Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

sábado, 25 de marzo de 2017

La luz del tren

La entrada del blog de Carmen Pinedo "El viaje de Marta Zamarska", está, en gran medida dedicada a los trenes. Me ha conmovido especialmente porque mi padre fue maquinista de RENFE y como nunca quiso comprar coche (decía siempre que ya conducía bastante) y los viajes en tren nos salían gratis, son muchas las horas que me he pasado viendo deslizarse el mundo por la ventanilla de un tren en marcha. Es por eso por lo que decidí robarle una de las pinturas de Marta Zamarska a Carmen y hacer mi propio relato inspirado en ella.

"Vías de tren" Marta Zamarska

La luz del tren ya se ve a lo lejos. No tardará en llegar ni un minuto. Un minuto que pasaré recordando otros trenes y otros viajes, tantos ya. Los primeros con mi madre y hermana y abuelos (mi padre trabajaba en verano y solo venía en los descansos) a pasar unos días de vacaciones en algún apartamento alquilado o en alguna casa de pensión "con derecho a cocina". Siempre al lado del mar.
Más tarde, los viajes en solitario, ilusionados a la ida y melancólicos y ansiosos del paso de la semana a la vuelta, cuando visitaba a mi chico que hacía la mili en una provincia cercana. 
Luego llegaron los viajes a y desde mi lugar de trabajo. Tardes de viernes alegres y madrugadas de lunes pesadas y perezosas pasadas en un tren, leyendo o intentando dormir.
Ahora estoy aquí, en mi coche, con el que traicioné a los trenes de mi vida y por lo que, tal vez, se disponen a vengarse. 
Ya está aquí. Su luz se agranda y lo cubre todo, el sonido de su bocina se superpone a cualquier otro sonido. 
Las ruedas quedaron atrapadas en los raíles cuando intenté cruzar el paso a nivel demasiado deprisa, demasiado justo. El tirón que sufrió el coche al detenerse, debió de atascar la hebilla de mi cinturón de seguridad o los nervios y la falta de tiempo debieron de atascar mis dedos temblorosos.
El tren ya está aquí y la hebilla se resbala entre mis manos...


jueves, 23 de marzo de 2017

"Todo ese fuego" Ángeles Caso

Tras leer Shirley para una tertulia en facebook, sentí la necesidad de releer los dos libros Brontë que leí hace años, "Jane Eyre" y "Cumbres borrascosas", y de leer por primera vez las dos novelas de Anne Brotë, "Agnes Grey" y "La inquilina de Wildfell Hall" así como las dos que me quedan de Charlottte Brontë "Villette" y "El profesor". Además, ya metida en mi particular "mundo Brontë", decidí sacar del fondo de la lista de pendientes este libro de Ángeles Caso que me habían regalado en las navidades de 2015 y que en su momento me dio pereza leer y fue quedando relegado por lecturas más urgentes que le tomaron la delantera. "Todo ese fuego" es una historia novelada de las tres hermanas Brontë y de paso de toda la familia Brontë
La novela tiene una curiosa estructura. La primera parte se llama "16 de Julio de 1846, en la casa rectoral de Haworth, Inglaterra". La segunda se llama, sin más, "Después". Durante la primera parte, vemos a las tres hermanas, durante la mencionada jornada del verano de 1846, empleando la mañana en sus tareas de cada día (la plancha, la cocina, la limpieza, la compra) y dando un largo paseo; empleando la tarde en la escritura de las novelas que por aquella época las tenían ocupadas. Cada una de ella está escribiendo una novela basada en experiencias cercanas, vividas por ellas mismas o sacadas de relatos o leyendas oídas en la infancia: Charlotte y Anne, que han trabajado como institutrices, escriben "Jane Eyre" y "Agnes Grey" respectivamente. A Charlotte "todo lo que había vivido durante aquellos años le estaba sirviendo para construir el espíritu de Jane y de muchas de las otras figuras que aparecían en sus páginas", mientras que Anne, cuyo amor por un coadjutor de su padre, William Weightman, se había truncado tras la muerte del joven, había hecho a Agnes Grey institutriz como ella e hija de de un reverendo, pero "al mismo tiempo, le estaba regalando lo que ella no había podido vivir, el amor afortunado". Por su parte, Emily, que dada su enfermiza timidez nunca había trabajado fuera de casa, se basa en una historia oída en su infancia y, tal vez, en su amistad con Robert Clayton, una amistad frustrada también por la muerte, aunque antes lo había sido por el reverendo al ser el muchacho hijo de un obrero pobre.
A lo largo de toda la primera parte, se nos narra lo acontecido durante esa fecha de julio de 1846, pero los viajes al pasado son continuos y las actividades de las hermanas se ven interrumpidas por el relato de lo que ha ocurrido en la familia desde antes de nacer ellas. Asistimos a la muerte de la madre cuando Anne es aún un bebé. Los seis niños y el padre quedan al cuidado de una hermana de la madre que abandona su placentera vida en la costa de Cornualles para entregarse a "la nieve y los vendavales que asolan los páramos de Yorkshire". Elizabeth Branwell vivirá con su cuñado y sobrinos hasta su muerte, hará el papel de madre y colaborará económicamente al mantenimiento de la casa. 
Debido al talante liberal del padre y a su deseo de que sus hijos fueran por igual cultos, las tres hermanas tuvieron desde pequeñas, junto a su hermano, profesores, acceso a todo tipo de lecturas lecturas y al estudio de las lenguas. Lo que hizo que la cultura de las hermanas estuviera muy por encima de la media en cualquier mujer de su medio social.
El retrato pintado
por Branwell
Los cuatro hermanos supervivientes tenían ambiciones literarias desde muy jóvenes. Escribían poesía, campo en el que destacaba Emily, así como historias de aventuras fantásticas para las que crearon los reinos de Angria y de Northangerland. Además pintaban, sobre todo Branwell, el hermano. En el despacho del reverendo colgaba un retrato de las tres hermanas hecho por él. En principio él también figuraba en el retrato, pero luego se arrepintió y decidió taparse con una especie de mancha amarilla no muy acertada, desde mi punto de vista.
Durante aquel día, mientras ansiaban terminar sus tareas domésticas para poder, por fin enfrascarse cada una en su novela, Charlotte piensa en lo distinto que sería todo si el escritor fuera su hermano, cómo "se encerraría en su habitación y a todos se nos impondría el silencio, la absoluta exigencia de no molestarle. Le prepararíamos la comida y se la llevaríamos allí, golpeando suavemente la puerta para no interrumpirle en medio de una frase grandiosa. Caminaríamos de puntillas, Emily cerraría el piano hasta que él acabase su obra, no dejaríamos ladrar a los perros ni tronar a las tormentas". Pero Brandwell no escribe, ni pinta, ni nada. Brandwell pasa las noches en la taberna anestesiado con los vapores del alcohol, el opio y el láudano, sin saber si su fracaso como artista le había llevado a las drogas o las drogas y la cobardía y el miedo a no dar la talla le habían hecho fracasar como artista. Ahora vive con su padre y hermanas en la casa rectoral de la que sale por la noche para regresar de madrugada con la salud cada vez un poco más maltrecha.
La segunda parte ocupa muy poco espacio en el libro, unas veinte de las ciento veintisiete que tiene mi versión digital. Es lo que sucede después de aquel día de julio. Es la publicación de sus novelas con los seudónimos de Currer (Charlotte), Ellis (Emily) y Acton (Anne) Bell, seudónimos ambiguos en cuanto al sexo que los lleva y que ya habían utilizado para publicar un libro de poemas que gozó de cierto prestigio. Es el éxito inmediato Charlotte con "Jane Eyre", no así el de Emily y Anne con "Cumbres borrascosas" y "Agnes Grey". Es la decisión de escribir otra novela de Charlotte y Anne y la de no escribir ninguna más de Emily. 
Y es la vida precipitándose de nuevo sobre la familia en forma de muerte que es una de las formas preferidas de la vida para precipitarse y arrasar con todo y demostrar que ella siempre hace las cosas a su manera y gana siempre la partida, y es que la muerte no es lo contrario de la vida, la muerte es la misma vida disfrazada y "la muerte vivía en la rectoral de Haworth como uno más, con su presencia rotunda e implacable, pero era como un pariente indeseable del que nunca se habla".
Ángeles Caso
No se trata de una biografía, sino de una novela basada en la vida de las hermanas Brontë. No todo lo que se cuenta es estrictamente cierto. No lo son diálogos y situaciones, por supuesto, pero tampoco lo son todos los hechos. Ángeles Caso añade un apéndice donde aclara las partes que podrían haber sucedido aunque no haya constancia de ello. Así sucede con los presuntos amores de Anne por William Weightman o de Emily por Robert Clayton de los que la autora dice "la relación entre una joven Anne y William Weightman, el coadjutor de su padre, es más que probable" o "la posible conexión entre Emily y Robert Clayton es más dudosa, pero en absoluto imposible"
Entiendo que se inventen diálogos y algunos hechos menores, pero inventar hechos tan importantes como los amores que pudieron inspirar las novelas de las autoras, me parece que no es acertado en una biografía, aunque esté escrita en forma de novela. Yo hubiera preferido que todos los hechos fueran verídicos y contrastados, pero es problema mío... o, tal vez no; tal vez es problema de que, por muy novelada que esté una biografía, una se acerca a ella queriendo saber datos verídicos, sobre todo si se trata de la vida de personas concretas, que vivieron hace menos de dos siglos y por ello no hay demasiada deificultad en obrener datos suficientes como para varias novelas.
¿Me ha gustado la obra? Pues siendo sincera diré que sí. De hecho, me ha tenido enganchada porque cuenta datos muy interesantes y porque yo sabía pocas cosas en detalle de la vida de estas escritoras y, la verdad es una vida que da para una o varias novelas, simpre que no les pidamos mucha verosimilitud porque la vida de esta familia es todo menos verosímil (como siempre digo, lujos que se puede permitir la reralidad). Pero si soy sincera, también diré que no, porque como novela flojea bastante, vamos que si no fuera porque trata de personas reales y no estuviera yo interesada en las hermanas Brontë, esta historia no hubiera sido capaz de mantenerme a su lado. Es posible que la hubiera abandonado porque le falta emoción, al menos a mí no me la produce; le sobra un tanto de caos cronológico porque aunque no sea yo para nada defensora de la linealidad en la narración, sí lo soy de cierto orden que haga que no me desoriente, y aquí no lo he encontrado; le falta, por fin, fidelidad a los hechos, no a las compras que hicieron la mañana del 16 de julio de 1846 o lo que comieron o las conversaciónes que mantuvieron; hasta ahí admito la libertad del escritor, pero si inventa amores para cuadrar las inspiraciones, por mucho que "bien pudiera haber sido", me siento un poco engañada. Dicho esto, respeto la libertad de la autora, pues, como bien dice, "para mí la novela es el territorio de la libertad", y agradezco ese apéndice que me derja las cosas más claras y me evita confusiones, pero es lo que opino, también en el territorio de la libertad de una novela que no me ha dejado satisfecha, sino más bien, informada pero fría.


domingo, 19 de marzo de 2017

"Vivir de noche" Ben Affleck

Cuando aún tengo pendiente de publicación la reseña de "Ese mundo desaparecido", la última novela de Dennis Lehane y de la trilogía de los Coughlin, he tenido la oportunidad de ver la película que Ben Affleck ha hecho sobre la segunda novela de dicha trilogía, "Vivir de noche".
Hace unos catorce años, yo no sabía nada de Dennis Lehane y entonces Clint Eastwood, al que sí conocía y admiraba, estrenó su magistral, y para mí su mejor trabajo, "Mystic River", una película en la que rompía con todo lo políticamente correcto, y más correcto aún en los  Estados Unidos de América. Cuando supe que aquella historia estaba basada en una novela, fue cuando conocí a Lehane. Después he leído prácticamente todos sus libros y he visto más novelas suyas adaptadas al cine. Ninguna me ha gustado tanto como aquella primera de Eastwood, aunque puede que eso sea algo personal. "Shutter Island" de Martin Scorsese o "La entrega" de Michael R. Roskam, son también muy buenas películas, aunque no me hayan arañado el corazón como sí lo hizo, tal vez por ser la primera o por tratar un tema que me llegó más, "Mystic River" (aquel asesinato impune con las bendiciones del policía incluidas, me pareció sublime).
Esta es la segunda novela de Dennis Lehane que Ben Affleck adapta a la pantalla. La anterior fue "Adiós pequeña", basada en la cuarta entrega de la serie de los detectives Patrick Kenzie y Angela Gennaro. Son las peores adaptaciones de Lehane que he visto en cine. Ben Affleck fagocita las películas. Dirige, escribe el guión y, como en esta última, interpreta. 
Casey Affleck y Michelle Monahan
En "Adios pequeña" no se atrevió a tanto, pero le faltó muy poco y puso en el papel de Kenzie a su hermano, Casey Affleck. Jamás me hubiera imaginado un Patrick Kenzie con pinta de estudiante universitario y cara de chico bueno. Tampoco Michelle Monaghan era la Angela Gennaro que poblaba mis fantasías, pero eso vamos a dejarlo.
En "Vivir de noche", Ben Affleck se atreve a ponerse la ropa de Joe Coughlin y nos entrega un Joe increíble. Increíble porque no hay quien se lo crea. Porque Affleck, a pesar de su cara de palo, es, o parece, un tipo blando, nada más alejado del Joe Coughlin que, desde que tenía once años, en la primera novela de la serie "Cualquier otro día", era definido por su hermano Danny como "uno de los niños más duros en un barrio de niños duros".
Pero no solo es inapropiado por eso el papel de Ben Affleck. Es que está interpretando a un personaje de veinte años, que empieza a adentrarse en el mundo del hampa y como le dobla de largo la edad, lo tiene que hacer bastante mayor y ponerle participando en la Gran Guerra y desengañándose del género humano ante las atrocidades allí vistas. Yo, desde luego, prefiero el chico duro, descendiente de irlandeses, que tiene que batirse el cobre en un barrio pobre de Boston desde la más tierna infancia, a pesar, o quizás por, tener un padre y un hermano policías.
Pero es que no terminan ahí mis quejas. Ben Affleck no es un buen actor, o a mí no me lo parece. No sé si es un tipo duro, pero aparte de no parecerlo por su físico, cosa de la que no tiene él la culpa, no sabe interpretarlo, cosa de la que puede que tampoco la tenga: hay trabajos para los que se vale o no se vale y, desde mi punto de vista, él no vale. Lo estoy viendo y no puedo dejar de pensar que está actuando. Me sorprendo a mí misma imaginando a los maquilladores mientras le ponen manchas de sangre en la cara y le dejan desastrado el traje y pienso que los maquilladores han hecho un buen trabajo, pero él no está a la altura. 
Ben Affleck
Acabo de leer "Ese mundo desaparecido", la tercera entrega de los Coughlin, la segunda con Joe de protagonista, y no puedo reconocer al personaje en ninguno de los gestos de Affleck. Tampoco reconozco a Dion Bartolo. El actor que lo interpreta más me recuerda a Cantinflas que al jefe de la familia en cuyas manos deja Joe los negocios al final de la historia "Vivir de noche". 

Y, si bien no soy de las que le piden a las películas fidelidad absoluta a las novelas de las que surgen, creo que el obviar las estancias en Cuba y su situación política, en la que interviene Joe en la novela, anular la intervención de personajes históricos como Meyer Lansky o Lucky Luciano, le quita interés a la historia, la banaliza, la vuelve plana y superficial.

¿Que si no tiene nada bueno? Sí, una muy buena ambientación, maravilloso el vestuario de los años veinte, y es que la moda de esa época es mi gran debilidad; una buena fotografía y una buena iluminación, sobre todo de las escenas nocturnas, muy adecuada a la época y al género; unas escenas de violencia y peleas, correctas, aunque no impactantes. Lo más conseguido en la película es la parte técnica, y una curiosidad: creo que es la primera vez que veo una persecución policial con coches de los años veinte... pero no pude evitar pensar "¿se estarán cargando de verdad todas esas preciosidades?".
En resumen, una película que no pasa de entretenida y con buena factura. Una historia de gángsters durante la Ley Seca, sin nada notable, pero es que si algo es Dennis Lehane, es una autor notable de historias notables. Lo consiguieron Clint Eastwood y Martin Scorsese. Ni de lejos lo ha conseguido en sus dos intentos Ben Affleck.
Un acto fallido para una historia que era digna de mejor tratamiento. Y como no hay dos sin tres, que dice el refrán, miedo me da que se empeñe en llevar a la pantalla "Ese mundo desaparecido" y el Joe Coughlin cuarentón se nos tenga que volver sesentón. Y encima otra vez con Ben Affleck. Hasta podía echarme a llorar.


viernes, 17 de marzo de 2017

"La buena letra" Rafael Chirbes

"La buena letra" es una de esas raras novelas escritas en segunda persona, pero también es una novela escrita en primera persona. "La buena letra" es una novela en la que una mujer, una madre, se cuenta a sí misma en primera persona en un monólogo dedicado a su hijo. 
La vida de Ana ha estado marcada por las pérdidas. Como todas las vidas, por otra parte. Los años se van llevando sensaciones, recuerdos, historias... y muchas veces las personas que los habitaron y les dieron calor y significado se van tras ellos, nos dejan despojados y despoblados de ellos y, un poco cada vez, de nosotros mismos. Ana ha perdido mucho a lo largo de los años. Ana se ha perdido a sí misma en cada pérdida.
Cuando recién muerto su marido encuentra la foto de la boda se da cuenta de que "todos habían ido muriendo a lo largo de los años que separaban el día de la boda de aquél, ya marchito, en que quemé la fotografía". Y aunque fueron protagonistas de épocas muy duras, épocas de ir a buscar familiares entre los fusilados la madrugada anterior en la tapia del cementerio, épocas en las que la muerte y la cárcel eran vivencias cotidianas, épocas en las que se sobrevivía a base de estraperlo, trueque, malabarismos, economías de guerra (o de posguerra), a pesar de ello, son también protagonistas de la época luminosa de la juventud, esa en la que queda todo por vivir, todo por sufrir y parece que lo que se tiene delante es todo futuro y esperanza, al menos hasta que todo se convierta en pasado y decepción.
Ana le va contando a su hijo episodios de su vida, una vida de la que han sido parte importante los familiares de su marido, Tomás. Curiosamente, se habla poco de los propios, algo del abuelo, de los padres, no se mencionan hermanos. La vida gira en torno a esos familiares del marido que le son presentados en una comida a principios de un verano, años antes de la guerra. 
Pero sobre todo, la vida giró durante años alrededor de Antonio, el hermano del marido y, más tarde, de Isabel, su mujer. Sobre todo de ella. En realidad Ana habla "del antes y el después de que ella viniera, como si su presencia hubiese sido el gozne que uniese dos partes". Es como si la vida antes de Isabel no hubiera sido más que una preparación para su llegada. Después, ya estaba Isabel y la vida de Ana y de todos en la familia se vio afectada porque todo lo vino a trastocar y alterar.
Antes de Isabel fue la guerra y el miedo y el marido en el frente y ella con una niña, temiendo que no regresara, que las dejara solas y no lo volviera a ver nunca; luego fue la posguerra y la cárcel y Antonio condenado a muerte y los viajes en tren para visitarle, turnándose Ana y su marido, después ella sola cuando Tomás empezó a trabajar; visitas al cuñado para que no se sintiera tan solo en su trágica espera, para llevarle algo de comida en aquel país de gente en movimiento, en aquellos trenes en los que la gente iba y venía, huía o buscaba, "y el tren recogía toda esa desolación y la movía de un lugar a otro, con indiferencia". Y Ana llega a odiar a Antonio por obligarla a viajar cada semana y a ser testigo de tanta miseria e incertidumbre.
Rafael Chirbes
Y luego, un día cualquiera, la libertad de Antonio que, con la necesidad de sus visitas diarias a la Guardia Civil, se instala en casa de Ana y Tomás con sus dibujos y sus retratos y su estela pegada a cada mueble y a cada esquina, como los objetos de madera que empezó a fabricar. Y la mala lengua de la hermana celosa y las suspicacias que vienen a ensuciar la vida de todos, a llenarla de resentimiento y hasta de odio. Aunque algunos no sean conscientes de lo que los demás sufren y ese no darse cuenta es una afrenta más porque, a veces, no hay mayor pecado que la ignorancia, esa ignorancia que se esconde o se defiende, inconsciente, tras nuestro conocimiento y nos deja indefensos y a merced de todo lo que querríamos borrar o, al menos, olvidar.
Y de pronto, llegó Isabel y ya todo fue con Isabel, después de Isabel. "La trajo una muchacha de aquí, de nuestra calle, que trabajaba como planchadora en una casa aristocrática de Valencia, unos marqueses o algo así. Venía impresionante. Aquí, de no ser en las películas, jamás habíamos visto a una mujer que vistiese con tanta afectación". Y con Isabel llega la mentira, el fingimiento, la hipocresía; la cizaña que se mete y arrasa con todo lo que no sirva para los planes concretos de quien la esparce. Isabel se casa con Antonio y se quedan a vivir con Ana y Tomás. Se quedan de momento, mientras no les es posible otra cosa. Y mientras la necesita, utiliza a Isabel y hasta hace el esfuerzo de la amabilidad, una amabilidad fría y distante, de esas que ponen la piel de gallina y la prevención en cada pensamiento, y la desconfianza  que anida en Ana se la guarda para ella sola porque no quiere que Tomás sufra, aunque nada se puede ocultar por mucho tiempo y al final "tu padre se había mantenido solo y en silencio porque tenía miedo de perder un amor que estaba anclado en el misterio de su infancia. Y tampoco a él su esfuerzo lo había salvado de nada". No hay salvación en la ignorancia. Tampoco siempre en el conocimiento.
"La buena letra" no es una novela de guerra, o sí lo es, pero no son los hechos de guerra los que conforman su núcleo y le dan cuerpo. "La buena letra" nos cuenta la vida cotidiana en un pueblo durante la guerra y la posguerra; nos cuenta como se enfrentan las familias al dolor de la separación y al desencuentro que suponen algunos encuentros; cómo se sufre y se calla por amor lo que se debería gritar a los cuatro vientos porque más que evitar el sufrimiento ajeno con generosidad, el silencio puede convertir en culpables a los inocentes, y aumentar el desconsuelo que se quería impedir.
Ahora Ana vive sola. Casi todos han muerto ya, pero aún queda Isabel y "cuando ella viene a verme, y ya te digo que no sé por qué, necesito sentir el recuerdo del miedo, a lo mejor porque fue más limpio. Ella lo sustituyó por la sospecha. [...] Sólo que quisiera entenderme yo misma, entenderlos a todos ellos, a los que ya no están". Y queda su hijo insensible a los recuerdos, tal vez por ajenos y distantes. Por eso Ana siente la necesidad de regalarle los suyos, de hacerle cercanos sus recuerdos a base del relato fiel y sentido de los mismos y con él, nos los regala a nosotros, porque esta novela, como todas las suyas, es un regalo que su autor nos hizo, no con generosidad (aunque puede que también), sino con la necesidad de darnos también sus recuerdos para que trasciendan su propia memoria.
De nuevo Chirbes, como ya hizo en "Mimoun", con unas pocas páginas (54 en mi versión digital), es capaz de introducirnos en un mundo que se despliega ante nosotros con toda su contundencia; nos cae encima y se hace real y presente a nuestro lado y nos contagia sus sentimientos que padecemos o gozamos a la par que avanzamos por la historia, porque si algo tiene Rafael Chirbes es una empatía con los personajes que se nos contagia y que hace que se nos metan en la piel, y no sé si me pongo yo en su lugar o ellos se ponen en el mío, pero el caso es que sin haber vivido, ni por asomo, nada similar, acabo sintiendo con ellos lo que ellos sienten y tal vez ese es el "mundo Chirbes" que me ha cautivado por completo.


miércoles, 15 de marzo de 2017

Lecciones para escribir una novela. Octava: El desarrollo


Quiero retomar la buena costumbre de compartir una de estas lecciones cada mes. Parece que he vuelto al buen camino por lo que en marzo, la lección viene en buen momento.
El mes pasado terminamos con el Planteamiento al que hemos dedicado cinco lecciones en las que se ha desarrollado cada uno de sus elementos: 
Tras el planteamiento es ya hora de ocuparnos de la segunda unidad dramática de toda novela que siga una línea clásica:

Desarrollo. La tensión y la emoción en tu novela

El Desarrollo es según Ana Bolox, autora de estas lecciones "la parte intermedia de la historia: comienza después del planteamiento, con la nueva línea argumental hacia la que el primer punto de giro principal ha orientado la historia, y acaba justo antes del desenlace con el segundo punto de giro principal, que marca un nuevo cambio de dirección".
En esta nueva entrega dedicada a esa parte intermedia de la novela, Ana nos explica la extensión que debe tener en el total de la historia, el porqué muchos escritores se bloquean al abordarla y, lo más importante, cómo superar ese bloqueo.
Para leerla, pincha en Revista MoonMagazine y allí la encontrarás junto a reseñas literarias, críticas de cine y teatro, poesía, música... etc.
Se trata de una lección sencilla y breve, pero con un gran contenido práctico para avanzar en nuestra novela y salir de momentos de parálisis creativa.
Y si necesitas consejos muy variados sobre técnicas de escritura, herramientas para escritores, etc, en la página de Ana Bolox, Ateneo literario, hay mucho donde elegir.



domingo, 12 de marzo de 2017

"La ciudad de la memoria" Santiago Álvarez

"La ciudad de la memoria" de Santiago Álvarez, primera entrega de las aventuras del detective Mejías y su ayudante, Berta, me ha sorprendido, divertido y conmovido a partes iguales. Me explico. 
Me ha sorprendido porque es una novela policíaca que no empieza con un asesinato, sino con la desaparición de un yaco o loro gris, especie procedente del oeste de África. En realidad no hay casi asesinatos en toda la novela, excepto alguno que pudo suceder en el pasado, y alguno presente que es un pequeño adelanto de lo que la naturaleza tiene planeado. Y cuando estamos desarrollando (de ello se encargan la realidad y los noticiarios) una preocupante tolerancia a los sucesos más truculentos y sanguinarios, mantener la atención de un lector de novela policíaca sin gran cantidad de sangre, muertos, cuanto más jóvenes mejor, y demás episodios luctuosos, es un mérito notable.
Me ha divertido porque rezuma ironía y sentido del humor en cada capítulo y casi en cada página. Es genial la presentación de Armando a Berta por parte de Mejías; es toda una muestra de humor negro la descripción de Arturo Dugo-Escrich, el rey Arturo, quien le ha contratado para que encuentre a su loro. "Mejías había asistido a algunos velatorios y recordaba que la mayoría de los difuntos, una vez lavados, perfumados y peinados, presentaban mejor aspecto que el hombre que ahora tenía enfrente". Por poner dos ejemplos.
Me ha conmovido porque los protagonistas, tanto Mejías como Berta, son, cada uno a su estilo, tiernos y cándidos y se enfrentan al mundo como si lo pudieran cambiar y, aunque no pueden, lo siguen intentando. Berta por pura juventud inexperta; Mejías porque no quiere darse por vencido, porque quiere vivir un mundo que no existe, pero que él piensa que debería existir. "Mejías piensa que algunas mentiras hay que vivirlas creyendo que son verdad".
Mejías tiene un pasado, un pasado en el que se topó con la corrupción policial al servicio de los poderosos. Políticos y empresarios mezclados en los delitos más rentables. No pudo descubrir ni tan siquiera investigar. Cuando la policía apoya a los delincuentes, o te apartas o te apartan. Y ya se sabe como suele ser la segunda opción. Desde entonces "encontró refugio en el alcohol y en el cine negro"
Santiago Álvarez
Pero entre copa y copa de Laphroaig (tal vez un whisky probado por el propio Bogart), entre película y película, sigue peleando contra los malos; sigue inventando un mundo de quimeras e ilusión que plasma en sus informes; unos informes demasiado parecidos a las películas en blanco y negro que ve cada noche en su televisor Westinghouse de veinte pulgadas en blanco y negro, con su reproductor de VHS; unos informes que suenan a la música de jazz chirriante que escucha en sus vinilos, en su tocadiscos de maleta. Los informes que Berta va transcribiendo en una vieja, increíble, anacrónica Olivetti sin pensar ni por un momento que encierran más fantasía e imaginación de las que se pueden encontrar en las viejas historias de Bogart y Bacall. 
Berta tiene un futuro. Estudia primero de periodismo, pero con la beca no tiene para costearse la carrera, el piso compartido en el que vive, libros, apuntes y manutención. Por ello busca trabajo. Y encuentra a Mejías. Berta es joven, ingenua. Con esa rigidez de ideas que hace que se sobrevalore la verdad. Berta ama la verdad. No sabe que la verdad es fea, sucia, carece de grandeza, no es heroica, ni merece la pena de grandes sacrificios. O tal vez sí. Lo difícil es saber qué es la verdad, dónde se encuentra. ¿Está la verdad en lo real efímero que pasa y desaparece? ¿Está más bien en esos seres irreales que "dentro de cien años [ellos] seguirán viviendo en el interior de millones de personas, mientras que nosotros no seremos más que una línea en una base de datos"? ¿Dónde realmente está la verdad que merece grandes sacrificios? Berta ama tanto la verdad que no puede imaginar que los delirantes informes de su jefe no lo sean. Por ello se lo cree todo: persecuciones, disparos, comportamientos heroicos... Hasta tal punto los convierte en verdad que Mejías queda maravillado ante el poder que sus fabulaciones ejercen en su ayudante "Esa chica pensaba que todo, los informes, las persecuciones, los tiros, todo era verdad. [...] Ella vivía ese sueño y, aunque era mi obligación despertarla, casi se me parte el corazón".
En esta novela no hay sangre, al menos reciente, o no demasiada. Hay una historia familiar en la que varios inocentes purgan pecados cometidos setenta años antes (más o menos). Al menos son inocentes de los hechos pasados porque en la actualidad, quien más quien menos, y algunos mucho, acumulan culpabilidades, traiciones, suspicacias, envidias y avaricias suficientes para merecer el castigo, al menos, de la intranquilidad de espíritu.
Hay esa historia sucedida hace siete décadas (más o menos), en plena Guerra Civil. Una historia contada en una carta de cuyo hallazgo el yaco tiene mucha culpa. Una historia en la que la inocencia, la lealtad y la amistad se vuelven astucia, traición y hostilidad cuando las cosas se ponen difíciles y la rivalidad introduce sus uñas mugrientas en medio de los sentimientos más desinteresados.
Y hay personajes, muchos y variados personajes; taimados, inocentes, enternecedores, culpables, buenos, tiernos, curiosos, mendaces, conmovedores, miserables, honrados, insólitos, sensibles, crueles... Porque en esta novela lo más llamativo son sus personajes, pricipalmente Mejías y Berta, pero también cada uno de los miembros de la familia Dugo-Escrich y Manuel el gitano y los policías Ramírez y Ezquerro y Garrido el anticuario y "Rosa Muñoz. Rosita de África, como la llamaban en los cincuenta" y Marcel y su hermana y...
Valencia 1858 (Alfred Guesdon)
Y hay, sobre todo, un personaje imprescindible y omnipresente, esa ciudad de la memoria en la que tienen lugar todos los acontecimientos, los presentes y los pasados. Una ciudad, Valencia, en la que caben muchas ciudades (de las artes, de la ciencia, de la justicia; "cuántas ciudades caben en esta ciudad"); en la que caben todos nuestro variados personajes y todos encuentran acomodo porque en ella conviven escenarios arcaicos con ambientes de la más selecta modernidad; los entornos del rastro y la venta ambulante y los discos pirata, con las más exclusivas galerías de arte, las que hacen verdad las palabras de Ángela Dugo-Escrich "antes el arte era algo de lo más concreto y ahora, por oposición, es tan libre que no es nada. En los urinarios públicos de cualquier cafetería de barrio hay tanto arte como en esta galería"; las covachuelas de los Santos Juanes, con bares que se llaman Balansiya Downtown.
Y cada capítulo encabezado por una cita legendaria de alguna película aún más legendaria. Palabras de "El sueño eterno", "Tener y no tener", "Sed de mal", "El halcón maltés", "Detour", "Cayo Largo", "Atraco perfecto", "Gilda", "Retorno al pasado", "Casablanca"... y así hasta veintitrés capítulos, veintitrés citas maravillosas. No veintitrés películas porque alguna se repite. Y sobre todo Bogart, Bogie. "Maldita sea, detective, se dijo, necesitas una hipótesis razonable. Bogie ya la tendría".
Santiago Álvarez le hace, con esta novela, un emotivo homenaje al cine negro y a todo un mundo desaparecido, el de los teléfonos de baquelita amarrados con un cable a la pared, las máquinas Olivetti con alguna tecla defectuosa, los reproductores de VHS, los televisores en blanco y negro, los discos de vinilo reproducidos en tocadiscos de maleta. Un mundo sin internet ni videojuegos, pero en el que los sueños eran eternos. Un pasado al que siempre añoraremos no poder retornar

Si alguien quiere leer los delirantes y cinematográficos Informes de Mejías, puede pinchar en el enlace aquí.


viernes, 10 de marzo de 2017

"Manguis" Paco Gómez Escribano

Con "Manguis", de Paco Gómez Escribano, termina, de momento, la Trilogía de Canillejas. Y digo de momento porque no sería la primera trilogía que se convierte en tetralogía, pentalogía, y más logías para las que no tengo ni número, por obra del deseo de su autor, necesidades de mercado o el mero capricho del personaje, que así de latosos son a veces los personajes humanos de ficción. Vaya por delante que todo lo que a partir de ahora pueda venir a alargar esta serie será muy bien recibido por mi parte. Porque la he disfrutado desde la primera hasta la última letra.
El personaje en este caso no es humano, o sí, pero no al uso. El personaje es todo un barrio, el barrio de Canillejas, y todos los seres humanos que habitan ese barrio, por lo que pensándolo bien es un personaje muy humano, "uno de los mayores enclaves chabolistas de la zona, en la periferia, sí, pero en la periferia de Madrid, de la capital de un país que inicia la década de los setenta coleccionando incertidumbres"
Es un personaje que, a lo largo de las tres novelas de la serie, va y viene en el tiempo y en esta, con ser la última, se nos marcha  al pasado y se nos sitúa en los años previos a la muerte de Franco, iniciando la década de los setenta. Es la novela ambientada en tiempo  más pretérito  de toda la serie.
Estamos en una España que vislumbra, para algunos con emoción y para otros con miedo, el fin de una era, y mira hacia adelante esperando, para casi todos con incertidumbre, el advenimiento de lo que está por llegar. En ese ambiente nos encontramos con un delincuente que es un caballero y un policía que es un canalla.
Si quieres saber más de "Manguis", te recomiendo que leas la reseña que he escrito y que la Revista MoonMagazine y su directora, Txaro Cárdenas, han sido tan amables de publicar. 
En la misma revista podéis leer también las reseñas de las otras dos novelas de la trilogía, "Yonqui" y "Lumpen". Pinchando en los títulos, encontrarás. Allí os espero.



lunes, 6 de marzo de 2017

"Nada se opone a la noche" Delphine de Vigan

El año en que Delphine de Vigan cumplió doce años, le dijo a su padre, hablando de su madre "tengo miedo de que se suicide". Treinta años después, en enero de 2008, los temores de Delphine se cumplirían y Lucile Poirier, su madre, aparecería muerta en su casa de París. "Mi madre estaba azul, de un azul pálido mezclado con ceniza, las manos extrañamente más oscuras que el rostro, cuando la encontré en su casa esa mañana de enero". Había muerto unos días antes.
Así comienza esta conmovedora historia que es la vida de Lucile, que es la vida de Delphine, o al menos, la historia que determinará la vida de Delphine. Una historia que me ha sacudido cada fibra y cada neurona. Una mujer, una niña que lo hubiera tenido todo para ser feliz, a la que debió sonreír la suerte, pero que se vio golpeada por toda una serie de circunstancias desgraciadas, algunas inevitables, otras que pudieron, debieron haberse evitado. Nunca, bajo ninguna circunstancia, debieron producirse. Todas ellas dispararon, desde la más tierna infancia de Lucile, los mecanismos que llevarían a que el 30 de enero de 2008 su hija la encontrara azul y muerta en su casa de París.
Meses después del terrible hallazgo, Delphine siente la necesidad de escribir sobre su madre, de bucear y hundirse en el barro pegajoso y asfixiante en que se fue quedando su madre atrapada desde demasiado pronto. Entonces "pedí a sus hermanos que me hablasen de ella, que me contaran. [...] Pedí a mi hermana que volviese a sacar de su trastero las cartas, los escritos, los dibujos, busqué, rebusqué, rasqué, desenterré, exhumé". Y de tan triste exhumación, ninguna deja de serlo, surgió este libro aterrador y maravilloso.
Lucile Poirier nació en 1946. Era la tercera de una familia que llegaría a contabilizar nueve hijos en total, aunque nunca llegaron a coincidir todos juntos. Siendo Lucile muy pequeña, el día antes de cumplir ocho años, la muerte se le presenta por primera vez. A partir de ese día, sabe que la muerte puede actuar en cualquier momento; a partir de ese día, la muerte pasa a formar parte de su vida y actuará, vaya si actuará. Más veces de lo que lo hace en cualquier vida normal, en cualquier familia normal. Muertes fortuitas y suicidios, muertes tempranas que van despojando a Lucile de parte de su entorno, de parte de sus afectos.
La foto de Lucile aparecida en el metro de París
Lucile es una niña callada, de una belleza rotunda, pero frágil. Desde muy pequeña es modelo y su foto se puede ver por todas partes. "Hacía unos meses, las paredes del metro aparecieron cubiertas de carteles inmensos de una marca textil en los que se veía su rostro en primer plano, [...] Al mismo tiempo, todos los niños de su clase y de todas las clases de París habían recibido una muestra de papel secante con la cara de Lucile impresa"
Aparentemente, solo motivos para la felicidad: una madre que adoraba tener hijos y estar embarazada y dedicada solo a su cuidado; un padre cariñoso, para el que Lucile era su favorita, que se llevaba a sus hijos los domingos de excursión e inventaba juegos para ellos; un montón de hermanos con los que nunca podía sentirse sola; unas casas familiares de los abuelos donde pasar veranos llenos de sol y luz y aire libre. Aparentemente. Después está la realidad imponiéndose sobre la apariencia.
La dura realidad que acecha a Lucile desde antes de su nacimiento, porque la tía Bárbara, hermana de su madre, padecía una enfermedad caracterizada por estados de delirio y excitación alternados con otros de profunda apatía y depresión; porque esa enfermedad le ha llegado a Lucile por esos misteriosos caminos de la genética; porque muchos factores pudieron desencadenar la manifestación de la enfermedad. Hay motivos suficientes, traumas y dolores de sobra para elegir cuál pudo ser el que desencadenó el desarrollo de una enfermedad que, tal vez, pudo quedarse oculta entre las vueltas del ADN de Lucile. O no.
Lucile Poirier
Lucile siempre fue un ser peculiar, pero el 31 de enero (otra vez enero) de 1980, finalmente hizo agua por primera vez y por todos sus poros. 
Muchos años antes se había casado embarazada de Delphine y con dieciocho años. Después tuvo una segunda hija, Manon. Más tarde se separó de su marido, Gabriel porque "el encuentro entre Lucile y Gabriel sigue siendo a mis ojos el encuentro entre dos grandes sufrimientos, [...] de ese encuentro surgió la violencia y la angustia". A partir de entonces, varias mudanzas, varios trabajos, varios amantes; Lucile sobrevive y saca a sus hijas adelante como puede, como cree que debe. Hasta que aquel 31 de enero de 1980, ante los ojos atónitos y asustados de sus hijas, pintada de blanco y desnuda, es internada por primera vez en un psiquiátrico. No será la última, pero "tras diez años empantanada, Lucile volvió de lejos, volvió de todo, dejó atrás sus horas entre las sombras".
Y hasta su muerte, el 25 de enero de 2008, vivió ayudada por la química. Trabajó, estudió, cuidó de sus nietos, enfermó, llevó una vida normal si es que hay vidas normales. Tal vez la suya más alterada que otras, con un bagaje más pesado que otras, con más dolor acumulado que otras.  Pero ¿quién está libre de caer, en un momento dado, ante circunstancias más o menos adversas, del lado en que paciente y expectante espera la locura? ¿quién tiene el patrimonio de la cordura y puede presumir de que sus reacciones ante la adversidad y el sufrimiento van a estar siempre dentro de los límites de lo mentalmente correcto?
Tal vez lo que en Lucile nos parece locura, lo que llamamos, y llama la Ciencia, locura no sea más que una forma de clarividencia, la negación consciente y profunda a ver las cosas distintas de como son, el discernimiento suficiente como para darse cuenta del tremendo dolor al que se había enfrentado desde muy pequeña, su rebeldía ante la resignación. Una manera de conseguir el anhelo profundo y explícitamente expresado en la carta de despedida que dejó a sus hijas: "Sé muy bien que os voy a causar tristeza, pero resulta inevitable antes o después y prefiero morir viva". 
Delphine de Vigan
Pero esta novela no es solo la historia de Lucile. Es también el relato de un intenso dolor, de una desgarradora necesidad de entender. Es el medio que Delphine de Vigan encuentra para exorcizar todos los demonios que le dejó el suicidio de su madre; es su manera de liberarse de la locura que pudo suponer haberla encontrado muerta sobre la cama. Delphine, de alguna manera sabía que su madre estaba muerta, pero no podía creerlo. Durante varios minutos se negó a creerlo "La idea no podía alcanzarme, era inaceptable, era imposible, estaba fuera de toda duda, era no". Durante unos minutos ve a su madre acostada de lado, con la radio encendida contra la oreja. Intenta moverla. Intenta apagar la radio. Se levanta y abre las cortinas. Se quita el chaquetón y la bufanda. Los posa junto con el bolso. Hace tiempo para que en su transcurrir todo vuelva a la normalidad. Se acerca de nuevo. Las manos azules, la cara hinchada y azul. Y por fin, tras unos minutos, "Me levanté de golpe, en el pasillo el grito surgió de mi cuerpo, abrupto, potente, un grito de terror".
Tal vez escribió esta novela para llenar esos minutos, para entender qué era lo que la había llevado a vivir esos minutos. Aunque tal vez escribió esta novela para poder enfrentarse de nuevo a los finales de enero. Hay fechas que dejan en nosotros un olor especial, fechas en las que vivimos acontecimientos que se nos quedan pegados en la piel, fechas que no se conforman con ofrecernos uno de esos acontecimientos, sino que hacen el dudoso derroche de dispensarnos otro similar pasados ciertos años. Esas fechas adquieren un aroma que nos perseguirá y hará que temamos su advenimiento por el peligro, nunca infundado, de la repetición. Para Delphine, esa fecha coincide con los finales de enero: 31 de enero de 1980, 30 de enero de 2008. "Hoy, el final del mes de enero es para mí una especie de periodo de riesgo (descubrí a Lucile en su casa el 30 de enero). Es algo que ha quedado anclado en la memoria del cuerpo".



sábado, 4 de marzo de 2017

"Persuasión" Jane Austen

"Persuasión" es la última novela completa escrita por Jane Austen. Aunque terminó de escribirla en 1816, se publicó en 1818 junto a "La abadía de Northanger" de manera póstuma pues la autora había muerto en 1817 a la edad de cuarenta y un años.
La protagonista de esta novela, Anne Elliot, es la mediana de tres hermanas, hijas de Sir Walter Elliot, "aunque dotada de un espíritu refinado y un carácter amable que la habrían encumbrado entre personas con verdadero discernimiento, no era nada para su padre". Y es que Sir Walter solo tiene ojos para su hija mayor, Elizabeth, tan vanidosa y superficial como él, tan  preocupada por las convenciones sociales y tan entretenida en aparentar como él mismo.
Mary, por su parte, es la única casada a pesar de ser la más joven. Ha aportado el honor de su rango a una familia rural, respetable y de gran fortuna, pero sin ningún rasgo de nobleza en su genealogía; una de esas familias de la alta burguesía agraria, la nueva clase social  surgida como resultado de la Revolución Agraria a la que, en breve, siguió la Revolución Industrial. Y esa es una de las primeras pugnas que aparecen en la novela, la de una nobleza que empieza a decaer sin resignarse a ceder sus blasones, la pureza de su sangre y su rancia y cada vez más escasa fortuna, frente a la pujanza de una clase de nuevos ricos, menos cultos, con más toscos modales, sin el refinamiento que dan los siglos de acumular alcurnia, pero con dinero fresco, abundante e igual de válido. 
Mary es una muchacha egoísta e histérica, preocupada solo de sí misma y, lo que es peor, convencida de que todos deben estar ocupados exclusivamente en ella y sus problemas, reales o, más frecuentemente, imaginarios.
Libre de la vanidad de Elizabeth que le hace aparentar y estar pendiente de su alrededor y de lo que pensarán los demás; libre del egocentrismo histérico de Mary que la hace estar siempre pendiente de su persona y utilizar a los demás para su propio bienestar, Anne es una mujer sensata, cultivada, capaz de ver las situaciones con la objetividad que da el estar libre de quimeras pretenciosas y vanos desvelos hipocondríacos.
La madre "había sido una mujer excelente, sensible y amable, cuyo juicio y conducta, si se perdonaba el entontecimiento juvenil que le causara el convertirse en lady Elliot, jamás necesitaron indulgencia después". Cuando murió dejó a las niñas a una edad, dieciséis, catorce y diez años respectivamente, en que la guía de una madre aún es muy necesaria. Por suerte para ellas, tuvieron siempre cerca a una gran amiga de lady Elliot. Lady Russell vivía muy cerca de Kellynch Hall, la mansión de los Elliot por lo que ejerció de madre con las tres jóvenes, aunque, con su buen criterio, siempre tuvo una marcada predilección por Anne. 
http://www.mollands.net/etexts/persuasion/prsillus.html
Cuando empieza la acción es el verano de 1814, hace catorce años que la madre ha muerto y las jóvenes ya no son tan jóvenes. Los problemas económicos empiezan a agobiar a la familia ya que "la propiedad de Kellynch era buena, pero no suficiente para sufragar el boato que a juicio de sir Walter se exigía a su poseedor". Para paliar la situación se decide que lo mejor es alquilar la mansión y trasladarse a vivir a Bath donde sir Walter "podía seguir siendo importante con relativamente poco gasto".
Kellynch Hall es alquilada al almirante Croft y su esposa, personas suficientemente respetables como para dejar en sus manos la propiedad. Y aquí empiezan los problemas porque la señora Croft, de soltera Wentworth, es la hermana del capitán Wenwoth, un antiguo amor de Anne del que ésta se vio en la necesidad de separarse ocho años atrás a instancias de lady Rusell quien no consideró apropiado el enlace. Por aquella época Frederick Wenworth acababa de ser ascendido a capitán de fragata y aún estaba sin destino. "Prometerse a los diecinueve años a un joven que no tenía nada que le avalase más que su propia persona, sin otra esperanza de prosperar que las oportunidades de una más que incierta profesión, y sin influencias que le asegurasen ascender en su carrera, era efectivamente una forma de malbaratarse cuyo solo pensamiento la apenaba".
El capitán estaba convencido de hacer fortuna en cuanto le adjudicasen un barco y un destino que le proporcionase la oportunidad que necesitaba. Estas perspectivas, que hubiesen bastado para una Anne enamorada, no sirvieron para convencer a Lady Russell quien se opuso con todas las armas de un discurso bien montado que resultó más de lo que Anne podía resistir. La joven renunció a Frederick persuadida de que su relación era un error. 
Casi ocho años después, el capitán Wenworth que, en efecto, ha hecho fortuna, vuelve a aparecer en la vida de Anne y su encuentro revolucionará el mundo tranquilo y un poco aburrido de la joven. Ella piensa que el tiempo y la distancia han atenuado su afecto por él y cree que él no habrá podido perdonarle la traición que supuso su ruptura. Sus encuentros son tensos, pero frecuentes. Él, efectivamente, parece guardarle un cierto rencor y además muestra interés, no se sabe muy bien por cuál, en dos jóvenes hermanas, cada cual más hermosa y alegre; ella se sorprende al notar que sus sentimientos por él no son tan fríos como pensaba. Llega el arrepentimiento porque se da cuenta de que "habría sido una mujer más feliz manteniendo su compromiso que habiéndolo sacrificado; y lo habría sido, creía firmemente, aunque hubieran tenido una cantidad normal —o incluso más que normal— de preocupaciones e incertidumbres, sin contar con lo que les deparara el futuro, el cual, como ocurrió, les habría traído prosperidad antes de lo que se hubiera podido prever razonablemente"
Él, por su parte, la encuentra cambiada. Los ocho años transcurridos no han hecho mucho en favor de la belleza de Anne, que ha perdido brillo y lozanía, pero pronto cambiará de opinión al verse disputado por otro pretendiente el interés de la joven.
Una novela madura, con una madurez que se manifiesta en la edad de las protagonistas que ya no son jovencitas alocadas en busca de un primer amor romántico. En esta novela, la protagonista se acerca a la treintena, su relación es reposada. De hecho, ha reposado durante ocho años. Si entonces se dejó persuadir de romper su noviazgo, ahora, más segura de sí misma y con la fortuna del novio como algo más que una razonable probabilidad, nada le hará torcer sus deseos, aunque para ello tenga que ser primero perdonada y después amada por Wenworth.
Todos los pasos de Anne, y los nuestros, están marcados por la incertidumbre. Sabemos en todo momento lo que ella siente, pero todo lo que percibimos del exterior es lo que ella percibe. De lo que siente Frederick, bueno o malo, celos o indiferencia, resentimiento o amor, nos iremos enterando a la vez que Anne. Como nos iremos enterando a la vez que Anne de los sentimientos e intenciones de otros personajes: la señora Clay, amiga de Elizabeth y con intenciones dudosas acerca del padre de las jóvenes; "William Walter Elliot, bisnieto del segundo sir Walter", y heredero del actual sir Walter a falta de hijos varones, quien tras despreciar a la familia y andar ausente varios años, vuelve a aparecer arrepentido y deseoso de ganarse el favor de todos ellos; el capitan Benwick, muerto de dolor por la pérdida de su prometida y que termina resultando un poco voluble de sentimientos.
Una novela con las mejores características de las obras de Austen, con todas las críticas sociales, con todas las contradicciones de la época. Mujeres que, por momentos, parecen a punto de emanciparse, aunque tal vez solo consiguen el amor del hombre bueno al que aspiran; mujeres superficiales, entregadas a su papel de hermoso florero en el salón de algún importante noble o tan solo burgués con aspiraciones de nobleza; mujeres sensatas y cultivadas tras leer libros que no les estaban destinados y seguir instintos que no son los más indicados para su condición; hombres de todo tipo que para eso todo les está permitido y todo les está destinado.
Una novela imprescindible para los amantes de Jane Austen; una novela, sin más, imprescindible para los amantes de los libros.



Las ilustraciones las he encontrado en el enlace que aparece como leyenda en la primera de ellas. Hay muchas y son preciosas.

Persuasión ha sido la lectura conjunta de febrero en el grupo de facebook Los libros de Carmen y amig@s.

Esta novela entra además en el reto "Nos gustan los clásicos" por estar publicada antes de 1990, concretamente, "Persuasión" es de 1818.



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