Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

viernes, 23 de junio de 2017

"La larga marcha" Rafael Chirbes

"La larga marcha" es el primer libro largo que Chirbes escribió. Después de "En la lucha final", "Mimoun", "La buena letra" y "Los disparos del cazador", novelas que se resuelven en algo más de cien páginas, aparece esta novela de casi cuatrocientas. 
También es la primera escrita en tercera persona, por lo que hasta cierto punto abandona el intimismo de las cuatro anteriores, escritas en primera persona, y que, sin tener que ser más autobiográficas por ello, nos producen la sensación de que el autor está desnudando su alma ante nosotros y haciéndonos partícipes de experiencias propias.
Esta es una historia coral en la que abundan los personajes, las situaciones, los lugares, los impulsos y las motivaciones de cada cual. Y ambientándose la historia entre la temprana posguerra y los primeros años setenta, muchos de esos impulsos y motivaciones tienen que ver con la posición de los personajes en ese conflicto que se esconde en un momento perdido, justo antes de que empiece el libro.
La primera parte de la novela, "El frente del Ebro", nos habla de los padres, los que vivieron la guerra, y no importa en qué bando lo hicieran porque, vencedores o vencidos, solo han resultado perdedores reconciliados de una u otra manera con su dura realidad. En la segunda parte, "La joven guardia", conocemos a los hijos. Ellos no vivieron la Guerra. Los hemos visto nacer en las páginas anteriores, pero hay hechos de la historia que no es necesario haber vivido para vivirlos o que te vivan; te hieren y golpean de manera vicaria, a través de la frustración de unos padres, de la oscuridad de un país, de la resignación de una sociedad. Y es que esta novela, en palabras del autor, "Se podría titular Padres e hijos, como la novela de Turguénev".
Tenemos a Manuel Amado una madrugada de invierno en Galicia, cuando el torrente atruena con su caudal de lluvia y deshielo, esperando junto a su padre el nacimiento de su segundo hijo, enredando la espera con los recuerdos y con las expectativas y decidiendo el nombre que le pondrá: "Le llamaría Carmelo, en recuerdo del hermano que lo había precedido a él, al segundón Manuel Amado, y cuya fuerza había sido inútilmente derrochada en los remotos pedregales de Tafersit".
Está Raúl Vidal en Bovra, Valencia, y su mujer, Adela, y el niño que ya les vino de mayores. Y esta es una historia que nos suena porque nos recuerda a la de "La buena letra" que también transcurre en Bovra y también tiene su dote de sacrificio mal pagado por quien fue beneficiario ignorante de los sufrimientos ajenos; porque a veces estar en la cárcel es peor para los que esperan fuera y ni siquiera se permitirán la más leve recriminación ante la falta de agradecimiento "porque el miedo o el rencor y la venganza no deben nunca traspasar ciertos límites, porque, si los traspasan, degradan al hombre y lo convierten en un pelele".
Pedro del Moral, el limpiabotas, está en Salamanca. De poco le ha servido su antigua pertenencia a la Falange y su vuelta tras la guerra metido en una impecable camisa azul con una medalla sobre el corazón. Tan solo para tener aspiraciones de grandeza que le han hecho poner en el cartel con que se anuncia, no el lógico "«Pedro Moral. Limpiabotas», sino «Pedro del Moral. Higiene y abrillantado del calzado»". Quizás por eso, y porque cree en la importancia de los nombres, bautizó a su segundo hijo con uno de esos nombres compuestos que permiten llegar a cualquier parte con más facilidad. De acuerdo con su mujer, muerta a los pocos días del parto hace ya siete años, lo llamó José Luis. 
Vicente Tabarca es médico. Al menos antes de la guerra era cirujano en el Hospital Clínico de Madrid, porque desde que llegó la paz, o la victoria, tras su paso por el campo de Albatera y las cárceles de Valencia y el Dueso, ya solo es médico generalista sin pacientes. En su casa lee y espera a que aparezca alguna visita de tarde en tarde. Lee y maldice al terrible fantasma herido en que han convertido a España, y siente deseos de venganza contra quien le arrebató la ilusión de un país que empezaba a sacar la cabeza del oscurantismo. Por eso, a su hija de apenas seis meses, la bautizó Helena, como la mujer cuya belleza era una venganza de los dioses, la que provocó la guerra de Troya. Vicente, como Pedro, también cree en los nombres. "«Si es mujer, al menos que sirva a la venganza»". Y le puso Helena, con H.
Rafael Chirbes siempre fue
más valorado en Alemania
que en España.
Luis Coronado vende cigarrillos hechos con la picadura que saca de las colillas recogidas durante la noche por toda la familia. Los vende en la Gran Vía, a la puerta del cine Doré. Con ese comercio precario mantiene a sus dos hijos, Jesús y Luis, a su mujer y a su cuñada. Pero cualquiera que vea su aspecto pulido y con aspiraciones de elegancia, puede pensar que trabaja en un banco o en alguna oficina. Y es que Luis se ha traído de la guerra una lección: hay que guardar las apariencias. Porque eso, las apariencias, es lo que distingue a un hombre de otro; cómo habla, cómo se viste, cómo se mueve, cómo se comporta. Así es que ha aplicado a sí mismo lo que decía en Zaragoza el muy nacional capitán Varela "«Un hombre es lo que aparenta. Un hombre se distingue de otro hombre por lo que aparenta. En cueros, los dos son iguales, y, por dentro, un saco de mierda que, a cada boquete que se le hace, apesta»"
Gloria Seseña nació rica, pero la guerra la pilló en la ciudad equivocada, sin padres y con la fortuna familiar en manos de Roberto, su vago, inútil y fantasioso hermano que a punto estuvo de perder la casa familiar, un chalet con jardín y verja de hierro en la calle Serrano. El matrimonio de Gloria con Ramón Giner ha salvado la casa y ha añadido al abolengo de la esposa la fortuna de nuevo cuño del marido; ha modernizado la clásica y elegante decoración; ha unido a lo clásico lo moderno, si bien un poco chabacano. Tan moderna se ha vuelto Gloria que su hija, "Gloria Giner fue la primera chica del colegio Bertrand que llegaba a clase en un coche conducido por su madre", aunque entonces Gloria ya no mantiene ninguna de las ilusiones que unos años antes había cifrado en su matrimonio con el antiguo secretario de su hermano, el que supo aprovechar las oportunidades que Roberto dejó escurrir entre sus incapaces manos de señorito.
José Pulido vive en un paisaje pardo de sequía, en una tierra que se agosta bajo las encinas, despoblada incluso de hierbas amarillas: tierra seca y grietas hasta el infinito. Vive de recolectar lo poco que da la naturaleza extremeña a quien nada tiene, de cargar bellotas en un saco, de "esperar el primer chubasco que traerá de nuevo los espárragos y devolverá la corriente al río, y con ella los peces, y los caracoles y las ranas". Unos productos que carga sobre sus hombros y que esconde de la Guardia Civil a la espera de la noche, de la oscuridad que le permita llevar al pueblo tan magra mercancía y canjearla en la tienda de Andrea por un trocito de la deuda que no deja de aumentar y ya ocupa varias páginas. Porque además José no sabe leer y no tiene muy claro que Andrea no lo engañe y su deuda se recorte a una velocidad menor de lo que debiera. Además espera su quinto hijo y la deuda con el panadero tampoco deja de aumentar.
Estos son los padres. Estos son los hijos que han ido, que van naciendo. En la segunda parte encontraremos a estos chicos, ya jóvenes adultos, estudiando o trabajando, y sus destinos irán confluyendo y se irán resolviendo de una misma manera desigual, porque sus distintas realidades harán que hasta lo semejante resulte diferente y se perpetúe la injusticia.
No está escrito en primera persona, no es tan intimista como sus novelas anteriores, no lo es en apariencia, porque en estas líneas que retratan personas y situaciones tan dispares, late el alma de Chirbes, sus creencias, sus anhelos, mi rabia con las deudas dela pasado, mi deseo de dar marcha atrás el reloj de la historia y dejarlo algo más de ochenta años atrás para engañarme con la idea de que se puede volver a empezar. 

Rafael Chirbes
"Después de la larga guerra y de la terrible noche que la ha seguido, no queda nada que muestre síntomas de vida en España. Pensadores, científicos y poetas han muerto fusilados o han tenido que marcharse. Aquí no ha quedado más que la basura: energúmenos sudorosos que dan patadas a un balón; olor de sangre y estiércol y gritos de bárbaros en un redondel donde se tortura a un toro; tonadilleras que apestan a sobaco cuando levantan los brazos para tocar las castañuelas; y curas que chupan la sangre de la ignorancia y el miedo que han impuesto después de tantos años de muerte, con el solo objeto de engordar; matones que trabajan en grupo, que se imponen en grupo, que pegan y matan en grupo".

Según Muñoz Molina este libro supuso "la culminación del progreso de un novelista, ese libro en el que se resumen y estallan en plenitud todos los libros anteriores, todas las historias y los personajes que uno ha ido inventando a lo largo de su vida, todas las voces que ha escuchado, dentro y fuera de sí mismo". Eso escribió en 1996, a poco de publicarse el "La larga marcha". Aún le quedaban a Chirbes muchas historias, muchos personajes, muchas voces por escuchar y varias novelas por regalar antes de que un cáncer de pulmón lo callara para siempre el 15 de agosto de 2015.


miércoles, 21 de junio de 2017

"Soleá" Jean-Claude Izzo

«Esto es una novela. Nada de lo que en ella se cuenta, ha sucedido. Pero como me es imposible permanecer indiferente ante la lectura diaria de los periódicos, mi historia acaba tomando a la fuerza los caminos de lo real. Al fin y al cabo, todo ocurre en la realidad. Y el horror, en la realidad, supera —y con mucho— cualquier ficción imaginable. En cuanto a Marsella, mi ciudad, siempre a medio camino entre la tragedia y la luz, se hace eco de lo que nos amenaza»"
No he podido resistirme a empezar con estas palabras del propio Izzo al comienzo de la novela. Lo que cuenta en su novela es ficticio. Montale no existe. Solo es un personaje colocado, con otros personajes, en un escenario real que se vuelve también ficticio por cuanto en él se mueven seres imaginarios. Los hechos contados no han sucedido. No existe una periodista llamada Babette investigando a la mafia marsellesa y, sin embargo, todo lo relatado se asemeja tanto a la realidad que nos causa un escalofrío, nos produce un acceso de asco saber que todo ello sucede a nuestro alrededor, lo escuchamos en cada noticioso, nos golpea desde cada periódico. 
En "Solea", Fabio Montale, como todo héroe clásico, lucha contra los gigantes convertidos en molinos o contra molinos convertidos en gigantes. No puede hacer otra cosa. Se juega demasiado y la única forma de ganar es enfrentando los hechos de cara y sin coraza. "La vida apestaba a muerte.
Tenía eso en la cabeza, ayer por la tarde, cuando entré donde Hassan, en el Bar des Maraichers. No se trataba de una de esas ideas que a veces te pasan por la mente, no: realmente olía la muerte a mi alrededor"
A Fabio le quedan pocas cosas tras los abandonos que lo han ido despojando y de los que hemos sido testigos en las dos novelas anteriores de la trilogía. Algún amigo de la época de Manu y Ugo, nunca tan cercano, nunca tan entrañable; algún amor de antes de Lole o de después de Lole o a la vez que Lole, siempre Lole desde que puede recordar. Y, como no, Honorina y Fonfon, alimentando su cuerpo, queriendo su alma, atenuando sus penas, llevando a su vida el calor de una madre, el cuidado de un padre, la ternura de esos amigos ya algo mayores que toleran como amigos y temen como padres.
Y le queda, por supuesto el mar, la mar que le regaló su padre, donde encuentra consuelo y donde vierte toda su basura, no la real, sino la mucho más peligrosa basura de su alma, la que acumula a base de golpes y traiciones y desesperación, injusticia y decepción. La mar y su barco.
Eso es lo que le queda a Fabio, y su casa y sus poetas y su música y su botella de Lagavulin. Y las tardes o noches en el bar de Hassan donde se encuentra a gusto porque en ese bar se mezcla la gente de todos los colores, sexo, religión, edad o clase social. "El que iba allí a beberse el pastis podías estar seguro de que ni votaba al Frente Nacional ni le había votado nunca. Ni siquiera una vez en su vida, como algunos que yo conocía. Aquí, en este bar, todo el mundo tenía muy claro por qué era de Marsella y no de otro lugar, por qué vivía en Marsella y no en otro sitio. La amistad que flotaba allí, entre los vapores del anís, cabía en un intercambio de miradas. Las del exilio de nuestros padres. Y era tranquilizador. No teníamos nada que perder, puesto que ya lo habíamos perdido todo".
Pero Fabio está a punto de aprender que, por mucho que hayas perdido, nunca lo has perdido todo, y lo que él conserva, lo que aún le queda del desahucio, está a punto de desaparecer, y no puede consentirlo porque son amigos, amantes, restos del naufragio, porque aunque piense como Lole que uno tiene derecho a morir y a hacer algo grande de su muerte, su vida es lo menos valioso de lo que ahora puede perder. 
A pesar de estar escrita en 1998, algunas de las reflexiones resultan de una actualidad estremecedora (¿Es que siempre es todo lo mismo? ¿Nada cambia nunca? ?¿Nada cambiará?) Con otros matices, con otras características, de otras maneras, los poderosos siempre se alían para salirse con la suya y ser cada vez más poderosos, y no hay poder humano ni divino que consiga revertir esta triste realidad. "Consecuencia de la evasión fiscal, la acumulación en los paraísos fiscales de enormes reservas de capitales pertenecientes a grandes sociedades es también responsable del crecimiento del déficit presupuestario de la mayoría de los países occidentales".
"Existe —seguía escribiendo Babette— una estrecha relación entre la deuda mundial, el comercio ilegal y el blanqueo de dinero. Desde la crisis de la deuda a principios de los años ochenta, el precio de las materias primas se ha hundido, lo que ha traído como consecuencia la caída dramática de los países en vías de desarrollo".
Esta es la última novela de la "Trilogía de Marsella". La muerte del autor poco más de un año después de publicarse "Solea" hizo que, esta sí, se quedara en trilogía. 


Jean Claude Izzo

Jean Claude Izzo tiene mucho en común con Fabio Montale. Su padre, nacido en Italia, emigró a Marsella en 1929 con quince años. Su madre, de padres españoles, nació en Marsella, en el barrio de Le Panier, uno de los más nombrados y visitados por Fabio, donde nació el personaje ficticio y donde vivió  un par de años, antes de trasladarse a la Capellette, y donde años después conocería a sus mejores amigos. "Nuestra amistad con Manu había empezado así, a puñetazos. En la calle Refuge, en el Panier".
Al igual que Fabio, Izzo hizo su servicio militar en Toulon y después en Yibuti.
Al igual que Fabio, Izzo es un enamorado de Marsella, de su mestizaje, de su cobijo al exilio, de sus paisajes y barrios. "Es imposible entender Marsella si su luz te resulta indiferente". Y es que Fabio Montale es a Marsella lo que Pepe Carvalho, en quien Izzo reconoce haberse inspirado, es a Barcelona: el emisario y eco de su miseria y de su grandeza. 
La Trilogía de Marsella se encuadra en el néo-polar, la novela negra francesa surgida en los años setenta por autores, generalmente de extrema izquierda, que ponen de manifiesto en sus obras una denuncia social que lo comprende todo: lo sucedido en Argelia, las corruptelas políticas, la mafia, la droga, el fundamentalismo religioso, la inmigración... y todo ello de forma violenta y sin concesiones, ambientado en los suburbios urbanos de los que son buena muestra las cités marsellesas de las novelas de Izzo.
Jean-Claude Izzo es sobre todo poeta y periodista, aunque sea más conocido por sus novelas de las que, aparte de la trilogía de Marsella, tiene otras dos; "Los marineros perdidos" y "El sol de los muertos". 
Su obra quedó interrumpida sine die cuando un cáncer de pulmón terminó con ella, y con la vida del autor, el 26 de enero de 2000 dejándola inacabada para siempre. Tenía cincuenta y cuatro años. Marsella llora por él.

lunes, 19 de junio de 2017

Relatos en su tinta. Como atrapar a un lector II



Como había prometido, sigo con las entradas que hizo David Rubio en su blog, "Relatos en su tinta", acerca del libro de Ángel Zapara, "La práctica del relato". 
Si en la entrada anterior hablamos de la naturalidad, como uno de los cuatro aspectos fundamentales para que el lector permanezca enganchado a nuestra historia, hoy hablaremos del segundo de ellos: la visibilidad. 
¿En qué consiste la visibilidad? Pues es algo muy sencillo, pero que hace que el interés por lo que leamos no decaiga, sino que se vea espoleado y aumentado: consiste en el hecho de ser capaces de ver la historia desde dentro, de meternos en ella  y ver a los personajes "no sólo como una película, sino como un invitado invisible en ese mundo ficticio". Si al autor es hábil, será capaz de hacer que nos sintamos dentro de la trama y que no tengamos ninguna gana de salir.
David nos habla en esta segunda entrada de la importancia de mostrar lo que queremos que se vea, sin necesidad de explicarlo, el famoso mantra "Mostrar, no explicar" del que ya he oído hablar a otros teóricos de este arte de novelar.
También nos da consejos y herramientas para que nuestro texto sea visual, por cierto herramientas que pueden ser tomadas del cómic, pues ¿hay algo más visual que las viñetas de un cómic? Se trataría de traducir una viñeta en palabras, pero manteniendo la visibilidad.
Nos habla de las palabras abstractas y concretas y nos enlaza con páginas que nos hablarán de verbos abstractos y verbos de acción.
Y, lo que a mí más me ha gustado: nos enseñará a llenar nuestros textos de cocodrilos (sí, de cocodrilos) que harán que ningún lector sea capaz de abstraerse a sus hipnóticos ojos.
Para ilustrar lo que quiere decir, o mejor dicho, lo que dice Ángel Zapata en su libro, nos vuelve a poner ejemplos de textos, esta vez, todos suyos.
Os dejo el enlace a la entrada de David Rubio en su blog. Espero que disfrutéis con ella tanto como yo y si sois o queréis ser escritores, que os sea tan útil como creo que es:


El próximo mes seguiremos con la tercera parte en la que nos hablará de "la continuidad".
Como ya hice el mes pasado, os recomiendo pasar por el blog de David porque además de estas entradas que os comparto, tiene muchísimas cosas interesantes de las que yo me quedo con sus relatos. No os los perdáis porque están consiguiendo que me reconcilie con un género, el del relato o cuento, que nunca fue mi favorito, pero los de David me atrapan hasta el final.


sábado, 17 de junio de 2017

"El pensionado de Neuwelke" José C. Vales

Conocí a este autor a raíz del Premio Nadal que consiguió en 2015 con su novela "Cabaret Biarritz", novela que me sorprendió muy gratamente y me hizo buscar otras del autor. Encontré esta, "El pensionado de Neuwelke" que lleva entre mis pendientes más de dos años, y, por fin, le ha llegado el turno.
También encontré que el autor se dedica sobre todo a la traducción de textos ingleses entre los que se encuentran obras de Dickens, Austen, Trollope, Mary Shelley o Wilkie Collins, por nombrar solo a los que conozco. Esta es una novela muy distinta de "Cabaret Biarritz". Ambientada a mediados del siglo XIX en Livonia, zona situada a orillas del mar Báltico y que ocupaba territorios que actualmente se encuentran repartidos entre Estonia y Letonia, se trata de una obra a caballo entre lo romántico y lo gótico. 
El narrador se introduce a sí mismo y nos cuenta cómo llegó a tener conocimiento de los hechos. "La primera vez que oí hablar del Pensionado de Neuwelke y de su historia fue, si la memoria no me traiciona, en 1852. Ocurrió durante una encantadora cena que ofreció lady Elmont en su casa de Pimlico". Allí le fueron relatados por una de las antiguas alumnas del pensionado que había vivido los acontecimientos como testigo, no sabemos si privilegiado o maldito, pero desde luego de primera fila. Nuestro narrador, escéptico hacia esos hechos que él llama de outre tombe, se los tomó con el exclusivo interés literario que uno aplica a las historias de cuya inverosimilitud jamás se le ocurriría dudar. Otro asistente a la cena, el escritor norteamericano Robert Dale Owen, publicó lo escuchado aquella noche en 1853, pero nuestro narrador aún tuvo que oír el relato de los acontecimientos contado en dos ocasiones más, por otras dos testigos presenciales, también alumnas del pensionado en los tiempos en que sucedieron. 
Entonces, por fin convencido de su verismo, escribió las páginas que nos entrega con cierta prevención. Teme que el lector se enfrente a la historia como a un cuento "de viejas o a una locura romántica"
No he podido evitar recordar a Henry James y el comienzo de "Otra vuelta de tuerca", ese comienzo en el que el narrador nos dice cómo llegó al conocimiento de lo que va a narrar en la novela por los hechos que le fueron contados a él y a otros invitados en una velada en vísperas de Navidad.
"La historia del Pensionado de Señoritas de Neuwelke, en buena parte, es la historia del fabuloso caos del mundo y sus objetos, y de personas reales que tuvieron que vivir allí donde la confusión y el desconcierto de la existencia se revelaron de un modo maravilloso". Así se despide el narrador de nosotros antes de pasar a contarnos, ya en tercera persona, los hechos acaecidos en el pensionado, y cómo el caos se adueñó de un lugar en que todo debía ser ordenado, previsible, claro, tal como corresponde al sitio en el que se educaban las hijas de las más nobles y linajudas familias europeas, donde se las enseñaba a comportarse con decoro, a educar a sus hijos en lo previsible, a huir del caos y de todo lo que no fuera organizada disciplina y armoniosa tranquilidad.
Emilie Sagée llegó a ocupar el puesto de institutriz de francés, vacante en el pensionado por la deserción de mademoiselle Tartiére, "una institutriz marsellesa a la que no se le tenía especial cariño en la institución, entre otras razones por una deplorable falta de higiene personal". Ante la necesidad de cubrir el puesto con rapidez, se contrató a la señorita Saguée sin demasiadas averiguaciones y como si hubiera caído del cielo en el momento justo.
Pronto Emilie Saguée se ganó el corazón de todos los habitantes del pensionado, desde las alumnas hasta las criadas, la cocinera o el jardinero, pasando por sus compañeros, los otros profesores, y por el director del pensionado, el señor Buch, quién encantado por la adquisición y pendiente de la salud de su mujer que estaba llegando a su final tras años de dolorosa agonía, no se molestó demasiado en comprobar las credenciales de Emilie. 
Pero la buena Emilie, amable, desinteresada, cariñosa con las niñas, generosa con sus compañeros, hermosa e inteligente, guarda un secreto; algo que la atormenta desde hace años y de lo que vamos sabiendo por cartas que le envía a su cuñada Violette. "En la última escuela en la que estuve, un colegio de niñas cerca de Vilna, los aldeanos vinieron una noche a la pequeña casa donde vivía, portando antorchas, y quisieron llevarme ante el gobernador y exigir que se me encerrara, y había tres alumnas mías... ¡oh, qué horror! que, en medio de la muchedumbre, gritaban: «¡A la horca, a la horca!»".
También en Neuwelke empezarán a tener lugar hechos asombrosos, hechos que aterrorizan a las niñas, aunque no llegan a perder el cariño inmenso por su profesora; hechos que los demás profesores intentan ver bajo el manto de la racionalidad, huyendo de explicaciones ultraterrenales; hechos que el jardinero, Jonas Fou’fingers, acostumbrado a todos los milagros de la Naturaleza, analiza con estoica complacencia "Las gentes son así de estúpidas, se decía a veces; miran el cielo estrellado, o la perfección organizativa de las púas de un cardo, o los colores vidriosos y oleicos de una libélula y son incapaces de advertir el milagro; y luego se asustan por un espíritu. Bah"
Pero la aceptación y el cariño hacia la señorita Saguée no son unánimes como podría haberse deducido de mis palabras. Hay una persona en el pensionado que, a pesar de que intenta evitarlo, o eso quiere creer, cada vez la va viendo con más odio e inquina. Se trata de Augusta Dehmel, chaperone de una de las alumnas del pensionado -pues las muchachas provenían de familias tan acomodadas que hasta al internado se llevaban sus criadas paticulares-. La señorita Dehmel ve en Emilie una amenaza para sus intereses y será la única que buscará por todos los medios la perdición de la profesora.
Estamos ante una historia que enfrenta al hombre con el destino; un destino implacable e ineludible como en toda historia romántica. Estamos ante un mundo de caos en el que lo sobrenatural interviene en los hechos del día a día imprimiendo su sello de fatalidad a unos personajes que, en sus manos, son como marionetas desarticuladas. 
El autor alterna descripciones cómicas como la del profesor Schafthausen que "acostumbraba a vestir siempre de negro y blanco y su delgadez extrema, especialmente en las piernas, le obligaba a caminar ciertamente con un aire de ave zancuda. Es posible que el señor Schafthausen conociera ese asunto, pero jamás lo mencionó —ni hizo nada por cambiar su aspecto ciconiforme—, y se limitó a crotorar sus problemas aritméticos en clase con gesto impasible", con otras de una crudeza tan extrema que raya en el mal gusto como las que hace del père Balkas, cuya "enfermedad de la boca evidentemente había empeorado; las llagas y las infecciones ya le alcanzaban la nariz, y por la boca se le derramaban aquellas babas negras y sanguinolentas que se encostraban en el cuello y la pechera del clérigo".
Pero lo que más me ha asombrado es saber que la historia está basada en episodios reales, documentados por Robert Dale Owen, sí, el escritor norteamericano que aparece en el prologo y que se atrevió a contar los hechos antes que nuestro narrador. El hecho que Dale Owen documentó le había ocurrido realmente a una maestra de 32 años llamada  Emilie Saguée. hasta aquí la realidad de los hechos según el escritor estadounidense. La novela de José C. Vales, la tendéis que leer para saber más de esta peculiar y atractiva historia.


miércoles, 14 de junio de 2017

"Cinco esquinas" Mario Vargas Llosa

Cinco Esquinas, en el corazón de los Barrios Altos de Lima, en otro tiempo "estaba lleno de peñas criollas y allí vivían muchos bohemios, artistas, músicos, y hasta los blanquitos de Miraflores y San Isidro amantes de la música criolla venían a oír a los mejores cantantes, guitarristas y cajoneadores, y a bailar con los cholos y los negros". Pero eso era antes, cuando Juan Peineta era joven y Perú no se encontraba sumido en el caos en que lo encontramos ahora. Corre la década de los noventa y Fujimori gobierna el país apoyándose en su más fiel colaborador, el Doctor, Vladimiro Montesinos. Los asesinatos, secuestros, estorsiones y todo tipo de desmanes de Sendero Luminoso y del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, tienen al país hundido en el terror, y los apagones son continuos cada noche. Ahora Juan Peineta es un anciano y el barrio de Cinco Esquinas no es lo que era. Ya nadie viene de San Isidro o de Miraflores y cuando Juan camina hacia el cruce de las cinco calles ve como en un viaje en el tiempo pasar ante sus ojos, calle a calle, el deterioro en que se ha ido hundiendo el lugar al paso de los años. "La ciudad se iba empobreciendo y envejeciendo a su paso, entre los puestos de las vendedoras que ofrecían flores, comida, frutas, toda clase de chucherías, las viejas casas coloniales que parecían a punto de desmoronarse, los chiquillos desarrapados, mendigos o vagos que dormían todavía tirados en los zaguanes o bajo los postes de luz"
Pero no todos los personajes de esta novela viven en Cinco Esquinas. Marisa y Quique viven en un ático en San Isidro. Chavela y Luciano tienen una casa con piscina y hasta cine privado en La Rinconada. Ambas parejas llevan una vida feliz interrumpida solo por los molestos apagones, el toque de queda o la amenaza de secuestro que pende sobre toda la gente acomodada en Perú. "Por momentos, en medio de su excitación, qué absurdo, pensaba en el toque de queda, los apagones, los secuestros —sobre todo el de Cachito— y las bombas de los terroristas. ¡Qué país, qué país!" La excitación corre a cargo de Marisa que, tras diez años de casada, ha descubierto que el sexo puede tener más facetas placenteras de las que ella conocía e imaginaba. No obstante, cuando las cosas se ponen difíciles o el hartazgo se hace poco llevadero, siempre se puede encontrar refugio en la casa que Luciano y Chabela tienen en Miami, en Cayo Vizcaíno. Allí pueden salir de compras, asolearse en la playa y disfrutar de veladas de cena y baile sin el miedo al atentado o a quedarse sin luz en cualquier momento.
Mario Vargas Llosa
Mientras Marisa y Chabela descansan en Miami de una de esas etapas de empacho peruano, una bomba estalla en la vida de Quique. Una bomba metafórica lanzada por la mano de Rolando Garro, el rey de la prensa amarilla, un sujeto pequeño y escurridizo como un reptil y con unas intenciones igual de aviesas y retorcidas (si es que se puede adjudicar intención a los actos de los reptiles). Rolando ha encontrado una mancha en el pasado de Enrique y quiere sacar tajada y beneficio para el semanario que dirige, "Destapes", una bazofia que sobrevive a duras penas publicando toda clase de libelos y mezquindades que entierran famas y labran desgracias a mayor gloria de quien mueve, en la sombra, los hilos de los que pende Rolando.
Enrique se ve obligado a confiar en Luciano, amigo desde los tiempos del Colegio de la Inmaculada y su abogado en la actualidad. Este pondrá en marcha un mecanismo de defensa para su amigo que desencadenará toda la trama y será decisivo para la vida de varios personajes y estará a punto de serlo también para la de Quique. "No se te ocurra abrir la boca sobre el tema, con nadie. Si es necesario llegaremos hasta Fujimori. O al mismo Doctor. Y, naturalmente, no vuelvas a recibir a Garro. Ni siquiera hables con él por teléfono".
Entre los descubrimientos eróticos de Marisa y la agonía de su marido, que ve peligrar todo su futuro por un error del pasado, se mueven otros muchos personajes dignos de Vargas Llosa. 
Julieta Leguizamón, La Retaquita, la redactora más descarada, eficaz y brillante de "Destapes". Dispuesta a todo para triunfar, excepto a hacer alarde de escrúpulos; capaz de improvisar soluciones a todos sus problemas y sacar la cabeza de cualquier agujero cuando está a punto de ahogarse; capaz de hacer caer las más altas cabezas del país con su audacia y su valor. Ceferino Argüello, "el fotógrafo de Destapes era un cholito sin edad, escuálido, con unos pelos lacios que le chorreaban hasta los hombros, de espesas cejas, embutido en un viejo blue jeans y sayonaras. Miraba al director de la revista con sus ojos saltones muerto de susto"
Ceferino es todo lo contrario a la Retaquita, o es lo que sería la Retaquita de haber tenido hijos y no poder permitirse perder el sueldito escuálido que gana en el semanario. Por eso se traga las humillaciones de Rolando, por eso y porque es tan cobarde como Julieta valiente.
Juan Peineta, una anciano solitario, que vive con Serafín, su gato, en el hotel Mogollón. Un hombre desmemoriado que se pasa la vida tratando de rescatar entre los mecanismos de su deteriorada cabeza, palabras, caras, anécdotas, nombres. Lo que nunca olvida es el nombre de Rolando Garro que terminó, a base de insidias, con su brillante carrera en Radio Libertad.
Con todos estos personajes y alguno más, Vargas Llosa ha escrito una novela de crítica social que se va convirtiendo en una novela negra, o una novela negra que, como todas, abunda en la crítica social. Una novela en la que la prensa amarilla sirve al poder y se sirve del poder y en la que el poder utiliza a la prensa amarilla y se la quita de encima cuando no le sirve. Aunque siempre hay que contar con que las cosas no siempre salen como uno ha planeado. 
El cruce al que debe su nombre
el barrio de "Cinco Esquinas"
Vargas Llosa nos vuelve a hacer testigos de la sociedad y de los asuntos de Perú en una época que, por fuerza, tuvo que ser dolorosa para él: la que surge del primer triunfo electoral de Fujimori en las elecciones de 1990 en las que se enfrentó, y derrotó en segunda vuelta, al propio Vargas Llosa. Cuántas veces se habrá preguntado el autor cómo habría evolucionado el país si los resultados electorales hubieran sido otros. 
Si en "Conversación en la Catedral" nos retrató el Perú de la dictadura del General Odría en las décadas cuarenta y cincuenta, en "Cinco Esquinas" nos trae, en sus propias palabras, "una historia policial, casi un thriller, y el thriller se fue transformando en una especie de mural de la sociedad peruana en los últimos meses o semanas de la dictadura de Fujimori y Montesinos".



lunes, 12 de junio de 2017

Reto "Todo comienza con una frase"



Este relato es el que participa en "Todo comienza con una frase", cuarto reto, y último hasta después del verano, convocado por la comunidad de Google  "Escribiendo que es gerundio". 

Ahora, con más años por detrás que por delante, los misterios se desvelaron.
No entendía por qué le habían acusado de matar a Ava. Había llegado a casa y la había encontrado en el suelo del baño con un tajo en la garganta, en medio de un charco de sangre y con un cuchillo a su lado en el suelo. Un desagradable olor a un perfume caro, pero demasiado penetrante, se extendía por todo el piso. Cuando lllegó la policía, alertada por algún vecino, lo encontró inclinado sobre el cadáver, con el cuchillo ensangrentado en la mano y llorando la desesperación de quien ha perdido todo lo que le anclaba al mundo y sus desdichas.
Nadie tuvo la menor duda. Ni siquiera el abogado de oficio creyó que fuera inocente. Podía haber contratado algún abogado caro en algún bufete de prestigio -podía permitírselo-, pero no estaba dispuesto a luchar por su vida. Ya no.
Lo condenaron a muerte y fueron inútiles todas las apelaciones que su abogado realizó con desgana.
Ahora, la víspera de la ejecución, cuando ya llevaba quince años en el corredor de la muerte, su penúltima noche en este mundo, lo había recordado todo, o lo había soñado como se sueñan los recuerdos que son reales.
Se vio entrando en la casa aquella tarde, y notó de nuevo el olor penetrante de aquel caro perfume masculino, y encontró una escena que nunca hubiera imaginado, y se vio clavando un cuchillo en el cuello de Ava que, aterrorizada, se había refugiado en el baño, y se vio hundiendo el cuchillo en otro cuerpo que había sobre la cama, un cuerpo con una cara conocida que le dolía como solo duele la más pavorosa y bíblica traición.
Por fin había entendido por qué su hermano no había aparecido en el juicio ni le había visitado en el corredor de la muerte durante todos esos años.


viernes, 9 de junio de 2017

"Basada en hechos reales" Delphine de Vigan

"Pocos meses después de que apareciera mi última novela, dejé de escribir. Durante casi tres años, no escribí una sola línea [...] no escribí ni una carta burocrática, ni una tarjeta de agradecimiento, ni una postal de vacaciones, ni una lista de la compra".
Así comienza Delphine de Vigan su última novela, "Basada en hechos reales", la tercera de la autora que leo.
Yo creo que "Días sin hambre" es una novela que toma mucho de la propia biografía de la autora, sin ser exactamente autobiográfica; y creo que "Nada se opone a la noche" es autobiografía, o más bien biografía (pues sobre todo trata de su madre), pero con ciertas concesiones a la ficción. Sin embargo, opino que "Basada en hechos reales", a pesar de su título, es la más ficticia de las tres. A pesar de las coincidencias, a pesar del empeño en dar la sensación de que la novela esta "basada en hechos reales", no deja en ningún momento de darme la sensación, de que no es más que eso, una historia ligeramente basada en hechos reales tras la cual se esconde, como en una serie de espejos, la realidad de una imagen que juega con sus reflejos a confundirnos.
Hay un fondo de verdad que sirve de soporte al resto, pero en el resto hay mucha invención. Cuánto hay de cada cosa es algo que la propia autora juega a esconder. Cada uno puede tener su propia idea, pensar lo que quiera... y quedarse con las ganas de saber a ciencia cierta donde está el límite entre lo verídico y lo imaginado.
Delphine es una escritora que ha publicado un libro autobiográfico de enorme éxito. En él cuenta la vida de su madre a raíz del suicidio de ésta.
Foto de portada de "Nada se opone a la noche"
Lucile Poirier, la madre de la autora.
"
Había escrito un libro cuyo alcance nunca habría imaginado. [...] no había imaginado aquella imagen de mi madre, reproducida cientos y miles de veces, aquella foto aparecida en la sobrecubierta, [...] aquella foto que enseguida se disoció de ella y que en lo sucesivo pasó a no ser mi madre sino el personaje de la novela, difuso y difractado"
Delphine vive tranquilamente en París con sus dos hijos adolescentes de cuyo padre está separada. Tiene además una pareja, François, aunque cada uno se mantiene en su casa por un acuerdo al que han llegado y que durará, al menos, mientras los hijos respectivos vivan con ellos. Tras el éxito de su novela empieza a tener problemas para volver a escribir y tarda tres años en poder hacerlo de nuevo. 
Cualquiera pensaría que estoy contando la historia de Delphine de Vigan, pero cualquiera que eso pensara se equivocaría porque lo que estoy haciendo es una sinopsis de "Basada en hechos reales". Lo que estoy contando es la situación de la que parte esta última novela de Delphine de Vigan. Estoy contando la crisis de escritura de un personaje que tiene ciertas similitudes con la propia autora. 
Un personaje que, como nos cuenta en las primeras líneas, es incapaz de poner en práctica el acto de escribir ni tan siquiera una lista de la compra. La visión de cualquier utensilio cuyo principal objetivo sea la escritura le produce náuseas. Es incapaz de enfrentarse a una pantalla de ordenador y mucho más incapaz aún de abrir un documento de Word. Pero antes de que termine el prólogo en que nos cuenta todo esto, ella misma nos da los motivos. "Hoy sé que L. es la sola y única razón de mi impotencia. Y que los dos años que duró nuestra relación estuvieron a punto de hacerme callar para siempre"
Por si aún quiere el lector más mosqueo e intriga este prólogo está firmado por Delphine de Vigan. No es el personaje quien habla, sino la autora, aunque yo estoy convencida (y eso no es más que una impresión mía) de que la ficción ya ha comenzado.  
Delphine de Vigan
A partir de ese momento, la novela nos va contando la relación de Delphine con L., una atractiva mujer que llegará a hacerse la amiga imprescindible, la que siempre está cuando se la necesita, la que resuelve todo tipo de problemas, la que tiene la palabra perfecta en el momento adecuado, "L. poseía un sentido inusitado del Otro, un don para dar con las palabras precisas, decirle a la gente lo que necesitaba oír. L. no tardaba nunca en formular la pregunta más pertinente, [...] L. sabía no sólo identificar de entrada el origen del desasosiego, sino sobre todo captar esa fisura, por oculta que esté, que cada uno de nosotros esconde".
La sólida amistad que se establece entre estas dos mujeres no está exenta de fricciones. El duelo de Delphine con L. se establece por una falta de acuerdo acerca de lo que Delphine debe escribir a continuación. Si ella planea escribir una novela que gira alrededor de un reality televisivo, L. piensa que debería seguir por el camino de la autobiografía. Delphine que está recibiendo anónimos amenazadores e insultantes de un supuesto familiar molesto por su anterior novela, no tiene muchas ganas de repetir con lo verídico. Se establece de esta forma un argumento que constituye gran parte del interés de la novela, el debate entre la novela de ficción y la basada en la realidad, cuál de ellas prefiere el público, cuál es capaz de proporcionar más emoción, de erizar los sentimientos, de envolver al lector.
"La gente está harta de los vendedores de humo y de los vendedores de pacotilla, [...] esperan otra cosa de la literatura, y con razón: esperan lo Verdadero, lo auténtico, quieren que les cuenten la vida" dice L. en defensa de la biografía.
"Pero si no hay verdad. No existe la verdad. [...] Lo sabes perfectamente. En cuanto recurres a la elipsis, en cuanto estiras, comprimes, llenas los agujeros, entras en la ficción" dice Delphine a favor de la ficción.
Pero la historia es mucho más que ese debate sin ganador acerca de cual es la mejor forma de novelar. Entre la crisis de creación de la narradora y el relato de su amistad con L., nos vamos adentrando en una trama que va ganando tensión, que nos despista, que, poco a poco, se va transformando en una historia con suspense, una historia que nos suena porque no podemos dejar de recordar haberla visto en la pantalla, o, al menos, haber visto algo similar. Y aun así, no pierde originalidad ni frescura porque Delphine de Vigan es capaz de ponerle su sello especial y de entregarnos una novela de intriga perfectamente estructurada, en la que nos va dejando miguitas para que sepamos a qué atenernos y así salvarnos de la sorpresa engañosa, del giro final que sorprende, de las "intrigas bien engrasadas, de sus señuelos hábiles y de sus desenlaces", es decir, de aquello de lo que L. decía que la gente ya estaba harta. 
Y no obstante las pistas y las miguitas, nos da intriga y suspense y giros inesperados, y convierte una historia que ya hemos visto en cine, aunque no recordemos cuándo ni dónde, en algo original y distinto que no querríamos habernos perdido.
Y en pie quedan las preguntas: qué parte es verídica y cuál inventada; qué personajes son reales y cuáles ficticios. A no ser que decidamos disfrutar de la novela y olvidarnos de cuestiones que, probablemente, no nos incumben.


martes, 6 de junio de 2017

Reto "Alrededor de un tema"

Jean Marc Janiaczyk


Este relato se escribió para participar en "Alrededor de un tema", tercer reto convocado por la comunidad de Google  "Escribiendo que es gerundio". Vaya por delante que no ganó, no obstante, espero que os guste.

¡MALDITA PRIMAVERA!

Siempre me había gustado la primavera y ese olor especial, “olor a primavera”, que podía darse también en invierno. Un atisbo de lo que aún estaba por venir, de lo que aún tardaría en venir, pero que ya se anunciaba.
Luego llegaste tú y la primavera se vistió de otros colores y otros olores más primaverales aún. El olor siguió siendo el mismo, pero ahora tenía otros matices que lo enriquecían y lo hacían aún más prometedor.
La esperanza amarilla de los narcisos en las campas de Riaño;  la expectativa de las distintas flores que irían apareciendo, cada una en su momento, y de las que alguna muestra quedaría para siempre entre dos cartulinas con su nombre científico en esmerada caligrafía; la ilusión de las tardes pegados a los prismáticos acechando los distintos pájaros que llegaban, o se iban, o permanecían, pero anidaban; pájaros que se irían con una anilla alrededor de la pata, anillados en el nido o cogidos en una red de la que los liberaríamos con mimo.
Todo un mundo que tú irías dejando inmortalizado en tus fotos y que desapareció de mi vida cuando saliste de ella, cuando decidimos que debíamos seguir caminos propios en los que cada uno se sintiera más cómodo. Tú seguirías con tus pájaros y flores y fotos y yo me volvería hacia mis libros que tenía un tanto… no abandonados, eso nunca hubiera sido posible, pero sí relegados, ubicados en un segundo plano con el que no me sentía cómoda y que no podía durar mucho más.
Las primaveras siguieron oliendo con anticipación de invierno moribundo, y siguieron trayéndome la nostalgia dulce de los narcisos y las tardes perezosas de calor prensando flores o acechando pájaros. Perdieron el brillo sin mácula de la juventud y adolescencia, ganaron el color reposado y algo mate de la madurez, pero siguieron causando el escalofrío de las grandes promesas, de lo que comienza, de la vida en todo su esplendor y derroche.
Hasta que la vida decidió exiliarte de sus dominios y te fuiste y te llevaste contigo el canto de los pájaros y el color rotundo de los narcisos, y, ahora, hay días de finales de invierno en que un olor familiar, una sensación conocida, un recuerdo inesperado, me sacude por dentro y me eriza la piel y me hace pensar ¡maldita primavera!



domingo, 4 de junio de 2017

"Chourmo" Jean Claude Izzo

"Los chavales jugaban de maravilla. Sin chulería. Jugaban por placer. Para seguir aprendiendo y un día ser mejores. El campo de baloncesto, bastante reciente, se había comido una parte del aparcamiento, delante de los dos grandes bloques de la cité La Bigotte, en lo alto de Notre-Dame Limite, en la «frontera» entre Marsella y Septème-les Vallons. Una cité que dominaba las barriadas de la zona norte. Aquí, nada es peor que en otra parte. Ni mejor. Hormigón en un paisaje convulsionado, rocoso y calcáreo. Y la ciudad, allá, a la izquierda. Lejos. Aquí se está lejos de todo. Excepto de la miseria".  No, en La Bigotte nada es peor ni mejor que en cualquier otra de las muchas cités que florecen como prímulas en marzo en las periferias de las ciudades francesas. En Marsella especialmente, las cités rodean toda la ciudad, todo lo que el agua permite, trepando por sus colinas y alejándose del mar en las alturas para tener las más bellas vistas de la ciudad. Los que leímos la primera novela de la Trilogía de Marsella de Jean Claude Izzo, "Total Khéops", estamos familiarizados con ese término: cité procede de cité ouvrière y ha quedado como abreviatura para denominar a las barriadas periféricas, habitadas por inmigrantes, muchos en paro, y cada vez más afectadas por el fanatismo religioso al ser su población mayoritariamente magrebí y estar muchos de sus habitantes en un estado de vulnerabilidad que los hace proclives a caer en manos de los "barbudos".
Esta segunda entrega de la trilogía tiene también como protagonista a Fabio Móntale, pero ya no es policía. Dimitió hace más de un año y ahora se dedica a navegar y pescar en su barco y a pasar las horas en el bar de Fonfon, un viejo socialista, o en casa de Honorine, su vecina, comiendo las exquisiteces que ambos preparan y bebiendo el estupendo vino con que las acompañan. Eso cuando no disfruta a solas en su casa de un vaso de Lagavulin, su whisky favorito, leyendo a Conrad o los poemas de Louis Brauquier y escuchando jazz. 
Una vida envidiable como pocas que se verá interrumpida cuando aparezca en su casa su prima Angele, "Gélou. Mi bella prima. Como sorpresa, no estaba mal. A Gélou no la había vuelto a ver desde hacía diez años. Desde el entierro de su marido. A Gino se lo cargaron, una noche, cuando estaba cerrando el restaurante que tenían en Bandol". Pero, tras diez años de ausencia, Gélou, la prima que se parece a la Claudia Cardinale de "El Gatopardo" y de la que estuvo enamorado en su adolescencia (casi niñez), no viene a hacer una visita de cortesía. Su hijo de dieciséis años ha desparecido y quiere que Fabio lo encuentre.
En su búsqueda, Fabio encontrará algunas cosas que desearía que siguieran ocultas y perderá otras con las que verá esfumarse parte de su juventud y sus recuerdos. Perderá a un amigo, pero encontrará un cuaderno en el que descubrirá el horror que a veces significa saber.
Estará a punto de perder la vida y confesará tener miedo, pero no hay miedo capaz de evitar hacer ciertos actos irreparables porque "si los evitas, por la mañana no te puedes mirar al espejo". Así es que Fabio, a despecho de su miedo, de la prudencia y de algunos consejos, sigue adelante. Se adentra en las cités de Marsella y nos arrastrará con él a una locura de fanáticos religiosos, traficantes de droga, mafiosos, radicales racistas del Frente Nacional, policías corruptos, inocentes que han visto demasiado, un cura enrolado por los servicios de inteligencia...
En una trama que parece girar alrededor del fanatismo islámico, nos veremos de pronto envueltos en una trama de tráfico de drogas, pero todo es lo mismo porque "el control de los traficantes lo llevaban los mismos que incitaban a los jóvenes a combatirlos".
Fabio conoce ese mundo. Sabe a lo que se enfrenta. Hijo él mismo de inmigrantes italianos, pasó su infancia en "la Capellette, un barrio de macarroni". Coqueteó en su adolescencia y juventud con el mundo de la delincuencia, aunque nada tenía que ver con la de ahora. Nosotros éramos unos delincuentillos. Nos gustaba el dinero fácil, las chicas, los coches. Oíamos a Coltrane. Leíamos poesía. Y cruzábamos el puerto a nado. Darnos gustito y presumir. No le pedíamos mucho más a la vida"
Jean-Claude Izzo
Después, como policía, se fue acostumbrando al cambio de los bajos fondos; a las cités llenas de jóvenes desesperados y sin futuro que, primero se hicieron delincuentes comunes y luego, muchos, fueron cayendo en manos de la religión, porque cuando nada te cubre las espaldas y tu mañana se presenta tan desolado como tu hoy, a veces, las plegarias introducen en el día a día una esperanza, al menos para el futuro más lejano. Y además puedes vengarte de los que supones causantes de tu miseria. "Los jóvenes árabes que operaban para los barbudos, no eran otra cosa que delincuentes con los que él ya había tratado durante años. Los mismos, necesariamente. Pero curtidos por la trena. Más agresivos también. Y con el chute del Corán liberador. Fanáticos". Un chute que promete un buen colocón para la eternidad.
Fabio descubre demasiadas cosas, entre otras, que, si se pudiera elegir, uno elegiría no saber. Porque el saber desgasta y amarga y cubre la mirada de un velo de consciencia que no deja lugar a la ingenua alegría. El saber nos descubre a nosotros mismos nuestras miserias y nuestras grandezas, y una vez sabios, ya no podemos escondernos en la cómoda y complaciente ignorancia. "Porque todos envejecemos, por nuestra indiferencia, nuestras dimisiones, nuestras cobardías. Y por la desesperación de saber todo esto".
Y el gran personaje de Izzo: Marsella, siempre Marsella. La ciudad a la que había emigrado su padre con catorce años, siguiendo a sus hermanos; la ciudad en la que nació su madre, en el barrio des Pistoles au Panier, el mismo barrio donde nacería Jean-Claude Izzo en 1945. "J'ai Marseille au coeur" son palabras que su hijo Sébastien ha puesto en boca del autor. 
Basta con leer sus novelas para darse cuenta de hasta qué punto estaba enamorado de Marsella; con sus luces y sus sombras, con su Vieux port y sus cités, Le Panier y la Cannebière. Y sobre todo, su mezcla, esa mezcla de nacionalidades, razas, religiones, costumbres, músicas. Esa mezcla en la que se basan (no solo en la biología) la evolución y la belleza.
"Es Marsella la que pertenece al exilio. Esta ciudad nunca será otra cosa que la última escala del mundo. Su futuro es de los que llegan. Nunca de los que se van.
—Y los que se quedan, ¿qué?
—Son como los que están en la mar. Nunca se sabe si están muertos o vivos.
Como nosotros, pensé,".


jueves, 1 de junio de 2017

Junio 2017


Briony escribió la obra —para la que ella misma había diseñado los carteles, los programas y las entradas, construido la taquilla con una cartulina doblada por un lado, y forrado la caja de recaudación con papel crepé rojo— en una tormenta compositiva que duró dos días y que le hizo saltarse un desayuno y un almuerzo. Cuando los preparativos hubieron terminado, no le quedó nada más por hacer que contemplar el borrador acabado y aguardar la aparición de sus primos del lejano norte. Sólo habría un día para ensayar antes de que llegara su hermano. Por momentos gélida, a ratos tristísima, la obra refería la historia de un alma cuyo mensaje, transmitido en un prólogo en verso, era que el amor que no asentaba sus cimientos en la sensatez estaba condenado.

Briony Tallis tiene trece años cuando un día de verano de 1935 termina la obra teatral que ha escrito en honor de su hermano León que llegará esa noche y a quien se espera con una fiesta.
Así empieza "Expiación" de Ian McEwan. Con una fiesta, con una obra de teatro, con varias vidas que deberían seguir un camino muy distinto del que finalmente siguen.
Briony es una adolescente observadora e inteligente, y esa noche, durante la fiesta, un par de escenas que observa y que no llega a entender del todo desafiarán todo su potencial imaginativo y resultarán determinantes para la vida de varias personas, principalmente Robbie, el hijo del ama de llaves de la casa, y Cecilia, la hermana mayor de Briony, enamorada de Robbie.
Tras unos pocos años, la Segunda Guerra Mundial encontrará a nuestros personajes en circunstancias muy alejadas de aquella noche de fiesta en la que una Briony, equivocada pero convencida, retorció sus destinos y cambió sus vidas. Cecilia se ha convertido en enfermera. Briony, aunque no mantiene relación con su hermana, ha decidido también hacerse enfermera y está estudiando para ello en Londres. Robbie participa en la guerra y se encuentra en Francia. Con él asistiremos a la retirada del ejército británico de Europa en las playas de Dunquerque. Allí lo dejaremos recordando el pasado y preguntándose qué es lo que ha podido llevarle a cambiar todo su plan de vida en una sola noche ya lejana.
Pero el personaje fundamental es Briony. Cuando crece, la coartada que pudo suponer la inconsciencia adolescente se le viene abajo como un castillo de arena golpeado por el mar: de golpe y sin dejar rastro. Briony, consciente de su error y de las consecuencias que ha tenido en personas a las que quiere, se verá desbordada por la culpabilidad y comenzará su vida de expiación. Una vida en la que le será negado el perdón de los que más quiere. 
La novela termina en 1999, cuando Briony es una anciana. Descubrimos en qué ha consistido su expiación en la realidad, descubrimos los subterfugios de que se ha valido una vida atormentada por la culpa para poder perdonarse a sí misma ya que nadie, en realidad, ha tenido la oportunidad de perdonarla.
Esta es la primera novela de Ian McEwan que leí. Es la novela que me dejó, definitivamente y de una sola vez, enganchada al escritor británico. También creo que es la novela que voy buscando en todas las que leo del autor; alguna que se le parezca, que llegue a alcanzar la excelsa maravilla que para mí resultó "Expiación". Aún no lo he conseguido.  Quizás me dejó tan marcada que soy incapaz de sentirla superada, quizás me niego a que sea superada por McEwan. He leído novelas estupendas del autor como "La ley del menor", "Amor perdurable" (¡¡ay, aquel globo aerostático cayendo!!), "Chesil Beach" y muchas otras (tengo pendiente para muy pronto "La cáscara amarga" su último trabajo), pero creo que nunca, para mí, escribirá nada comparable a "Expiación"




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