimos, y trabajando para quienes tenían el valor de contratarlo. Algunos de esos trabajos que firmó con nombre falso - o que dio a firmar a algún amigo - le valieron el Oscar como "Vacaciones en Roma" o "El bravo". También a escondidas comenzó los guiones de "Espartaco" y "Éxodo" aunque estas dos películas ya se estrenaron con su nombre como autor del guión.
La película trata de un hombre que lucha por sus convicciones con todas sus fuerzas, que lucha hasta poner en peligro su familia, su trabajo, su salud y que termina en la cárcel perdiendo la libertad de movimientos para defender una libertad mayor: la libertad de pensar. Cuando sale de la cárcel su lucha continúa y la manifiesta escribiendo. Escribe como un fanático, no sólo para ganarse la vida y mantener a su familia, sino para mantener su derecho a escribir, para mantener intacta su libertad de expresión. 
Pero no nos confundamos. Dalton Trumbo no es el héroe de esta historia. Ni siquiera es un héroe. En esta película, como en los hechos que se narran - y como dijo el mismo Trumbo en el homenaje que se le rindió en los años setenta -, no hay ni héroes ni villanos, solo hay víctimas: víctimas de las listas negras y de la Caza de brujas todos ellos; pero también víctimas de la defensa de la propia libertad - con lo que eso tiene de soberbia y orgullo -; víctimas de la propia cobardía con la que tendrán que lidiar el resto de sus vida - a veces se
Bryan Cranston en su increíble papel
de Dalton Trumbo
necesita más valor para ser cobarde que para ser valiente -; víctimas de las excesivas expectativas que los amigos depositan en nosotros.

Tres personajes representan en la película estos tres tipos de víctimas que enumero: Trumbo es el luchador sin fisuras que se lleva por delante lo que haga falta - trabajo, familia, amigos - excepto sus ideales. No puedo dejar de ver en él un gran alarde de orgullo, una gran soberbia y no quiero quitarle mérito a su actuación, tuvo que echarle un gran valor y se lo echó. Hombres como él ponen los cimientos de las libertades que luego disfrutamos todos.
Edward G. Robinson terminó dando nombres - como muchos otros: Elia Kazan, Humphrey Bogart y más -; nombres sin importancia porque ya los tenía el Comité y algunos como Trumbo ya estaban en la cárcel. No tuvieron valor para callar y resistir, pero tuvieron que vivir toda su vida con esa losa sobre sus conciencias porque cuando la Caza terminó, los otros eran los héroes y ellos los villanos cobardes. Hombres que representan a la mayoría, hombres con la carga de ser uno más entre el montón con sus miserias y miedos.
Arlen Hird es para mí el personaje más entrañable de la película. El que le reprocha a Dalton Trumbo el que tenga dinero y el apoyo de su familia mientras que él está a punto de perder a su mujer y a sus hijos, no tiene muchos recursos y está enfermo. Se verá presionado por Trumbo para resistir y terminará perdiendo todo, incluso la salud y la vida. Edward G. Robinson le preguntará a Trumbo,
Louis C. K. y Michael Stuhlbarg como
Arlen Hird y Edward G. Robinson
 en una de las mejores 
escenas de la película, cuantos meses de vida le robó a Arlen.
La película es perfecta en cuanto a ambientación y fotografía. Muy buena es también la caracterización de los actores para dar vida a personajes que todos tenemos grabados a fuego en la retina a través de tantas y tantas películas. El mencionado Edward G. Robinson, pero también Kirk Douglas, está muy bien logrado y, aunque al principio nos choca un poco, nos acabamos de hacer con él - no hay que olvidar que es sólo una caracterización, olvidémonos de encontrar al verdadero Robinson -.
Pero lo que más destacaría, lo que se lleva la palma - ya que no se llevó el Oscar - es la interpretación de Bryan Cranston como Dalton Trumbo. Estamos ante un actor tan bueno que ni su papel de Walter White - Heisemberg como seúdonimo - en la genial serie "Breaking bad" ha conseguido encasillarle. No vemos a Walter White porque solo podemos ver a Trumbo interpretado por un actor genial que dota al personaje de la fuerza necesaria para hacernos creíble toda su peripecia vital. Genial en su resignada interpretación de la humillante entrada en la cárcel; su fanático escribir en la bañera sin interrumpirse ni para compartir la tarta de cumpleaños de su hija; su titánica intervención ante el Comite de Actividades Antiestadounidenses; su triste reproche a Edward G. Robinson cuando va a devolverle el dinero que el actor les había prestado.
Una película dirigida por Jay Roach, del que no recuerdo ninguna otra memorable, autor sobre todo de comedias con una adaptación, triste adaptación, de la genial película francesa "La cena de los idiotas"; autor también de las películas de "Austin Powers" - tres creo que forman el total de las entregas - y "Los padres de ella" y "Los padres de él". Nada que a mí, me haya interesado, pero con esta película ha dado en el clavo. Veremos si es casualidad o finalmente ha encontrado su hueco en el Cine con mayúsculas.

Para quien esté interesado en saber qué películas se deben a los maravillosos guiones de Dalton Trumbo, se puede consultar el siguiente blog que he encontrado de casualidad:
https://jackeltuerto.wordpress.com/2016/04/29/retrospectiva-dalton-trumbo/


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viernes, 20 de mayo de 2016

"Washington Square" Henry James


Cuando el doctor Sloper se quedó viudo tras dar a luz su esposa a una niña, y habiendo perdido a su primer hijo dos años antes, pensó que "tratándose de un hombre cuyo oficio era el de mantener con vida a la gente, se podía decir que los resultados obtenidos en su propia casa eran bastante pobres". No obstante el doctor Sloper era un hombre muy apreciado en la Nueva York de finales del siglo XIX. Su reputación se debía al hecho de ser un hombre dedicado a una actividad, el arte de curar, que combina"las dos fuentes de crédito reconocidas. Pertenece al terreno de lo práctico, lo que en sí ya es una gran recomendación en los Estados Unidos, y está iluminada por la luz de la ciencia, mérito éste muy apreciado". Y es que en Estados Unidos, al revés que en otros lugares que no voy a mencionar, nunca se ha considerado que el prestigio provenga de poder vivir sin trabajar, de "vivir de las rentas". El doctor Sloper basaba su prestigio en trabajar, mucho y bien, para la ciencia y el bienestar de sus semejantes.
La niña que quedó a su cargo tras la muerte de su esposa, una semana después del parto, manifestó siempre una salud inmejorable que nunca necesitó de los cuidados paternos y que, a pesar de todo, siempre fue una decepción para él. "Catherine era una joven saludable, robusta, sin uno solo de los rasgos de la belleza de la madre. No era fea; sencillamente tenía una expresión dura y cortés". Desde el principio consideró que aquella niña era e iba a ser durante toda su vida mucho menos brillante y menos proclive a proporcionarle satisfacciones que su hijo primogénito, muerto a los tres años de edad y en el que el doctor tenía cifradas todas sus esperanzas.
Washington Square
La niña, que adoraba a su padre, fue entregada al cuidado de su tía Lavinia, viuda de un clérigo, a quien su hermano encargó que se hiciera cargo de ella y que intentara convertirla en una mujer brillante, y ante la pregunta de su hermana sobre si prefería que la joven fuera buena o inteligente respondió: "¿Buena para qué?[...] Uno no es bueno para nada a menos que sea inteligente". Para desgracia de Austin Sloper, Catherine, que así se llamaba su hija, resultó ser más buena que inteligente o, al menos, así se lo parecía a su padre que siempre la trató de manera displicente y con cierto desprecio camuflado de ironía.
Así las cosas, la pobre Catherine pasó su infancia y adolescencia entre un padre al que "le hubiera gustado poder sentirse orgulloso de su hija; pero no había nada en la pobre Catherine de que poder enorgullecerse" (y si lo había, el doctor Sloper no estaba dispuesto a admitirlo), y una tía romántica y sentimental capaz de ver amoríos, romances y noviazgos por doquier o de inventarlos si no los veía. 
Cuando a los veintiún años Catherine conoce al joven Morris Townsend, la tranquilidad en que ha tanscurrido su vida hasta entonces se verá interrumpida de pronto y para siempre. A partir de ese momento, su vida, sus deseos, sus ilusiones, se verán prisioneras de intereses contrapuestos que para nada la tienen en cuenta. Catherine se convertirá en un campo de batalla en el que pelearán tres contendientes poderosos. Por una parte, las aspiraciones amorosas de su tía que creará toda una historia de amor entre la pareja, en la que Catherine se deja atrapar y en la que la
Henry James
Señora Penniman sublima sus ansias de romanticismo; por otra parte, los recelos de su padre quien, convencido de que su hija no puede interesar en serio a nadie y menos a un joven tan apuesto, sólo se explica el amor de éste como un medio para atrapar la fortuna que la joven ha heredado de su madre y la renta que le quedará tras la muerte de su padre; finalmente, las aspiraciones de Morris Townsend, un muchacho recién venido del extranjero donde se supone que ha dilapidado una fortuna, que carece de trabajo, cosa extraña de la que Catherine se entera nada más conocerlo por boca de un primo de Morris

"—¿Y ahora que ha vuelto, se va a quedar aquí para siempre?
—Sí, en el caso de que encuentre algo que hacer.
—¿Algo que hacer?
—Algún empleo, un puesto.
—¿No tiene empleo? —dijo Catherine, que nunca había oído decir que ningún joven de buena familia se encontrara en esa situación".
Ya está dicho: allí la gente de buena familia tiene como orgullo el trabajo desde que se fundó la nación. Ventajas de ser un país joven.
La relación entre ambos jóvenes se verá desde el principio alentada, si no creada, por la tía Lavinia quien convence a la indecisa y maleable joven de que el muchacho es un compendio de todas las virtudes inventadas y por inventar. Por su parte, el doctor Sloper, convencido de que Morris Townsend solo busca la fortuna de su hija, tratará por todos los medios de romper la relación para lo que no ahorra pretextos incluyendo un viaje de un año por Europa del que la joven volverá tan enamorada como partió, pero con su amor y confianza en su padre defraudados y rotos. 
Y es que Catherine no es tan débil como podría parecer, y tal vez la tía Lavinia haya tenido menos que ver en el romance
El Arco del triunfo en memoria de
George Washington en
Washington Square

de lo que ella cree, y, en contra de las apariencias, la joven, tal vez, es más resuelta y decidida, y está muy segura de lo que quiere. Tal vez la joven nunca ha sido un campo de batalla sino un contendiente más y no el más débil.
El enfrentamiento del padre, desconfiado, irritado por la ingenuidad e ignorancia que supone en la joven, y la hija, que adora a su padre, que cree en su bondad y está segura de que, por amor a ella y por justicia dará su brazo a torcer, es el tema que centra toda la novela. Dos voluntades enfrentadas, una con la fuerza de la autoridad y el dinero, la otra con la fuerza que da el amor y la convicción de tener la razón; dos voluntades enrocadas en una guerra imposible de ganar. Es por eso por lo que, terminada la novela, no podríamos asegurar cual de los dos ha sido el vencedor de la contienda, y yo me atrevería a asegurar que ambos han perdido, ambos han sido víctimas de los otros dos personajes, la tía y el pretendiente, que han jugado su partida sin importarles más sentimientos e intereses que los propios. Padre e hija son los perdedores de una batalla en la que nadie ha vencido. 
Catherine no se casa con Morris, pero años después, su padre morirá sin saber lo que va a suceder en un futuro y el final de la novela deja a Catherine, de mediana edad y convertida en una solterona, en el salón donde "había recogido su bordado, se había sentado con él nuevamente... para toda la vida, podríamos decir".
Escrita con un lenguaje sencillo, pero depurado, ese tipo de lenguaje que parece que sale sin pensar, pero del que estoy segura de que ha sido sometido a un repaso tras otro hasta dejarlo en la pura esencia de lo que se quiere contar; con unos diálogos brillantes, irónicos, incisivos; con la dosis justa de amabilidad, tozudez, desprecio, ira, sumisión... Con una curiosa técnica en la que el autor se dirige al lector, habla con él, le hace cómplice y le invita a participar en la narración: "Morris, el lector debe saberlo, había tenido el tacto de no decirle que se sentaba en el estudio de su padre" o "Esto debe ser recordado por los lectores severos dispuestos a juzgar con demasiada dureza a un joven que, según ellos, hacía un empleo erróneo de sus dotes naturales".
Una novela escrita hace más de ciento treinta años que sigue manteniéndose fresca en la forma y en el fondo; que seguirá interesando a cualquier lector amante de las historias reales  y de los argumentos sinceros, porque cuando se habla de sentimientos desde el conocimiento de la psicología humana que el autor manifiesta, ninguna novela dejará de resultar vigente y de mantenerse al día por mucho tiempo que pase. 


 


miércoles, 18 de mayo de 2016

Valladolid: arte y cine


A las ciudades les sucede como a los niños: si pasas unos años sin verlos, cuando vuelves a encontrarlos, no los reconoces, se han convertido en jóvenes o adultos o tan solo en adolescentes y cuesta ver en ellos a los niños que fueron.
Yo no volvía a Valladolid desde 2002, exactamente por las mismas fechas, finales de Octubre, y por la misma causa, la SEMINCI. Este año he vuelto y me he encontrado con una ciudad que casi no reconocía. Más vivible, con muchas zonas peatonales, más luminosa (quizás porque lució un sol espléndido y la otra vez llovía), con unos monumentos que nuca me habían gustado tanto y... unas tapas y unos bares de lo más apetecible. Recomendable, como siempre,  el clásico y ya célebre tartar de "La tasquita". Ya lo probamos hace trece años, pero puedo decir que si no está igual de bueno, es porque ha mejorado. Pero, además, descubrimos otro montón de sitios nuevos, muy agradables y con riquísimas tapas. 
Os dejo unas fotos, antes de hablaros del cine que vi.


                         




                                                                                                                                                             

Pero, realmente, yo a lo que iba era al cine. Aprovechando un puente largo en Cantabria que coincidió con la SEMINCI, decidimos volver a este Festival que no visitábamos desde 2002. 
Vimos tres películas que para día y medio, no está mal.
"Beeba boys", de Deepa Metha, es una película sobre un grupo de sijs en Canadá. Se trata de una
De esta guisa se mueven los Beeba boys
por Vancouver
banda de chicos (los Beeba boys) asentados en las tradiciones culturales y familiares de su comunidad... si no fuera porque además de ello, son una banda mafiosa que trafica con drogas en Vancouver y asesinan sin mover una pestaña. Una película entretenida, curiosa por el ambiente que refleja y con un final sorpresa, pero ya muy manido. Si no fuera por ser sus personajes pertenecientes a una comunidad tan exótica, perdería gran parte de su interés ya que no aporta nada nuevo al género. Excesivo que se la haya escogido para la Sección Oficial del festival, en cuyo palmarés, por supuesto, no aparece.
Otra película vista, también de la Sección Oficial, fue "Tikkun", de Avishai Sivan. Esta ya es otra cosa. Rodada en blanco y negro, pero en un blanco y negro de una calidad y belleza dignas de señalar, se llevó el Premio a la Mejor Dirección de Fotografía y no me extraña. Dejo una pequeña muestra.












Al acabar la película, hubo tímidos aplausos, y pateos no tan tímidos, lo que me dejó sorprendida pues a mí me gustó mucho. Es una película intimista, sobre la crisis de fe de un joven estudiante tras haber sido salvado de la muerte por su padre. Ambos quedan con la sensación de haber transgredido los designios divinos al evitar una muerte decidida, como todo, por dios. Con la sensación de que tiene que haber una rectificación (la traducción de "tikkun") que ponga las cosas en su sitio de nuevo.
La última película vista, no se presentaba a la Sección Oficial. Este año, el país invitado en la SEMINCI fue Finlandia y finlandesa es la película "Ábrete a mí", de Simo Halinen, una historia sobre una mujer transexual, una mujer que tiene una hija adolescente que la llama papá, y que tiene que enfrentarse a prejuicios y cobardías del mundo en que vive. Una película muy bien hecha, muy bien interpretada y que trata el tema con gran humanidad y respeto.
Y eso es lo que dio de sí día y medio en Valladolid.
(Las fotografías de las películas son sacadas de internet. Nunca se me ocurriría hacer fotos en el cine. Las de Valladolid, son todas propias)
Te espero en Cuéntame una historia

martes, 17 de mayo de 2016

"Operación Black Death" Fernando García Pañeda


Cuando acompañamos a Monique de Bissy en su paso clandestino por la frontera francesa hacia España aquella madrugada del cuatro al cinco de junio de 1944, no sabemos donde nos estamos metiendo. 
Estamos en el principio del fin de la Segunda Guerra Mundial. Faltan tan solo dos días para que los aliados desembarquen en Normandía, las Fuerzas Armadas soviéticas empuja de este a oeste al, hasta hace poco, invicto ejército alemán que no sabe donde concentrar sus fuerzas para repeler las agresiones que le vienen de todas partes. En esta situación muchas ratas abandonan el barco tratando de acaparar las riquezas suficientes que les permitan vivir con desahogo en los refugios que ya planean en Sudamérica e incluso en España.
Monique de Bissy (Nelly es su nombre en clave) no es una de esas ratas. Pertenece a la Resistencia Belga y ha escapado cuando la trasladaban de la prisión de Fresnes, en Francia, a la de Saint-Gilles, en Bélgica, tras ser detenida por la Gestapo como perteneciente a la Red Comète. Ahora, ayudada por la propia Red, "una organización dedicada a la evasión de pilotos aliados derribados y, ocasionalmente, de refugiados del régimen nazi", huye del conflicto refugiándose en España. Aquí, será acogida por Martín Inchauspe de Montenegro, un marqués con negocios no muy claros, con relaciones menos claras aún entre los alemanes que se mueven en embajadas, consulados y negocios varios, y con una amante española de ascendencia alemana y tendencias filonazis. Martín llevará a Monique a Villablanca, su casa de las Arenas, donde la pondrá bajo la protección y la amistad de su hermana Ana Eugenia, una joven inteligente y bondadosa, y entre ambas pronto surgirá la amistad. 
España se encuentra sumida en los momentos más crudos de su posguerra. Es un país aterido, hambriento y gris; la vida de la mayor parte de sus habitantes se reparte entre la cárcel, el exilio y el hambre y la necesidad... salvo la de unos pocos afortunados a los que las guerras siempre les pillan por el perfil bueno; esos pocos cuyas vidas, en cualquier situación por penosa que sea, siempre están rodeadas de un ambiente de fiesta; ese "ambiente de cóctel [que] contrasta de forma turbadora con esas heridas tan cercanas: desenfado, risas, lujo, todo superficie como el maquillaje de las mujeres y las pajaritas de los hombres". En ese mundo, en ese ambiente de cóctel, se mueve Martín Inchauspe en Madrid durante sus frecuentes viajes; en ese ambiente se reúne con diversas personalidades alemanas o españolas con las que trata de obras de arte robadas y otros asuntos turbios.
Fernando García Pañeda
Sobre este suelo desahuciado, pero neutral, los contendientes de la Guerra Mundial juegan una partida de espionaje. La red de espías ingleses que se instaló en España tras la Guerra Civil, la que intentó y consiguió (de aquella manera) que el Régimen de Franco se mantuviera neutral, sigue por estos pagos intentando ganar la guerra del espionaje, a la vez que parece que también va a ser posible ganar la de las armas. Los espías ingleses tienen su cuartel general en Madrid en el salón de té Embassy regentado por Margareth Kearny Taylor y situado en el número 12 de La Castellana donde aún permanece en la actualidad. Por su parte los nazis tenían sus reuniones en el hotel Ritz y en el restaurante Horcher.  
Parte de la trama de la novela se narra mediante informes cruzados entre un agente, BG-01, que se ubica en España, y algún tipo de cuartel general situado en Londres, en Baker Street. Descifrando esos mensajes, cosa que no resulta excesivamente sencilla (como debe ser tratándose de espías), vamos viendo que en esta novela, no todos los personajes son quienes dicen ser, aunque algunos de ellos sean lo que dicen ser; otros no son lo que dicen ser, pero son quienes suponemos que son. En fin, que poco a poco nos vamos dando cuenta de que casi nada es lo que parece en esta novela de espías. 
Por otra parte en el tablero español se juegan otras partidas, esta vez por parte de los alemanes que utilizan el territorio neutral como paso intermedio para obras de arte robadas y expoliadas en los museos y a las familias, sobre todo judías, de los países conquistados. Pretenden llevarlas a Sudamérica o venderlas en España. 
Por si esto fuera poco, también se utiliza el territorio español como paso para un arma, tal vez esa arma misteriosa con la que Hitler pensaba ganar la Guerra aun cuando ya estaba todo perdido.
La novela tiene una trama compleja, como todas las de su género. Está muy bien escrita y perfectamente documentada. Muy certera es también la impecable ambientación de la burguesía de la época: sus fiestas, sus reuniones, sus negocios más o menos turbios, su derroche sin freno a despecho de la miseria en que estaba hundida la mayor parte de la población del país. Muy buenos son también los diálogos, bien planteados, creíbles y, algunos, muy ingeniosos. Como muestra, esta pequeña conversación llena de segundas intenciones y equívocos, que no son tales, entre el cónsul alemán en Bilbao y el capitán del barco Baldur:
"- Esto se va a pique, señor Burbach - dice Bohnsack, al ver acercarse al cónsul.
- Ya se ha ido, capitán - responde el otro -. Y sin remedio.
- No me refiero al Baldur señor.
- Yo tampoco.
- Ya, claro. ¿Quién va a dar cuenta de este desastre?
- No se refiere a la naviera, ¿verdad?
- No, el trato con Haeger und Schmidt me corresponde a mí.
-Seré yo. A mí me corresponde darles cuenta a ellos.
- Que le sea leve señor. Espero que entiendan que esto no ha sido culpa de ninguno de nosotros.
- Gracias. Pero ya no son tiempos de esperar nada de nadie".
Fernando García Pañeda es un autor bilbaino con varias novelas: "Las lágrimas de Eurídice" (publicada anteriormente bajo el título "Tiempo de Guerra"), "Kismet", "Tres Gymnopedias", "Sueño y azar" (Premio Alhóndiga de Narrativa Breve 2014); un libro de relatos de humor, "Gentes del club". "Operación Black Death" es su última novela.

*Quien esté interesado en conocer algo más acerca de la red de espías establecida por los ingleses en el norte de España, puede consultar los trabajos de Daniel Álvarez, periodista leonés que está preparando un documental sobre el tema: "Flores para un espía". También su página, "Periodhismo", donde, entre otros artículos, hay uno acerca de espías leoneses que trabajan para los ingleses.




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jueves, 12 de mayo de 2016

"Felices 140" Gracia Querejeta


Objetivamente hay que decir que los planteamientos de esta historia no son los más originales del cine. Dos son dichos planteamientos que generalmente hemos visto separados en distintas películas y que aquí aparecen mezclados, más diría, hábilmente mezclados. El primero es el de el grupo de familiares y/o amigos que se reúnen con algún pretexto, alguna celebración que debería ser feliz y que, poco a poco, va sacando de lo más escondido del resentimiento de cada uno toda clase de deudas por saldar, afrentas, rencores y mezquindades. El segundo planteamiento es el que pone a prueba la amistad, el amor y los lazos de familia cuando hay dinero por medio.
Subjetivamente, tengo que decir que ambos planteamientos me encantan. Me apasiona ver como va transcurriendo la noche o la sobremesa del almuerzo; la felicidad cómplice y emotiva con que se toman los aperitivos; las anécdotas, los recuerdos del pasado divertidos o nostálgicos en el primer plato; el guiño un poco amargo, pero aún predominando la sonrisa, una nadería ya perdonada, hacia el segundo plato o el inicio del
Paula Cancio, Ginés García Millán
y Antonio de la Torre
postre; Las miradas que se vuelven torvas al recordar cierto agravio, las voces que suben de tono al reprochar cierta conducta ya lejana, cuando la noche, o la tarde, va avanzando y el vino y los licores hacen subir la temperatura de la sangre y el calor de los recuerdos. Me encantan, digo, todos esos pretextos utilizados en un montón de películas (no recuerdo títulos ni es cuestión de hacer aquí un ejercicio de erudición) que han servido a lo largo de la historia del cine para analizar hasta la crueldad las relaciones humanas, desde las de sangre (padres, hermanos, hijos), hasta las de simple (¿simple?) amistad, pasando por las más pasionales: las del amor y el sexo. Películas que han mostrado las sombras que se esconden tras la luminosidad del cariño; los oscuros que enturbian los claros y cálidos gestos de amor de toda una vida; los rencores que se esconden tras la ternura, los egoísmos que oculta el sacrificio...

No, no me importa si no son originales estos temas. Me entusiasman, me dejan pendiente de cada palabra que se dice, de cada gesto que se oculta. Me basta con que estén bien contados y bien interpretados y esta película de Gracia Querejeta cumple ambos requisitos.
Elia se dispone a celebrar su cuarenta cumpleaños por todo lo alto. Para ello invita a un grupo de personas a pasar un fin de semana en una impresionante casa a orillas del mar. Los invitados son su amigo de la infancia, Ramón, con su mujer Martina que regentan un restaurante; Polo, otro amigo, millonario hecho a sí mismo a partir de una patente ingeniosa, soltero y sin pareja; Mario, pianista, antiguo novio de Elia; y, finalmente, su hermana Cati con su marido Juan y su hijo Bruno. A todos ellos se unirá de manera inesperada y nada agradable para Elia, Claudia, una actriz argentina y actual pareja de Mario.
Comienza así un fin de semana en el que todo empieza mejor de lo esperado (todos los invitados acuden a la cita) y que terminará como nadie
hubiera esperado ni, mucho menos, deseado (nadie sale indemne, nadie volverá a ser inocente).



Antonio de la Torre, Marián Álvarez, Eduard Fernández, Nora Navas
Maribel Verdú y Marcos Ruiz



Y así transcurre la cena de la primera noche y la comida del segundo día... hasta que poco antes de la cena, la del sábado, la de la celebración del cuarenta cumpleaños de Elia, todo da un giro, o mejor un salto, o una pirueta mortal que hace que lo que era una reunión de amigos con indagaciones más o menos incisivas en el pasado y en el presente oculto; lo que era una de esas tramas en las que se van desnudando las historias y vemos que nadie es lo que parece, pase a ser una crónica de la más burda mezquindad humana, en la que todos son como nunca creímos que pudieran llegar a ser. Pero no es eso lo peor, porque a continuación, no puedes dejar de preguntarte qué harías tú en similares circunstancias. ¿Pasarías a formar parte de los mezquinos? ¿Lo harías por simple avaricia o por miedo a perder lo que más quieres? ¿Te mantendrías fiel y honrado? Envidio a quien sea capaz de responder con certeza, sobre todo si sale airoso en su respuesta. Yo, en honor a la sinceridad, no me atrevo.
De destacar es, sobre todo, la interpretación. Maribel Verdú, Eduard Fernández, Antonio de la Torre, Ginés García Millán o Marián Álvarez son actores que bordan sus papeles, los hacen creíbles, los encaran con naturalidad. Todos ellos realizan trabajos impecables dando vida a
Marián Álvarez, Antonio de la Torre,
Alex O'Dogherty y Nora Navas
unos personajes, tal vez poco definidos, con motivaciones poco claras. Y eso constituye, para mi gusto, el peor fallo de la película: la falta de consistencia de unos personajes que, salvo el de Elia, no están bien dibujados, nos cuesta responder a las preguntas que nos plantean (no voy yo a estas alturas a pretender que me las respondan ellos).

No es la mejor película de Gracia Querejeta tras obras tan notables como "El último viaje de Robert Rylands" (independientemente de si es o no fiel a la sensacional novela "Todas las almas" de Javier Marías, la película me parece genial por sí misma), o "Siete mesas de billar francés", por mencionar sólo mis favoritas; no es la mejor película ni la más original del género "reunión fallida de amigos", pero puedo asegurar que he disfrutado viéndola y me atrevo a recomendarla a los amantes del cine con poca acción, en el que predominan los diálogos, en el que los protagonistas son la avaricia, la deslealtad, el egoísmo, el miedo, la locura... el que nos enfrenta a algunos de nuestros fantasmas, reales o imaginarios.


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lunes, 9 de mayo de 2016

"El regalo" Joel Edgerton



Cuando Robyn y Simon encuentran una preciosa casa en California a donde se han desplazado desde Chicago por cuestiones del trabajo de Simon, no pueden imaginarse que su vida está a punto de convertirse en una pesadilla de la que saldrán heridos, mutilados y con un futuro, cuando menos, muy poco claro. 
Cuando el espectador empieza a ver esta película, con un argumento previsible, nada original y ya muy utilizado en películas del género, no sabe que está totalmente equivocado y que las sorpresas que le esperan en cualquier vuelta de cualquier esquina del argumento lo van a dejar sobrecogido, con el puño apretado alrededor del brazo de la butaca (o del acompañante) y con la grata sensación de estar viendo una buena película.
Robyn y Simon han venido a instalarse, como ya hemos dicho, en California, a unos pocos kilómetros de donde es original Simon, de donde se crió y acudió al colegio y al instituto. Viene a un puesto importante con posibilidades de ascenso. Robyn es originaria de Chicago donde tenía una empresa de diseño que ahora lleva por internet. Son una pareja ideal (jóvenes, atractivos,
bien situados y muy enamorados) ante la que se abre un futuro muy prometedor... hasta que aparece Gordo, el antiguo condiscípulo de Simon reencontrado al volver al lugar en el que pasó su infancia y adolescencia. A partir de ese momento, la película no ofrece un respiro y nos tendrá pendientes de sus peripecias, casi sin parpadear, manteniendo un ritmo de vértigo del que no se apea en ningún momento.
Rebecca Hall y Jason Bateman
En principio, la historia parece la típica del amigo entrometido, sumamente amable, que te colma de regalos y visitas, al que invitas a cenar para agradecerle su amabilidad y por momentos, parece que tiene algún resentimiento contra la pareja, tal vez porque a ellos les va todo de maravilla y a él no parece que la fortuna le sea muy favorable; pero sólo por momentos. Enseguida reaparece su amistad entregada, su alegría por la fortuna del amigo, esa amabilidad aviesa en la que sabes que se esconde algo que te impide perder un momento la atención y te mantiene sin parpadear pendiente de lo que ocurre en la pantalla.
Poco a poco, la trama va girando, y de ser la historia del amigo entrometido, casi acosador, se va transformando en una historia anclada en el pasado; en el pasado remoto de los dos compañeros de clase y en el más inmediato de la pareja que no es tan diáfano y feliz como podría parecer. Y empiezan a surgir las sombras que, como alas de buitre o gárgola malvada, se ciernen sobre la felicidad de la pareja; y comenzamos a ver que casi nadie es quien parecía ser y casi nada es como creíamos que nos lo habían pintado.
Joel Egerton, director, guionista e intérprete.

Los acontecimientos se precipitan. Aconsejado por sus nuevos amigos y vecinos, Simon decide enfrentarse a los hechos y cortar la relación con Gordo, pero no se puede cortar con el pasado sobre todo cuando el pasado no está tan pasado como parece y algunas de las situaciones de entonces, ciertas perversidades y perversiones de entonces, están aún muy vivas en el presente.
La película es original y, como he dicho, mantiene un ritmo trepidante. Es por ello por lo que me ha parecido fuera de lugar, totalmente innecesario, un recurso que considero digno de películas más engañosas, de menos calidad y que tienen que suplir la falta de originalidad o una historia mediocre con escenas que impresionen al espectador y le hagan olvidar que se está enfrentando a una película vulgar. Me refiero a esas escenas en las que, de repente, algo aparece sin previo aviso y hace que los espectadores den un brinco en el asiento y un grito de pavor, quedando toda la sala al borde del infarto. En dos ocasiones ocurre en esta película y, como les contaba a unos amigos tras salir del cine, creo que no gritaba en una película desde "Tiburón" y en ésta lo he hecho (después recordé que también grité con la terrible e inesperada escena final de"Carrie", la versión de Brian de Palma de 1976). 
Esta no es una película vulgar y podía perfectamente prescindir de recursos vulgares.
Ése, por otra parte, es el único fallo que le he visto a la película. Todo el resto en ella son aciertos: el guión perfectamente medido para ir soltando la información de manera precisa; la interpretación creíble y muy correcta, más que correcta la del director y guionista, Joel Egerton que interpreta a Gordo. Pero lo que más me ha gustado ha sido el final, un final abierto, en el que se aprecian las formas tan sutiles que puede adoptar una venganza, que hacen que una venganza supere en crueldad y efectividad
Un segundo antes de la escena final
a las causas que la provocaron. Un final rematado por una escena final tan abierta como el propio final, que nos deja pensativos, que abre otra vía de reflexión en la que nos preguntamos quien es más malo que quién.

Poco más se puede decir sin adelantar acontecimientos que sólo el transcurrir de la película debe desvelar. Si queréis saber a qué me refiero, tendréis que ir al cine o esperar a que se edite en DVD.



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