Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

lunes, 29 de mayo de 2017

Lecciones para escribir una novela. Décima: El desenlace.


Como dice en el titular de su entrada Ana Bolox, "nos vamos acercando al final de nuestra novela". Efectivamente, entramos en la tercera de las tres unidades dramáticas: el desenlace, lo que hemos estado esperando durante la lectura, el punto al que se dirige todo lo leído hasta ahora. Habremos disfrutado por el camino, pero todo ese disfrute, tenía como objetivo llegar a este punto.


El desenlace también consta de sus elementos, que son el crescendo y el clímax.
En esta décima y penúltima entrega, Ana nos habla del crescendo y de como tiene que discurrir para desembocar de manera natural en el clímax. Nos enumera las cuatro claves para conseguir un buen crescendo y nos explica cómo ir aumentando la tensión para llegar al final de la novela y a su última lección. 
Como siempre, quiero agradecer a Txaro Cárdenas su amabilidad al autorizarme a publicar en mi blog este curso, "Construye tu novela con Ana Bolox", que se publicó primero en la Revista MoonMagazine de la que es directora.
Y también quiero dar las gracias a Ana Bolox, autora del curso, y en cuya página "Ateneo Literario" encontramos talleres de escritura y consejos que serán muy útiles para cualquiera que desee dedicarse a eso de escribir. 


viernes, 26 de mayo de 2017

"Recursos inhumanos" Pierre Lemaitre

"La violencia es como el alcohol o el sexo: no se trata de un fenómeno, es un proceso. Entramos en ellos casi sin notarlo, simplemente porque estamos maduros, porque nos llegan en el momento justo". Esto es lo que nos dice Alain Delambre nada más iniciarse la novela y tras haberse declarado un hombre no violento que no recuerda haber deseado nunca matar a nadie. Y ya me mosquea porque yo, que tampoco me considero nada violenta, sí que he deseado matar a algunos, algunas veces. Claro que, a lo peor, yo sí soy una mujer violenta y no me había dado cuenta... 
Alain está en paro desde hace cuatro años, cuando fue despedido de una empresa en la que era director de recursos humanos. Tras ser comprada la empresa por un grupo belga, el director de recursos humanos del mencionado grupo, con casi veinte años menos que Alain, tenía todos los números para quedarse con el puesto. Y él más números aún para hacer las maletas, cosa que efectivamente sucedió en la segunda ronda de despidos. 
Ahora se levanta a las cuatro de la mañana para trabajar en el almacén de Mensajerías Farmacéuticas, donde clasifica paquetes a media jornada, pero "como este empleo no basta para llegar a fin de mes [...] me dedico a otras cosillas aquí y allá. Transportar cajas, embalar con plástico de burbujas, repartir publicidad... También algunos trabajos de temporada. Hace dos años que hago de Papá Noel". Apaños para salir del paso, para subsistir y para no perder la dignidad ante su esposa, ella sí con trabajo.
Cuando comienza la novela, Alain ha hecho de la búsqueda de trabajo su trabajo cotidiano, y es que, aunque cree que ya no lo encontrará, no por ello ha renunciado a buscarlo. Y por eso responde a anuncios y acude a entrevistas; se presenta a exámenes, entrega currículos y espera y vuelve y no ceja en un empeño por lo demás improbable, si no imposible, cuando su edad se acerca ya, peligrosamente, a los sesenta. Y es que "lo que es difícil no es ser un parado, es continuar viviendo en una sociedad que se basa en la economía del trabajo. Allá donde mires, solo ves lo que te falta".
Pero puede que las cosas estén a punto de cambiar porque hace unos días Alain ha respondido a una oferta de trabajo para una gran empresa que necesita un asistente en recursos humanos y, contra todo pronóstico, recibe una carta en la que se le comunica que su solicitud ha sido tenida en cuenta y anunciándole la próxima convocatoria para realizar un test y una entrevista.
La simple recepción de esa carta llena de ilusión a Alain y a su mujer, Nicol, pero pronto verán que la prueba definitiva para optar al trabajo, y que se tendrá que disputar con otras tres personas, se va manifestando menos inocente de lo que parecía en principio. Las grandes empresas, ante el exceso de candidatos disponibles, no dudan en jugar con ellos, con sus sentimientos e ilusiones y con su sensación de vivir colgados de una sociedad que se deshace de las personas que no le son útiles como si fueran trapos viejos y manchados de grasa: sin ningún remordimiento ni la más mínima duda. 
Pierre Lemaitre
Pero Alain no está dispuesto a renunciar a ese trabajo, el primero en cuatro años a su alcance y que merece la pena. Ese trabajo ha de ser para él, no se le puede escapar. Hará de todo para conseguirlo. Empeñará la felicidad de su matrimonio, el futuro de sus hijas, su propia integridad física y moral. Irá cambiando ante nuestros ojos y llegaremos a preguntarnos si realmente es la persona pacífica y equilibrada que pensábamos y que él ha manifestado ser. Lo veremos ganar cuando parece que pierde; lo veremos provisto de recursos que jamás pensamos que pudiera tener; recursos inhumanos, porque inhumano es el esfuerzo que hay que hacer a veces para poder conseguir un trabajo cuando todo está en contra. 
Nos sorprenderá y nos hará sufrir continuamente porque desearemos que consiga sus objetivos aunque nos demos cuenta de que sus formas no son las más aceptables. Pero, ¿acaso es ilícito emplear lo inaceptable con quien, inaceptablemente, se aprovecha de la necesidad y de las ilusiones ajenas? ¿Acaso las empresas que lo ganan todo, que ganan todo lo que otros pierden, deben esperar que quienes han sido desechados sin rubor y apartados del sistema, los trapos viejos, se comporten siempre de manera aceptable?
"«Tagwell anuncia la supresión de ochocientos empleos en su fábrica en Reims»[...] «Enorme alza de los índices bursátiles. Tagwell sube un 4,5% al cierre...»". Estas son las noticias que continuamente suenan en la televisión "Los titulares se entrelazan en una confusión total. France 2: «Con 1,85 millones de euros anuales, los grandes empresarios franceses son los mejor pagados de Europa», se superpone a TF1: «Está previsto que el paro alcance un 10% a finales de año»". Ante este panorama que a todos nos suena (y lo del 10% de paro nos sonaría además a música celestial), ¿es razonable esperar o exigir un comportamiento aceptable? Alain ha perdido la noción de lo que es aceptable. Alain quiere ese empleo para devolver la confianza a Nicol, la seguridad a sus hijas y recuperar él mismo la dignidad. Porque vivimos en una sociedad cuyo mayor descaro no es solo que "se basa en la economía del trabajo", sino que priva de él a muchos de sus ciudadanos después de haberles convencido de que también la dignidad se basa en el trabajo.
Pierre Lemaitre, con esta novela, nos pone  delante de una realidad que viven muchos europeos y, principalmente, muchos españoles. Una realidad que nos cayó a todos de repente con la crisis, pero a algunos les cayó más de cerca y, de ser meros espectadores de algo que, hasta entonces, no era más que una noticia en telediarios y periódicos, pasaron a ser protagonistas en lugar de espectadores. "Al principio el paro, [...] era una idea, un concepto [...] pronto fue imposible no conocer a alguien directamente afectado o no cruzarse con el familiar de un parado. [...] Y un día, cuando nadie lo esperaba, el paro llamó a nuestra puerta. [...] pulsó con el pulgar el portero automático, [...] Los que van a su trabajo por la mañana, por ejemplo, dejan de oírlo durante toda la jornada, [...] Esa es la gran diferencia: dentro de mí, el paro me horada los tímpanos continuamente"
De todas las novelas de Pierre Lemaitre que he leído puedo decir que esta es la que menos me ha gustado, pero que nadie se confunda. Alguna tiene que ser la menos grata, la menos estimulante o apasionante o gratificante. Le ha tocado a esta, pero eso no le resta ni un ápice de valor. Es una novela muy buena, que en absoluto me ha defraudado. Y pienso, además que el hecho de que me haya gustado más todo el resto de su obra, es, sin más, algo propio, un capricho de mis gustos caprichosos. Puede que para toda esa gente a la que la novela negra y policíaca no le entusiasma, esta novela pase por delante de algunas otras del autor. 
Aunque, tal vez, en toda su bibliografía, esta resulte ser su novela más negra.



lunes, 22 de mayo de 2017

"En Gran Central Station me senté y lloré" Elizabeth Smart

Difícil se me hace calificar esta novela. Me llevaron a ella un par de reseñas de gente de la que me fío, la preciosa portada años cuarenta en blanco y negro, más bien sepia, y, por supuesto, el título.
En Gran Central Station comenzó mi visita turística a Nueva York, hace ya ocho años. En Gran Central Station se rodó una de las escenas más impactantes del cine negro, la caída de un cochecito de bebé rodando por la escalera de la estación, mientras vuelan las balas a su alrededor y un intrépido y eficiente Andy García se lanza a frenarlo con su propio cuerpo antes de que se estrelle, mientras Kevin Kostner contempla alucinado al bebé ileso y sonriente en su interior. Fue en 1987, en "Los intocables de Elliot Ness" de Brian de Palma. Sí ya sé que la escena está copiada de otra muy similar y muy anterior de "El acorazado Potemkin" (Serguéi M. Eisenstein, 1936), pero igual me parece una de las escenas más alucinantemente bien hechas de todos los tiempos. Y sí, ya sé que nada tiene que ver con la novela que aquí traigo, pero todo eso es lo que la Gran Estación Central de Nueva York significaba para mí ya antes de toparme con este libro.
Y ahora sí, paso a hablar de esta novela de título tan sugerente. Estamos ante una novela de sentimientos, una novela en la que no hay trama aparente, en la que no pasa nada, salvo una mujer, la narradora, que muestra todo un torrente de sensaciones hacia personas, lugares, situaciones. Cuando empiezo la lectura, hace ya tiempo que leí las reseñas, he olvidado muchos detalles de su contenido, sé que me hicieron desear leer el libro y poco más. Comienza la historia y me va envolviendo en su lenguaje, en su raudal de sentimientos. La belleza de las palabras me subyuga, pero la historia que subyace, más que entenderla, la intuyo. Entonces recuerdo haber leído que hay que conocer la vida de la autora para saber mejor de qué nos habla en esta novela envolvente y seductora, y busco e indago, primero en Wikipedia, pero luego voy encontrando otras páginas que me hablan de Elizabeth Smart y voy conociendo su vida y voy entendiendo su tormento y su éxtasis, su amor y su desengaño, su entrega y su decepción.
Elizabeth Smart
Elizabeth Smart nació en Otawa, Canadá, en 1913. Cuando tenía veinticuatro años leyó unos poemas del poeta inglés George Barker y quedó profundamente enamorada de un hombre al que no conocía de nada más que de aquellos poemas leídos en una librería de Londres.
Tras su regreso a Canadá, Elizabeth trabaja en un periódico en Otawa, pero, decidida a ser escritora, abandona Canadá y viaja por Estados Unidos y Méjico para acabar estableciéndose en California. Para entonces, ha conseguido comenzar una relación epistolar con Barker, quien está casado, con su segunda mujer, Elspeth, tras haber enviudado de Jessica, la primera. Y es que George Barker es católico y aunque tuvo muchas amantes en su vida, no cuenta con ningún divorcio en su biografía. 
Barker se trasladó a California acompañado de Elspeth en un viaje desde Japón, donde trabajaba como Profesor de Literatura Inglesa en la Universidad Tohoku. El viaje de ambos fue pagado por Elizabeth quien había decidido que aquel hombre era el hombre de su vida y sería su esposo. Consiguió que fuera el hombre de su vida, el hombre que le duró toda la vida, pero jamás llegaría a ser su esposo.
La novela comienza cuando Barker y su esposa llegan a Monterrey donde Elizabeth les espera.
"Estoy en una esquina en Monterrey, de pie, esperando que llegue el autocar, con todos los músculos de mi voluntad reteniendo el terror de afrontar lo que más deseo en el mundo. La aprensión y la tarde de verano me resecan los labios, que humedezco cada diez minutos, a lo largo de las cinco horas de espera". Con ese párrafo empieza la novela y, a partir de ese momento, los sentimientos estallan en todas direcciones y son plasmados por la autora en la novela de tal manera que parece que va escribiendo a medida que siente, a medida que goza o sufre o siente culpabilidad o deseo o celos o desesperación...
Vamos intuyendo como la visita, en principio inocente -debía de serlo puesto que el hombre aparece junto a su esposa-, va tomando otro aspecto. La narradora, en principio, siente admiración, respeto y un gran cariño por la esposa del hombre, siente cierta lástima por el hecho de tener que hacerla sufrir "La vi salir de entre los geranios moribundos, vi su cara, que las lágrimas habían vuelto angulosa, sin por ello difuminar su tortura interminable. Su cuerpo se encogía, esperando la herida que oscilaba en suspensión perpetua sobre ella [...] ¿Es que no hay otra vía para mi libertad que su martirio?"
George Barker
Su amor no es entendido, tal vez, ni por ella misma que continuamente se debate entre la culpa y un amor que la arrebata y le hace perder gran parte de su cordura; la culpa frente a la mujer con la que está casado su amante y, a la vez, el deseo de que la abandone y por fin pueda casarse con ella. Nunca lo hará George Barker. Si Elizabeth tuvo cuatro hijos con él, él llegaría a tener quince de diferentes mujeres. No parece digno de la entrega y la adoración de la escritora para la que solo el amor existía, el amor por George Barker.
Por amor a Baker sufrió prisión en Arizona, se enfrentó a su acomodada familia en Otawa y al hecho de ser madre soltera de cuatro hijos en una época y en una sociedad pacata y moralista que nuca le perdonó tal atrevimiento y desafío moral.  
Por Barker sentirá celos "¿Que yo soy su esperanza? Puede ser. Pero es ella quien constituye su presente. Y si su presente es ella, yo no soy su presente. En consecuencia, yo no soy, y me pregunto cómo es que nadie ha notado que estoy muerta y se ha tomado la molestia de enterrarme". Por Barker gozará y sufrirá y lo convertirá en la medida de referencia de todo lo que siente y vive.
Se nos muestra muerta de amor y abandono por un hombre que, posiblemente, no la merecía. Un hombre que le dio cuatro hijos de los que tuvo que ocuparse ella sola, amante de la botella, tal vez más que de cualquier mujer, terminó aficionándola a ella también a la bebida. Por él abandonó su país al que volvería solo en ocasiones esporádicas, por él se enfrentó a toda una sociedad, por él sufre, más que goza, y por él escribió esta novela en la que vierte todo su amor y todo su sufrimiento, en la que va dejando jirones de piel y rastros de sangre; un canto al amor como razón única de la vida, como causa mayor ante la que agachan la cabeza, convenciones, y tradiciones. El amor que no se sublima ni se preserva puro, sino que se cumple hasta el final hasta el sacrificio de todo lo demás; el amor que se manifiesta carnal y se derrama por cada poro y con cada lágrima. "Negar el amor, y engañarlo mezquinamente asegurando que lo no consumado será eterno, o que el amor sublimado se eleva hasta lo celestial, es repulsivo, como repulsivo es el rostro del hipócrita si se coloca al lado de la verdad"
Una historia que empieza con esperanza y generosidad y termina con amargura, celos, resentimiento... pero nunca desamor. "La página es tan blanca como mi cara después de llorar toda la noche. Es tan estéril como mi mente devastada. Todos los martirios son en vano. También él se está ahogando en la sangre de un sacrificio desproporcionado. Es hora, amor, de deponer las armas, pues todas las batallas están perdidas".
Elizabeth Smart con sus hijos en 1945
La tercera hija, Rose Emma, no
nacería hasta 1947
Esta novela fue escrita en 1945. Elizabeth vivía en Inglaterra desde 1943. Allí se había desplazado George tras su estancia con ella en América. George seguía con su esposa Elspeth de la que nunca se separaría hasta su muerte en 1991. Elspeth, por cierto, sigue viva y es escritora. 
"En Gran Central Station me senté y lloré" se convirtió en una de esas novelas de culto que sirven para dar fama a un escritor de una vez y para siempre. La primera edición, con dos mil ejemplares, sufrió el ataque de la familia de Elizabeth que empeñó todos los esfuerzos y las influencias a su alcance para que el libro no se difundiera, no obstante, llegó a convertirse en obra de culto en los ambientes intelectuales de Nueva York. La segunda edición, mediada la década de los sesenta, permitiría a Elizabeth retirarse a vivir de la literatura, lo que haría en el condado de Sufolk. No obstante, no volvería a publicar nada hasta 1978 en que salió a la luz "Los pícaros y los canallas van al cielo", la segunda parte de su biografía, en la que narra su vida en Inglaterra justo después de la guerra y sus esfuerzos para sacar adelante a sus hijos. También escribiría un libro de poemas, "A Bonus", una antología de poesía y prosa, "In the Meantime" (1984), así como dos volúmenes de su diario "Necesary Secrets: The Journals of Elizabeth Smart" (1986)
Elizabeth Smart terminó sus días en Londres donde murió de un ataque al corazón en 1986. Como se dice más arriba, en 1943, en plena guerra mundial, se había trasladado a Inglaterra tras los pasos de su amante. Allí nacerían sus dos hijos pequeños y allí viviría casi sin interrupción (salvo una corta estancia entre 1982 y 1983 en Canadá) hasta el final. Y hasta el final vivió enamorada de Barker. A pesar de haberse librado parcialmente de su influjo a partir de finales de los años sesenta, y a pesar de haber sido capaz de vivir una vida más normalizada con distintos amantes, nunca logró sustraerse al embrujo adictivo del que llevaba colgada desde 1937 cuando un inocente libro de poemas cayó en sus manos en una pequeña librería londinense.


Elizabeth Smart y George Barker

Esta novela entra además en el reto "Nos gustan los clásicos" por estar publicada antes de 1990, concretamente, "En Gran Central Station me senté y lloré" es de 1945. 



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