Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

jueves, 23 de marzo de 2017

"Todo ese fuego" Ángeles Caso

Tras leer Shirley para una tertulia en facebook, sentí la necesidad de releer los dos libros Brontë que leí hace años, "Jane Eyre" y "Cumbres borrascosas", y de leer por primera vez las dos novelas de Anne Brotë, "Agnes Grey" y "La inquilina de Wildfell Hall" así como las dos que me quedan de Charlottte Brontë "Villette" y "El profesor". Además, ya metida en mi particular "mundo Brontë", decidí sacar del fondo de la lista de pendientes este libro de Ángeles Caso que me habían regalado en las navidades de 2015 y que en su momento me dio pereza leer y fue quedando relegado por lecturas más urgentes que le tomaron la delantera. "Todo ese fuego" es una historia novelada de las tres hermanas Brontë y de paso de toda la familia Brontë
La novela tiene una curiosa estructura. La primera parte se llama "16 de Julio de 1846, en la casa rectoral de Haworth, Inglaterra". La segunda se llama, sin más, "Después". Durante la primera parte, vemos a las tres hermanas, durante la mencionada jornada del verano de 1846, empleando la mañana en sus tareas de cada día (la plancha, la cocina, la limpieza, la compra) y dando un largo paseo; empleando la tarde en la escritura de las novelas que por aquella época las tenían ocupadas. Cada una de ella está escribiendo una novela basada en experiencias cercanas, vividas por ellas mismas o sacadas de relatos o leyendas oídas en la infancia: Charlotte y Anne, que han trabajado como institutrices, escriben "Jane Eyre" y "Agnes Grey" respectivamente. A Charlotte "todo lo que había vivido durante aquellos años le estaba sirviendo para construir el espíritu de Jane y de muchas de las otras figuras que aparecían en sus páginas", mientras que Anne, cuyo amor por un coadjutor de su padre, William Weightman, se había truncado tras la muerte del joven, había hecho a Agnes Grey institutriz como ella e hija de de un reverendo, pero "al mismo tiempo, le estaba regalando lo que ella no había podido vivir, el amor afortunado". Por su parte, Emily, que dada su enfermiza timidez nunca había trabajado fuera de casa, se basa en una historia oída en su infancia y, tal vez, en su amistad con Robert Clayton, una amistad frustrada también por la muerte, aunque antes lo había sido por el reverendo al ser el muchacho hijo de un obrero pobre.
A lo largo de toda la primera parte, se nos narra lo acontecido durante esa fecha de julio de 1846, pero los viajes al pasado son continuos y las actividades de las hermanas se ven interrumpidas por el relato de lo que ha ocurrido en la familia desde antes de nacer ellas. Asistimos a la muerte de la madre cuando Anne es aún un bebé. Los seis niños y el padre quedan al cuidado de una hermana de la madre que abandona su placentera vida en la costa de Cornualles para entregarse a "la nieve y los vendavales que asolan los páramos de Yorkshire". Elizabeth Branwell vivirá con su cuñado y sobrinos hasta su muerte, hará el papel de madre y colaborará económicamente al mantenimiento de la casa. 
Debido al talante liberal del padre y a su deseo de que sus hijos fueran por igual cultos, las tres hermanas tuvieron desde pequeñas, junto a su hermano, profesores, acceso a todo tipo de lecturas lecturas y al estudio de las lenguas. Lo que hizo que la cultura de las hermanas estuviera muy por encima de la media en cualquier mujer de su medio social.
El retrato pintado
por Branwell
Los cuatro hermanos supervivientes tenían ambiciones literarias desde muy jóvenes. Escribían poesía, campo en el que destacaba Emily, así como historias de aventuras fantásticas para las que crearon los reinos de Angria y de Northangerland. Además pintaban, sobre todo Branwell, el hermano. En el despacho del reverendo colgaba un retrato de las tres hermanas hecho por él. En principio él también figuraba en el retrato, pero luego se arrepintió y decidió taparse con una especie de mancha amarilla no muy acertada, desde mi punto de vista.
Durante aquel día, mientras ansiaban terminar sus tareas domésticas para poder, por fin enfrascarse cada una en su novela, Charlotte piensa en lo distinto que sería todo si el escritor fuera su hermano, cómo "se encerraría en su habitación y a todos se nos impondría el silencio, la absoluta exigencia de no molestarle. Le prepararíamos la comida y se la llevaríamos allí, golpeando suavemente la puerta para no interrumpirle en medio de una frase grandiosa. Caminaríamos de puntillas, Emily cerraría el piano hasta que él acabase su obra, no dejaríamos ladrar a los perros ni tronar a las tormentas". Pero Brandwell no escribe, ni pinta, ni nada. Brandwell pasa las noches en la taberna anestesiado con los vapores del alcohol, el opio y el láudano, sin saber si su fracaso como artista le había llevado a las drogas o las drogas y la cobardía y el miedo a no dar la talla le habían hecho fracasar como artista. Ahora vive con su padre y hermanas en la casa rectoral de la que sale por la noche para regresar de madrugada con la salud cada vez un poco más maltrecha.
La segunda parte ocupa muy poco espacio en el libro, unas veinte de las ciento veintisiete que tiene mi versión digital. Es lo que sucede después de aquel día de julio. Es la publicación de sus novelas con los seudónimos de Currer (Charlotte), Ellis (Emily) y Acton (Anne) Bell, seudónimos ambiguos en cuanto al sexo que los lleva y que ya habían utilizado para publicar un libro de poemas que gozó de cierto prestigio. Es el éxito inmediato Charlotte con "Jane Eyre", no así el de Emily y Anne con "Cumbres borrascosas" y "Agnes Grey". Es la decisión de escribir otra novela de Charlotte y Anne y la de no escribir ninguna más de Emily. 
Y es la vida precipitándose de nuevo sobre la familia en forma de muerte que es una de las formas preferidas de la vida para precipitarse y arrasar con todo y demostrar que ella siempre hace las cosas a su manera y gana siempre la partida, y es que la muerte no es lo contrario de la vida, la muerte es la misma vida disfrazada y "la muerte vivía en la rectoral de Haworth como uno más, con su presencia rotunda e implacable, pero era como un pariente indeseable del que nunca se habla".
Ángeles Caso
No se trata de una biografía, sino de una novela basada en la vida de las hermanas Brontë. No todo lo que se cuenta es estrictamente cierto. No lo son diálogos y situaciones, por supuesto, pero tampoco lo son todos los hechos. Ángeles Caso añade un apéndice donde aclara las partes que podrían haber sucedido aunque no haya constancia de ello. Así sucede con los presuntos amores de Anne por William Weightman o de Emily por Robert Clayton de los que la autora dice "la relación entre una joven Anne y William Weightman, el coadjutor de su padre, es más que probable" o "la posible conexión entre Emily y Robert Clayton es más dudosa, pero en absoluto imposible"
Entiendo que se inventen diálogos y algunos hechos menores, pero inventar hechos tan importantes como los amores que pudieron inspirar las novelas de las autoras, me parece que no es acertado en una biografía, aunque esté escrita en forma de novela. Yo hubiera preferido que todos los hechos fueran verídicos y contrastados, pero es problema mío... o, tal vez no; tal vez es problema de que, por muy novelada que esté una biografía, una se acerca a ella queriendo saber datos verídicos, sobre todo si se trata de la vida de personas concretas, que vivieron hace menos de dos siglos y por ello no hay demasiada deificultad en obrener datos suficientes como para varias novelas.
¿Me ha gustado la obra? Pues siendo sincera diré que sí. De hecho, me ha tenido enganchada porque cuenta datos muy interesantes y porque yo sabía pocas cosas en detalle de la vida de estas escritoras y, la verdad es una vida que da para una o varias novelas, simpre que no les pidamos mucha verosimilitud porque la vida de esta familia es todo menos verosímil (como siempre digo, lujos que se puede permitir la reralidad). Pero si soy sincera, también diré que no, porque como novela flojea bastante, vamos que si no fuera porque trata de personas reales y no estuviera yo interesada en las hermanas Brontë, esta historia no hubiera sido capaz de mantenerme a su lado. Es posible que la hubiera abandonado porque le falta emoción, al menos a mí no me la produce; le sobra un tanto de caos cronológico porque aunque no sea yo para nada defensora de la linealidad en la narración, sí lo soy de cierto orden que haga que no me desoriente, y aquí no lo he encontrado; le falta, por fin, fidelidad a los hechos, no a las compras que hicieron la mañana del 16 de julio de 1846 o lo que comieron o las conversaciónes que mantuvieron; hasta ahí admito la libertad del escritor, pero si inventa amores para cuadrar las inspiraciones, por mucho que "bien pudiera haber sido", me siento un poco engañada. Dicho esto, respeto la libertad de la autora, pues, como bien dice, "para mí la novela es el territorio de la libertad", y agradezco ese apéndice que me derja las cosas más claras y me evita confusiones, pero es lo que opino, también en el territorio de la libertad de una novela que no me ha dejado satisfecha, sino más bien, informada pero fría.


domingo, 19 de marzo de 2017

"Vivir de noche" Ben Affleck

Cuando aún tengo pendiente de publicación la reseña de "Ese mundo desaparecido", la última novela de Dennis Lehane y de la trilogía de los Coughlin, he tenido la oportunidad de ver la película que Ben Affleck ha hecho sobre la segunda novela de dicha trilogía, "Vivir de noche".
Hace unos catorce años, yo no sabía nada de Dennis Lehane y entonces Clint Eastwood, al que sí conocía y admiraba, estrenó su magistral, y para mí su mejor trabajo, "Mystic River", una película en la que rompía con todo lo políticamente correcto, y más correcto aún en los  Estados Unidos de América. Cuando supe que aquella historia estaba basada en una novela, fue cuando conocí a Lehane. Después he leído prácticamente todos sus libros y he visto más novelas suyas adaptadas al cine. Ninguna me ha gustado tanto como aquella primera de Eastwood, aunque puede que eso sea algo personal. "Shutter Island" de Martin Scorsese o "La entrega" de Michael R. Roskam, son también muy buenas películas, aunque no me hayan arañado el corazón como sí lo hizo, tal vez por ser la primera o por tratar un tema que me llegó más, "Mystic River" (aquel asesinato impune con las bendiciones del policía incluidas, me pareció sublime).
Esta es la segunda novela de Dennis Lehane que Ben Affleck adapta a la pantalla. La anterior fue "Adiós pequeña", basada en la cuarta entrega de la serie de los detectives Patrick Kenzie y Angela Gennaro. Son las peores adaptaciones de Lehane que he visto en cine. Ben Affleck fagocita las películas. Dirige, escribe el guión y, como en esta última, interpreta. 
Casey Affleck y Michelle Monahan
En "Adios pequeña" no se atrevió a tanto, pero le faltó muy poco y puso en el papel de Kenzie a su hermano, Casey Affleck. Jamás me hubiera imaginado un Patrick Kenzie con pinta de estudiante universitario y cara de chico bueno. Tampoco Michelle Monaghan era la Angela Gennaro que poblaba mis fantasías, pero eso vamos a dejarlo.
En "Vivir de noche", Ben Affleck se atreve a ponerse la ropa de Joe Coughlin y nos entrega un Joe increíble. Increíble porque no hay quien se lo crea. Porque Affleck, a pesar de su cara de palo, es, o parece, un tipo blando, nada más alejado del Joe Coughlin que, desde que tenía once años, en la primera novela de la serie "Cualquier otro día", era definido por su hermano Danny como "uno de los niños más duros en un barrio de niños duros".
Pero no solo es inapropiado por eso el papel de Ben Affleck. Es que está interpretando a un personaje de veinte años, que empieza a adentrarse en el mundo del hampa y como le dobla de largo la edad, lo tiene que hacer bastante mayor y ponerle participando en la Gran Guerra y desengañándose del género humano ante las atrocidades allí vistas. Yo, desde luego, prefiero el chico duro, descendiente de irlandeses, que tiene que batirse el cobre en un barrio pobre de Boston desde la más tierna infancia, a pesar, o quizás por, tener un padre y un hermano policías.
Pero es que no terminan ahí mis quejas. Ben Affleck no es un buen actor, o a mí no me lo parece. No sé si es un tipo duro, pero aparte de no parecerlo por su físico, cosa de la que no tiene él la culpa, no sabe interpretarlo, cosa de la que puede que tampoco la tenga: hay trabajos para los que se vale o no se vale y, desde mi punto de vista, él no vale. Lo estoy viendo y no puedo dejar de pensar que está actuando. Me sorprendo a mí misma imaginando a los maquilladores mientras le ponen manchas de sangre en la cara y le dejan desastrado el traje y pienso que los maquilladores han hecho un buen trabajo, pero él no está a la altura. 
Ben Affleck
Acabo de leer "Ese mundo desaparecido", la tercera entrega de los Coughlin, la segunda con Joe de protagonista, y no puedo reconocer al personaje en ninguno de los gestos de Affleck. Tampoco reconozco a Dion Bartolo. El actor que lo interpreta más me recuerda a Cantinflas que al jefe de la familia en cuyas manos deja Joe los negocios al final de la historia "Vivir de noche". 

Y, si bien no soy de las que le piden a las películas fidelidad absoluta a las novelas de las que surgen, creo que el obviar las estancias en Cuba y su situación política, en la que interviene Joe en la novela, anular la intervención de personajes históricos como Meyer Lansky o Lucky Luciano, le quita interés a la historia, la banaliza, la vuelve plana y superficial.

¿Que si no tiene nada bueno? Sí, una muy buena ambientación, maravilloso el vestuario de los años veinte, y es que la moda de esa época es mi gran debilidad; una buena fotografía y una buena iluminación, sobre todo de las escenas nocturnas, muy adecuada a la época y al género; unas escenas de violencia y peleas, correctas, aunque no impactantes. Lo más conseguido en la película es la parte técnica, y una curiosidad: creo que es la primera vez que veo una persecución policial con coches de los años veinte... pero no pude evitar pensar "¿se estarán cargando de verdad todas esas preciosidades?".
En resumen, una película que no pasa de entretenida y con buena factura. Una historia de gángsters durante la Ley Seca, sin nada notable, pero es que si algo es Dennis Lehane, es una autor notable de historias notables. Lo consiguieron Clint Eastwood y Martin Scorsese. Ni de lejos lo ha conseguido en sus dos intentos Ben Affleck.
Un acto fallido para una historia que era digna de mejor tratamiento. Y como no hay dos sin tres, que dice el refrán, miedo me da que se empeñe en llevar a la pantalla "Ese mundo desaparecido" y el Joe Coughlin cuarentón se nos tenga que volver sesentón. Y encima otra vez con Ben Affleck. Hasta podía echarme a llorar.


viernes, 17 de marzo de 2017

"La buena letra" Rafael Chirbes

"La buena letra" es una de esas raras novelas escritas en segunda persona, pero también es una novela escrita en primera persona. "La buena letra" es una novela en la que una mujer, una madre, se cuenta a sí misma en primera persona en un monólogo dedicado a su hijo. 
La vida de Ana ha estado marcada por las pérdidas. Como todas las vidas, por otra parte. Los años se van llevando sensaciones, recuerdos, historias... y muchas veces las personas que los habitaron y les dieron calor y significado se van tras ellos, nos dejan despojados y despoblados de ellos y, un poco cada vez, de nosotros mismos. Ana ha perdido mucho a lo largo de los años. Ana se ha perdido a sí misma en cada pérdida.
Cuando recién muerto su marido encuentra la foto de la boda se da cuenta de que "todos habían ido muriendo a lo largo de los años que separaban el día de la boda de aquél, ya marchito, en que quemé la fotografía". Y aunque fueron protagonistas de épocas muy duras, épocas de ir a buscar familiares entre los fusilados la madrugada anterior en la tapia del cementerio, épocas en las que la muerte y la cárcel eran vivencias cotidianas, épocas en las que se sobrevivía a base de estraperlo, trueque, malabarismos, economías de guerra (o de posguerra), a pesar de ello, son también protagonistas de la época luminosa de la juventud, esa en la que queda todo por vivir, todo por sufrir y parece que lo que se tiene delante es todo futuro y esperanza, al menos hasta que todo se convierta en pasado y decepción.
Ana le va contando a su hijo episodios de su vida, una vida de la que han sido parte importante los familiares de su marido, Tomás. Curiosamente, se habla poco de los propios, algo del abuelo, de los padres, no se mencionan hermanos. La vida gira en torno a esos familiares del marido que le son presentados en una comida a principios de un verano, años antes de la guerra. 
Pero sobre todo, la vida giró durante años alrededor de Antonio, el hermano del marido y, más tarde, de Isabel, su mujer. Sobre todo de ella. En realidad Ana habla "del antes y el después de que ella viniera, como si su presencia hubiese sido el gozne que uniese dos partes". Es como si la vida antes de Isabel no hubiera sido más que una preparación para su llegada. Después, ya estaba Isabel y la vida de Ana y de todos en la familia se vio afectada porque todo lo vino a trastocar y alterar.
Antes de Isabel fue la guerra y el miedo y el marido en el frente y ella con una niña, temiendo que no regresara, que las dejara solas y no lo volviera a ver nunca; luego fue la posguerra y la cárcel y Antonio condenado a muerte y los viajes en tren para visitarle, turnándose Ana y su marido, después ella sola cuando Tomás empezó a trabajar; visitas al cuñado para que no se sintiera tan solo en su trágica espera, para llevarle algo de comida en aquel país de gente en movimiento, en aquellos trenes en los que la gente iba y venía, huía o buscaba, "y el tren recogía toda esa desolación y la movía de un lugar a otro, con indiferencia". Y Ana llega a odiar a Antonio por obligarla a viajar cada semana y a ser testigo de tanta miseria e incertidumbre.
Rafael Chirbes
Y luego, un día cualquiera, la libertad de Antonio que, con la necesidad de sus visitas diarias a la Guardia Civil, se instala en casa de Ana y Tomás con sus dibujos y sus retratos y su estela pegada a cada mueble y a cada esquina, como los objetos de madera que empezó a fabricar. Y la mala lengua de la hermana celosa y las suspicacias que vienen a ensuciar la vida de todos, a llenarla de resentimiento y hasta de odio. Aunque algunos no sean conscientes de lo que los demás sufren y ese no darse cuenta es una afrenta más porque, a veces, no hay mayor pecado que la ignorancia, esa ignorancia que se esconde o se defiende, inconsciente, tras nuestro conocimiento y nos deja indefensos y a merced de todo lo que querríamos borrar o, al menos, olvidar.
Y de pronto, llegó Isabel y ya todo fue con Isabel, después de Isabel. "La trajo una muchacha de aquí, de nuestra calle, que trabajaba como planchadora en una casa aristocrática de Valencia, unos marqueses o algo así. Venía impresionante. Aquí, de no ser en las películas, jamás habíamos visto a una mujer que vistiese con tanta afectación". Y con Isabel llega la mentira, el fingimiento, la hipocresía; la cizaña que se mete y arrasa con todo lo que no sirva para los planes concretos de quien la esparce. Isabel se casa con Antonio y se quedan a vivir con Ana y Tomás. Se quedan de momento, mientras no les es posible otra cosa. Y mientras la necesita, utiliza a Isabel y hasta hace el esfuerzo de la amabilidad, una amabilidad fría y distante, de esas que ponen la piel de gallina y la prevención en cada pensamiento, y la desconfianza  que anida en Ana se la guarda para ella sola porque no quiere que Tomás sufra, aunque nada se puede ocultar por mucho tiempo y al final "tu padre se había mantenido solo y en silencio porque tenía miedo de perder un amor que estaba anclado en el misterio de su infancia. Y tampoco a él su esfuerzo lo había salvado de nada". No hay salvación en la ignorancia. Tampoco siempre en el conocimiento.
"La buena letra" no es una novela de guerra, o sí lo es, pero no son los hechos de guerra los que conforman su núcleo y le dan cuerpo. "La buena letra" nos cuenta la vida cotidiana en un pueblo durante la guerra y la posguerra; nos cuenta como se enfrentan las familias al dolor de la separación y al desencuentro que suponen algunos encuentros; cómo se sufre y se calla por amor lo que se debería gritar a los cuatro vientos porque más que evitar el sufrimiento ajeno con generosidad, el silencio puede convertir en culpables a los inocentes, y aumentar el desconsuelo que se quería impedir.
Ahora Ana vive sola. Casi todos han muerto ya, pero aún queda Isabel y "cuando ella viene a verme, y ya te digo que no sé por qué, necesito sentir el recuerdo del miedo, a lo mejor porque fue más limpio. Ella lo sustituyó por la sospecha. [...] Sólo que quisiera entenderme yo misma, entenderlos a todos ellos, a los que ya no están". Y queda su hijo insensible a los recuerdos, tal vez por ajenos y distantes. Por eso Ana siente la necesidad de regalarle los suyos, de hacerle cercanos sus recuerdos a base del relato fiel y sentido de los mismos y con él, nos los regala a nosotros, porque esta novela, como todas las suyas, es un regalo que su autor nos hizo, no con generosidad (aunque puede que también), sino con la necesidad de darnos también sus recuerdos para que trasciendan su propia memoria.
De nuevo Chirbes, como ya hizo en "Mimoun", con unas pocas páginas (54 en mi versión digital), es capaz de introducirnos en un mundo que se despliega ante nosotros con toda su contundencia; nos cae encima y se hace real y presente a nuestro lado y nos contagia sus sentimientos que padecemos o gozamos a la par que avanzamos por la historia, porque si algo tiene Rafael Chirbes es una empatía con los personajes que se nos contagia y que hace que se nos metan en la piel, y no sé si me pongo yo en su lugar o ellos se ponen en el mío, pero el caso es que sin haber vivido, ni por asomo, nada similar, acabo sintiendo con ellos lo que ellos sienten y tal vez ese es el "mundo Chirbes" que me ha cautivado por completo.


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