Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

viernes, 17 de noviembre de 2017

"Crematorio" Rafael Chirbes

"Crematorio" es quizás uno de los libros más difíciles de Rafael Chirbes. Todo él es un monólogo o una sucesión de monólogos de diferentes personajes, aunque no siempre los monólogos estén en primera persona. Algunos lo están en tercera, pero no dejan de ser palabras salidas de dentro del personaje en cuestión, de sus recuerdos y sentimientos, de lo que piensa o le ocupa.
Matías Bertomeu acaba de morir en el hospital de Misent. Su vida, empapada en alcohol y ahumada de tabaco, ha resultado demasiado corta para albergar tanto whisky y nicotina como ha trasegado, y a los sesenta y cinco años su hígado y sus pulmones se han negado a seguir sosteniéndolo y se han dejado vencer por las metástasis. Matías ha muerto de excesos y sus familiares, no todos, se disponen a velar su muerte en el tanatorio como velaron su agonía en el hospital. "Querían que Matías muriese en su casa, en su cama, era eso lo que él habría querido. Pero el médico rechazó de plano esa posibilidad. Hagan ustedes el favor de no añadirle más sufrimiento a este hombre, lo que me proponen es una crueldad que yo no puedo aprobar".
Mientras le acompañan, o mientras evitan acompañarle, según de quien se trate, toman por turno la palabra, o la toma el narrador por ellos, y recuerdan tiempos pasados. Recuerdos acerca de Matías, pero también de ellos mismos, de Misent, de un pasado reciente y tan rico en matices y peripecias como es el pasado más reciente.
En esta novela, la historia de España, que Chirbes nos está contando en sus libros, avanza hasta mediados de la década de 2000. No se puede ubicar el año concreto, o a mí se me ha escapado, pero un comentario referido a la muerte de Carmina Ordóñez ("A ellas, lo que de verdad les preocupa es si la Ordóñez dicen que murió de una pasada de coca"), ocurrida en 2004, nos sitúa la acción en ese año o poco después. Contemporánea, se puede decir, de la época (2007) en la que está escrita.
Faltan aún unos años para la crisis y España levita de autosatisfacción. La actividad inmobiliaria está en pleno apogeo y parece que la época de vacas gordas no va a terminar nunca. En Misent, en la costa mediterránea, las urbanizaciones de lujo florecen como los narcisos en primavera y Rubén Bertomeu, el hermano mayor de Matías es uno de los constructores que se han enriquecido con el desarrollo de la ciudad. 
No se llevaban bien los hermanos. Matías ha mantenido la posición revolucionaria, la inocencia de la juventud impostada a través de los años. Amante de la naturaleza y los paisajes salvajes, vivió sus últimos tiempos en la casa familiar de El Pinar dedicado a la agricultura. Estudioso de guerras y revoluciones, partidario de la lucha armada, ha muerto sin conocer ninguna guerra, pero manteniendo, al menos en apariencia, todas las ideas de justicia social de su pasado.
Rubén, por su parte, se ha deslizado a un lado y a otro de la linea que bordea la legalidad. Al igual que su hermano, en su juventud coqueteó con las ideas de izquierdas y con los ambientes intelectuales. Estudió arquitectura, tal vez para completar las tres patas del arte con sus amigos, pintor uno (Montoliu) y escritor otro (Federico Brouard) "Arquitectura, pintura y literatura unidas como un arma, una especie de catapulta con la que apedrear aquel Misent que no acababa de despegarse de la grisalla de la guerra. Romper la grisura"
Portada alemana de
"Crematorio"
Rubén estudió arquitectura, pero decidió que quería hacer casas, no sólo proyectarlas para que otros las hicieran, así que se hizo constructor y millonario. Algo que nunca le pudo perdonar Matías.
Tampoco se lo perdona su hija Silvia, tan idealista a los cuarenta como lo era a los veinte. Desde pequeña, su tío Matías le ha regalado los libros que ha leído, la ha llevado al cine y le ha aconsejado películas y lecturas; ella considera que él la ha hecho como es y ha tomado a su tío Matías como el referente y el guía que nunca ha sido su padre. Aunque este no está muy de acuerdo "Lo que yo le he dado —comer, beber, vestir, estudiar, viajar; si te he llevado por medio mundo, le decía yo— vale menos que unos cuantos libros, que unas cuantas películas. El alma humana es así de irracional". Pero no todo en Matías es oro en la mente de Silvia. En esta noche de velatorio, recuerda a su tío como el hombre que hablaba mucho y actuaba poco, que casi no había viajado y lo ignoraba casi todo de aquellos lugares de los que tanto hablaba y a los que solo conocía por el cine y la televisión. Matías: mucho ruido y pocas nueces. Y llora, "llora porque su tío es un hombre vulgar, al que ella le ha hablado con amor".
Y Collado, el antiguo lugarteniente de Rubén, el que se ocupaba de los trabajos sucios y quedó enganchado a la mala vida que subyace por debajo de los negocios de su jefe, esa mala vida en la que nunca ha caído Rubén. Y los políticos cómplices, interesados, corruptos con naturalidad, sin sensación de delito ni pecado, como si la actividad ilegal en cuestión (la que sea y hay muchas) fuera consustancial al cargo y solo fuera punible en caso de ser descubierta. Y la sombra de un antiguo picadero; unos caballos muertos, enterrados y ahora sacados a la luz que pueden terminar con todo un entramado, aunque puede que todo siga tan atado y bien atado y protegido desde el poder como siempre lo ha estado.
Y Mónica la mujer de Rubén, casi cuarenta años más joven; y Brouard que tras romper su amistad con el hermano mayor se quedó con la del pequeño y ahora llora su muerte que prevé como un anticipo de la propia y de lo que siente como propio fracaso.
Y el viejo Misent que se compara con el nuevo y la nostalgia lleva a ensalzar el viejo pueblo de pescadores, pero Rubén, representando lo nuevo desde su ancianidad, recuerda que no todo lo antiguo fue siempre mejor sino que "era, a su manera, bastante más terrible. [...] la crueldad con los más pobres, las hambres espantosas, la represión política, la suciedad, la imposibilidad de pensar nada sin sentirte vigilado, ¿no me has contado tú todas esas historias?, ¿no las has contado incluso en tus libros? Aquello aún fue peor. Ahora se machaca sobre todo el paisaje, entonces se machacaba la vida humana".
Rafael Chirbes
En esta novela, Chirbes habla de todo, todo lo pone en boca de personajes muy diferentes y, a través de su distinta forma de ver el mundo, nos va haciendo dudar de cada cosa. Y si pensamos en la necesidad de mantener el arte, los paisajes, el modo de vida, enseguida nos topamos con la duda porque Rubén es un analista implacable, pragmático, sin concesiones. Rubén se convierte para mí en el revulsivo de todo aquello que, en principio, nos parece indiscutible. La realidad pasa por su ojo, se somete al bisturí de su análisis y sale diseccionada y con todos sus detalles al descubierto: "Durante una obra, destruyen una villa romana, destruyen un hamán almohade, una muralla califal, [...] Como si el hamán o la muralla califal no hubieran destruido la muralla o el templo que los precedió. ¿Cuál es el estrato en el que reside la verdad?", pero ¿es certero este diagnóstico? ¿cuánto tiene de observación interesada, de cotejo autodisculpatorio, de sofisma engañoso? ¿alarde de cinismo o de clarividencia? Cada uno lo tendrá que decidir por sí mismo, tendrá que revisar sus opiniones acerca de casi todo: el amor, la muerte, el arte, la fidelidad, la prostitución, el olvido, la chabacanería, el pelotazo, la enfermedad, la derrota, la política,  la traición... De todo hablan los personajes de esta extensa e interesante, que no fácil novela. 
"Crematorio" obtuvo el premio de la Crítica en 2007. En 2011 se adaptaría a TV en una serie de ocho episodios interpretada, tan bien como él sabía hacerlo, por Pepe Sancho en el papel de Rubén Bertomeu y dirigida por José Sánchez-Cabezudo. La serie es magnífica. He vuelto a verla y lo sigo manteniendo, y más teniendo en cuenta la dificultad de llevar a la pantalla puras reflexiones y recuerdos, pero en un buen ejercicio de adaptación se ha sabido dotar de trama a los pensamientos. Se han cambiado cosas, desde luego (vuelvo a lo de siempre: mejor calidad que fidelidad), pero sin perder la esencia de la historia, y, a pesar o a causa de esos cambios, la serie está considerada una de las mejores series españolas de todos los tiempos. De ella dijo Chirbes, "la serie, sí, bueno, pues es otra cosa... Han cogido la novela y han hecho su lectura, esto... Es que Crematorio, la novela, huye de la trama, huye de lo policíaco, huye del misterio, se sostiene en el puro lenguaje, pretende ser una catarsis a partir del lenguaje, es decir que sería un ejercicio casi jesuítico, diríamos, loyolesco, de que el lector se enfrente a toda una serie de cosas que intuye que están dentro de él y no quiere ver. Y la serie, pues es otra cosa. La televisión necesita tensión e intriga, son lenguajes y cosas distintas". No llego a colegir de sus palabras si le gustó o no. 
Quiero terminar con Rubén Bertomeu llorando, apoyado en el volante de su coche mientras descansa a un lado de la autopista; mirando en su interior sesenta años atrás (Hier encore, javais vingt ans) y viendo lo poco, o lo mucho, que todo ha cambiado. "Allí dentro, bajo el envoltorio de la piel, entre la carcasa de los huesos, en los torrentes circulatorios y en las tuberías por las que las verduras y la carne se convierten en pastas, el paso del tiempo no ha cambiado nada, o lo ha cambiado todo sin cambiar nada, digamos que lo ha dejado todo intacto, pero frío, un caldo que se toma a deshora y que ha perdido sus cualidades, su gracia, todo igual, el mismo guiso, pero en ese estado pegajoso, correoso, que toman los productos cuando se consumen varias horas después de cocinados. A lo lejos, el mar, una lámina de metal hirviente".



miércoles, 15 de noviembre de 2017

Otro premio en "Escribiendo que es gerundio"

Hace unos días publicaba aquí en el blog un relato con el que concursaba en la comunidad de G+ "Escribiendo que es gerundio".

Pues bien, hoy quiero compartir mi alegría con todos vosotros y comunicaros que "Cualquier noche es Nochebuena", el relato presentado, ha sido el ganador del II reto "Alrededor de un tema". El reto consistía en escribir un texto de no más de 600 palabras en el que, dada la época en la que estábamos, tenían que aparecer una araña, una calabaza y un muerto.



Esta vez el diseño del diploma ha sido obra de una de las administradoras de la comunidad, nuestra amiga Julia C. Cambil, con un poco, o un mucho tal vez, de ayuda casera por lo que me ha contado. Magnífico trabajo. Esa mezcla de naranja, negro y gris queda preciosa.

Aquí os dejo de nuevo el relato premiado por si os apetece leerlo o releerlo. Espero que os guste.

Cualquier noche es Nochebuena
El peso en su abdomen era insoportable, aquello estaba a punto de salir ya y tenía que encontrar un sitio resguardado y caliente donde depositarlo. El dolor y las contracciones pronto le agarrotarían las extremidades y dificultarían su movimiento.
Las ventanas iluminadas de aquella casa la llamaban como las farolas en verano a las polillas. Su distribución un tanto desigual en cada altura, recortándose sobre la fachada de un color brillante y anaranjado que se intuía aun en la débil luz del crepúsculo, le daba a todo el edificio un aire un tanto macabro, pero no podía resistir más.
Se fue acercando lentamente. No sabía quién podía esconderse tras aquellas oquedades irregulares por las que se escapaba una luz temblorosa, pero acogedora: una ventana alargada, en el bajo, cerca del suelo; otra más estrecha y alta, en el primer piso y dos ventanas cuadradas en el segundo.
Al llegar al pie del edificio, haciendo un último esfuerzo, se encaramó a la ventana más baja, casi a ras del suelo afortunadamente. Penetró en una especie de amplio salón en el que un fuego central iluminaba y calentaba el espacio que era tan apacible y placentero como le había parecido desde el principio. Se mantuvo quieta y en silencio. La casa parecía deshabitada, pero el fuego indicaba lo contrario. Nadie enciende un fuego reparador y luego abandona su comodidad. Y no obstante, ningún ruido, ninguna presencia, ninguna alarma que aconsejara la huida, aunque tampoco hubiera podido ir muy lejos. Ni pensar en volver a bajar de nuevo a la calle. Sus escasas y residuales fuerzas se habían agotado en el penoso acto de encaramarse a la ventana.
Cuando recuperó la confianza y se sintió segura, buscó un rincón alejado del fuego, pero confortable y resguardado. Se agachó encogiendo sus largas piernas y con dolor y esfuerzo, en un último alarde de sus escasas fuerzas, depositó la preciosa carga que portaba en su vientre. La envolvió en una tela de seda, hecha al efecto, con amor y cuidado, y se dispuso a descansar tras cumplir con el deber penoso que la naturaleza impone a las hembras de todas las especies.
Cuando al día siguiente sacaron la vela de la calabaza, Dani y sus padres encontraron en una esquina una bola pegajosa y brillante, de las que envuelven con primor los cientos de arañitas en desarrollo que nacerán unos meses después. Al lado, hecha un ovillo, con sus largas y peludas patas recogidas sobre el cuerpo, la araña madre descansaba de manera total y definiva (total y definitivamente muerta) de su ímprobo, pero gratificante trabajo.
Papá, razonable como siempre, tomó la bolsita con los huevos y la resguardó en un rincón tras una viga del porche. De todos es sabido que las arañas son el mejor insecticida en la lucha contra moscas y mosquitos.


domingo, 12 de noviembre de 2017

"Almas grises" Philippe Claudel

Francia 1917. Estamos en plena Gran Guerra, en una pequeña ciudad francesa cercana al frente. "Nuestra ciudad no es muy grande. No es V., ni mucho menos".  Es una ciudad desde la que se oye el tronar de los cañones y se percibe en el aire el olor a pólvora; una ciudad por la que pasean sus heridas, sus muñones y sus cicatrices varias, tanto físicas como mentales, los heridos del frente que vienen a curarse a la cercana clínica. Heridos que pasean y miran con envidia y resentimiento a los hombres de la ciudad.
Los hombres de la ciudad se han librado de la Guerra porque en la ciudad hay una Fábrica. Construida a finales de la década de 1880, la Fábrica ha dado de comer a la ciudad desde entonces. Casi todos los hombres trabajan en ella y a ella le deben la clínica, las escuelas, la biblioteca, los dos canales que proporcionan el agua necesaria para las gabarras que transportan el combustible necesario. Pero sobre todo le deben el haberles librado de la Guerra. La ciudad está cerca de la Guerra, la ve y la oye, pero no la hace, porque los hombres, necesarios para hacer funcionar la Fábrica, fueron adscritos al servicio civil y así, "gracias a ello, ochocientos paisanos dieron la espalda a los calzones color granza de la infantería y al horizonte azul. [...]¡Menuda suerte! ¡Adiós a los silbidos de los obuses, al miedo, a los camaradas gimiendo y muriendo a unos pocos metros, enganchados en las alambradas…, a las ratas devorando los cadáveres…! Y, en su lugar, la vida, la auténtica vida, nada más y nada menos".
En la ciudad también hay un Palacio. En él vive el fiscal Destinat. Destinat vive solo desde que murió su mujer. Cuando tienen lugar los hechos de la novela, el Caso como se llamó a los terribles sucesos, lleva ya un año jubilado. Durante treinta años ha vivido para la Justicia. Sus palabras ante el jurado levantaban cadalsos, pero "Destinat no se ensañaba con criminales de carne y hueso; defendía una idea, una sola idea, su idea del bien y del mal"


Gabarra con la última carga dea carbón para Altos Hornos de Vizvaya. Foto Fidel Raso

Cuando empieza la novela es diciembre de 1917 y en la ciudad, flotando en el canal, aparece el cadáver de una niña de diez años con signos de estrangulamiento. Se trata de Belle de Jour, la hija pequeña de Bourrache, el dueño del Rébillon, un restaurante situado cerca de la catedral en la ciudad de V.  V. está a unos veinte kilómetros de nuestra ciudad. Allí, en la misma plaza que el Rébillon y la Catedral, se encuentra el Juzgado. Es por ello por lo que, con asiduidad, coinciden para comer en el restaurante el Juez Mierck y el fiscal Destinat. 
Al lugar del hallazgo acude un policía, el mismo que, veinte años después, nos cuenta los sucesos. También acude el juez Mierck, gran bebedor y comedor, con el alma endurecida y sin una pizca de piedad humana. Ni siquiera le conmueve el hecho, más atroz si cabe, de conocer a la víctima, la niña que cada día le ha servido la mesa en el restaurante de su padre. Con el juez llega un militar, Matziev, un adonis con galones, como lo describe el narrador, que camina como un bailarín y lleva pelo y bigote cuidados y lustrosos. Un hombre aficionado a la sangre y que, para su fortuna, ha caído "en el bando bueno, en el que está permitido derramarla y bebérsela sin que nadie ponga el grito en el cielo".
Las pesquisas para desentrañar el asesinato de Belle nos son contadas como ya he dicho, por un policía que fue llamado al lugar en que se encontró el cadáver. Los hechos le sirven para recordar otros sucesos, para hablarnos de la maestra Lysia Verhareine que llegó en plena guerra para revolver a todos los hombres y después desapareció de la vida del lugar por causas que tardarán veinte años en ser descubiertas. Nos hablará de muchos personajes y muchas situaciones; de la soledad en que casi todos viven; de su propia felicidad, inmensa, perfecta, y perdida en pocas horas; del peligro que suponen algunos hombres estúpidos, crueles y sin escrúpulos, pero con poder, y de lo que sucede cuando, en aras de ese  poder que detentan, todo lo retuercen hasta darle la forma que les conviene; todo lo arrasan y lo trastocan a su gusto sin importarles lo que se puedan llevar por delante o a quien destruyen o perjudican. 
Philippe Claudel
Estamos en un mundo gris, en un país gris sumido en el gris del invierno y asolado por una guerra gris. Una guerra que algunos sufren y que otros aprovechan para medrar a su costa. "¿Los mejores años de la vida de Bassepin? ¡La guerra! Vender tan caro como podía lo que compraba lejos por cuatro perras. Llenarse los bolsillos, trabajar día y noche, endosar a los oficiales de intendencia lo necesario y lo superfluo, recuperar, en ocasiones, lo que había vendido a los regimientos que se marchaban para vendérselo a los que llegaban, y así sucesivamente. Un caso digno de estudio. El comercio hecho hombre".
Estamos ante una triste historia, pero a la vez, una historia muy humana, sin concesiones que suavicen la cruda realidad histórica y personal;  llena de hombres con almas grises; hombres solos que han perdido a sus seres queridos o que nunca los tuvieron y arrastran su soledad dedicados a su trabajo, un trabajo que desempeñan mejor o peor y al que dedican un tiempo gris como su yerma y despoblada vida.
Al cabo de veinte años, terminaremos sabiendo quién mató a Belle de Jour cuando salía de casa de su madrina una fría y gris noche de diciembre y nos asombraremos como nunca nos asombra la resolución de un crimen. En este caso, por fin, el asesino es quien menos nos esperamos, pero es que esta no es una novela policíaca. No importa quién es el asesino ni es con eso con lo que nos quiere entretener esta historia. Lo que pretende es mostrarnos lo inestable de la felicidad, lo azaroso de la existencia, la duda que nos acompaña en cada momento y en cada suceso, la duda que siempre, hasta en los casos más evidentes, debe acompañar, aunque sea levemente, la condición de culpables o inocentes con que calificamos a los demás o nos calificamos a nosotros mismos. La duda acerca de si el hecho de haber podido matar es como haber matado porque entre el acto y la intención cualquier diferencia es vana.
Y todo ello "mientras a menos de quince leguas los hombres se destripaban a bayonetazos y se lo hacían en los pantalones, y morían a miles diariamente, lejos de la sonrisa de una mujer, sobre una tierra devastada en la que la mera idea de la mujer se había convertido en una quimera, un sueño de borracho, un insulto demasiado hermoso". 


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...