Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Déjà vu


Salían de la iglesia cogidos de la mano. Sus trajes de novios un poco desfasados y sus peinados antiguos me produjeron ternura y una tremenda sensación déjà vu, pero más fuerte, más profunda. Inexplicablemente, sus caras me sonaban de una manera inquietante; sus trajes pasados de moda en más de medio siglo y la escena a la puerta de aquella iglesia, no me eran desconocidos. Toda la imagen había sido vista por mí en algún momento. En ese mismo reconocido lugar.
De repente, un resorte en mi memoria se activó; una sensación de frío glacial me recorrió la espalda y, a pesar de no tener espejo, sé que la sangre huyó de mi piel, dejándome la cara blanca como la de una estatua de mármol de Carrara.
Volví a casa deseando estar equivocada, pero temiendo e intuyendo que no lo estaba. Bajé del altillo del armario la caja de lata donde, desde mi más tierna infancia, se guardaban fotos antiguas de familiares y amigos. Hacía más de quince años que no le echaba un vistazo. Desde que murió mi madre y me negué a escarbar el dolor en la memoria. 
Saqué el contenido, lo volqué sobre la cama y revolví, levanté y tiré al suelo, hasta dar con lo que buscaba y temía. Allí estaba aquella foto que hubiera deseado no encontrar; la foto de los novios saliendo de la iglesia, la iglesia por la que había pasado apenas media hora antes, los novios que había visto salir de la mano con sus trajes y peinados anticuados. Di la vuelta a la instantánea y leí la letra cuidada de mi padre: "Boda de tío Carlos y Amparo. 29 de junio de 1959". 
Busqué la otra foto, la que sabía relacionada con la anterior y que siempre nos enseñaban a los niños a continuación con un toque de tristeza resignada. Siempre el mismo orden: primero la foto de la boda, luego la otra, la que en esos momentos hubiera deseado producto de mi imaginación, pero que allí estaba: una foto familiar, todos de luto y llorosos a las puertas del cementerio de la ciudad. Le di también la vuelta sabiendo lo que iba a encontrar y deseando que no fuera cierto. Pero lo era. "Entierro de tío Carlos y Amparo, muertos en accidente al día siguiente de su boda. Julio de 1959"
Empecé a sentirme mal. Por un momento, no supe si me había desmayado. Me silbaban los oídos con un pitido rítmico y agudo, notaba destellos de luz en los ojos interrumpidos por sombras que se movían a mi alrededor. Tenía la boca seca y, aunque intenté moverme, no lo conseguí. Como en un susurro me llegaba una voz conocida. ¿Qué hacía aquí mi hermana? ¿Dónde estábamos? ¿Dónde estaban las fotos y el armario de mi habitación? 
"¿Doctor, cree que mi hermana saldrá del coma? No sé qué es preferible. ¿Como va a soportar saber que su marido ha muerto el mismo día de su boda, en un accidente de coche cuando iniciaban su viaje de novios?"

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Este relato se presenta al concurso literario mensual "El tintero de oro" que David Rubio convoca en su blog, "Relatos en su tinta".
Lo he modificado mínimamente. Ya había sido publicado hace unos meses en "Cuéntame una historia" con motivo de su presentación a otro concurso de la comunidad de G+ "Escribiendo que es gerundio" donde no resultó ganador. 


miércoles, 20 de septiembre de 2017

"Recordarán tu nombre" Lorenzo Silva

"Ingresé en el cuerpo a los veinte años, con las esperanzas propias de la juventud. Ahora, después de cuarenta de servicio en el instituto y rebasados los sesenta, aquellas ilusiones realizadas y colmadas han exaltado mi amor a la corporación en tal grado que mi mayor anhelo será vivir y morir dentro de la sacrosanta disciplina que es el norte de la Guardia Civil, para bien de la patria y la República". Con estas palabras pronunciadas el 1 de abril de 1936, recibía José Aranguren el fajín de general de brigada de la Guardia Civil. Tres años exactos después, el 1 de abril de 1939, se emitía el parte del final de la guerra, aquel que empieza con aquello de "En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo...", y con ese parte se firmaba la sentencia de muerte de este guardia civil. Entre ambos primeros de abril, había pasado el 19 de julio de 1936, cuando José Aranguren Roldán se enfrentó a Manuel Goded, el general llamado a encabezar el golpe militar en Barcelona, y, ante su reproche por mantenerse fiel "al pueblo rebelde contra el ejército que se sacrifica por el bien de la patria", el general de la guardia civil responde "Aquí no hay más rebeldes que ustedes". Y es que Aranguren no era un redentor ni un salvapatrias, era un servidor público que había jurado lealtad a una República salida de la urnas y a ese juramento se atuvo hasta el final. 
Su respuesta a Goded pudo ser decisiva para hacer fracasar la rebelión en Barcelona, sentenció a muerte a Goded, que sería ejecutado menos de un mes después, y sentaría las bases de su propia ejecución que tendría lugar menos de un mes después del citado parte de final de la guerra. No se dilataban mucho por entonces ni las condenas ni las ejecuciones.
En esta novela (? hablaremos al final de este tema), Lorenzo Silva, guardia civil honorario desde 2010 por su serie sobre Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro, subteniente y sargento del cuerpo, respectivamente, sigue contribuyendo a la buena imagen de la institución "un cuerpo de seguridad al servicio del Estado y de los ciudadanos, y no de los caciques [...] un cuerpo sometido a la ley y a las autoridades, pero independiente de las banderías políticas y, sobre todo, volcado en el servicio a la población". Un cuerpo que, sometido a la ley y a las autoridades corruptas y autoritarias salidas de un Golpe de Estado militar, sirvió a esa ley y a esas autoridades de fuerza represora, pero un cuerpo que, mayoritariamente, donde tuvo oportunidad de elección, se mantuvo fiel a la República que había jurado defender.
Lorenzo Silva
Lorenzo Silva adopta en este libro lo que, desde mi punto de vista, es la actitud correcta al tratar el tema; ni el partidismo dogmático e interesado, ni la equidistancia injusta (todos sabemos, salvo intereses partidistas y espurios, quien fue la causa del conflicto y qué bando, desde el poder, trató de impedir la violencia indiscriminada y lo consiguió tras unos meses de confusión, y quien, también desde el poder, promovió y aplaudió la represión y el asesinato durante toda la duración de la guerra y durante los siguientes casi cuarenta años). Dos citas del libro expresan de manera inequívoca su posición frente a los hechos y, aunque resulten un poco extensas, me voy a permitir ponerlas íntegras para no desvirtuar el posicionamiento del autor, un posicionamiento, por otra parte, con el que estoy totalmente de acuerdo: 
Hablando directamente de su posición, nos dice: "No pretendo ser aséptico, porque no tengo ni creo que nadie tenga esa capacidad y porque el trasfondo de esta historia es para mí, por más que haya quien se obstine en negarlo, el derribo de una república que era fruto de la voluntad popular por parte de quienes se apoyaron, sobre todo, en la fuerza de las armas y en su determinación de usarlas sin contemplaciones contra sus compatriotas".   
Hablando de los casi tres años que duró la Guerra Civil (de julio del 36, a abril del 39) dice que durante ellos: "los insurrectos extenderán una y otra vez por los campos y ciudades de España la barbarie frente a la que dicen alzarse. En cuanto al gobierno legalmente constituido, lo que vale tanto para el de la República como el de la Generalitat, no sabrá ni podrá, tras verse despojado de la autoridad y de los medios naturales para el mantenimiento de la ley, impedir que en la zona por él administrada campen a placer asesinos de la peor índole, que con sus atropellos suministrarán a su vez munición moral al enemigo". 
He puesto más arriba un signo e interrogación al término novela que el autor se empeña en atribuir a este libro. Me permitirá Lorenzo Silva que discrepe de tal calificación, Para mí, se trata de un ensayo, y cuando quiero acotar de qué trata dicho ensayo, me veo en apuros. Decir que es acerca del papel de la Guardia Civil durante la guerra, se me queda escaso y muy incompleto; decir que es una biografía del general Aranguren, tampoco me sirve porque es mucho más que una biografía. 
José Aranguren Roldán
Diría que, con el pretexto de hablar de Aranguren y su negativa a secundar el Golpe de Estado de 1936, se aborda la historia de España en el primer tercio del siglo XX y los últimos años del XIX. Se habla de la guerra de Marruecos, con gran minuciosidad en la descripción de algunas batallas; de la dictadura de Primo de Rivera y su influencia en el fin de dicha guerra; de la República y sus diferentes y convulsas épocas. La jornada del 19 de julio del 36 en Barcelona se describe con todo detalle. Se utilizan para los distintos acontecimientos citas de las memorias de Mola, Escofet, Azaña... La obra está perfectamente documentada, escrita y estructurada como no podía ser de otra manera tratándose de un autor como Lorenzo Silva, pero... 
Sí, hay peros a esta obra. Como he expuesto, la minuciosidad, excesiva para mi gusto, con que se describen determinados hechos puntuales como las campañas de Marruecos o el inicio del golpe militar en Barcelona; las extensas citas sacadas de las mencionadas memorias o de actas de procesos y consejos de guerra. Objetivamente hablando, pueden sobrar los dos capítulos en que el autor nos cuenta, respectivamente, las vidas de sus dos abuelos de los que nos dice que "los dos quedaron en tierra de nadie, privados de las ventajas que en uno u otro momento tuvieron quienes abrazaron el partido que prevalecía. Y ambos pagaron por tratar de mantener sus principios, en una época llena de impostores, oportunistas y criminales sin escrúpulos". Y digo objetivamente, por que siendo parcial y subjetiva, he disfrutado mucho con las vidas de estos dos hombres rectos y justos que forjaron la personalidad del autor. Como hubiera disfrutado con algo más de biografía personal y familiar de Aranguren, de la que se dan pinceladas y se cuentan detalles, pero por la que se pasa con demasiada premura.
A pesar de los peros, he disfrutado del libro y creo que era necesario para recuperar un personaje que fue ninguneado tras la guerra y durante la transición. Durante los años del franquismo, lógicamente, por ser considerado "traidor" a los traidores que vencieron (las ironías de la impostura son infinitas); durante la Transición por pertenecer a un cuerpo considerado represor como era la Guardia Civil. Tampoco se ha caracterizado la Transición por reivindicar la historia y restituirle la justicia que la dictadura robó y falseó durante casi cuarenta años. Pero afortunadamente, como dice el autor, "Lo que la Historia nos hurta y deniega, lo conquista y nos lo otorga la literatura [...] Es hora de emprender la reivindicación: el desquite del arte sobre la vida".



domingo, 17 de septiembre de 2017

"Aguacero" Luis Roso

"Aguacero" es una novela policíaca ambientada en la España rural; la triste, oscura y miserable España rural de 1955. Y es curioso porque a su autor, un joven de veintiséis años cuando la escribió, tendría que serle ajena, o cuando menos lejana, esa época y esa situación social y política. Pero nada menos cierto. Todas las personas tenemos dos realidades que nos conforman como seres humanos pensantes y sintientes. Una de esas realidades es lo que podríamos llamar, valga la redundancia, real, verdadera: la que vivimos día a día desde que nacemos. La otra es, valga la paradoja, ficticia. Se trata de la realidad escondida o patente en todas las lecturas que a lo largo de nuestra vida hemos ido acumulando y de las que hemos extraído experiencias y conocimientos. Es esta realidad ficticia la que ha dotado a Luis Roso de un entorno lejano a su historia verdadera, pero en el que se mueve como pez en el agua y es que "No tuve más que levantar la vista del ordenador y observar algunos títulos de mi estantería. Allí, entre otros muchos, estaban Delibes, Cela, Ferlosio, Sender, Azorín, De la Serna, Aldecoa, Barea, Martín Santos o Laforet. Allí, en estos y otros autores, estaban representadas todas las tendencias, todas las corrientes, todos los bandos. Allí estaba, en buena medida, la historia de la literatura española de las entrañas del siglo XX. Y debía ser de ahí y no de otra parte de donde partiera mi obra"
Ernesto Trevejo es inspector de primera de la Brigada de Investigación Criminal del Cuerpo General de Policía. Sabe que ha tocado techo en su carrera porque carece de padrinos y además, aunque se vea obligado a disimularlo, no es para nada "afecto al régimen". Tampoco desafecto, o eso quiere hacernos creer, porque lo que sí es Ernesto Trevejo es un cínico que sobrevive a base de nadar y guardar la ropa, única manera que tiene de salir adelante en un mundo que tiene muy claro lo que está bien y lo que no lo está en absoluto y si no estás conmigo estás contra mí. Ernesto cuelga del bolsillo izquierdo de su camisa la insignia con el yugo y las flechas que le abre las puertas de viejas amistades y de ciertos ambientes y que, cuando las circunstancias lo exigen, guarda en el interior del bolsillo. Y es que, en aquellos tiempos, "en España primaba la supervivencia del más ecléctico. Lo suyo era saber adaptarse según vinieran dadas, no mostrar nunca tus cartas o tus ideas antes de tiempo, o acaso no mostrarlas nunca. Ser una cosa o su contraria según quien te convidara al café".
Una mañana de mediados de enero de 1955 le encargan una incómoda misión. En un pueblo de la Sierra de Madrid, Las Angustias, hace más de un mes fueron asesinados y torturados dos guardias civiles. Casi un mes después, otros dos cuerpos aparecen con cuatro tiros cada uno: el alcalde del pueblo y su mujer. El arma que realizó los ocho disparos proviene de las robadas a los guardias asesinados. 
Trevejo es encargado de viajar al lugar y, extraoficialmente, ponerse a las órdenes de la Guardia Civil y ayudar en la investigación. Alguien poderoso tiene mucha prisa en que el caso se resuelva.
Lo que se va a encontrar Ernesto Trevejo en Las Angustias, aparte de la animadversión del capitán Cruz, al mando del cuartel de la Guardia Civil, es un pueblo dominado por las fuerzas vivas y por los secretos que todos parecen querer esconder, aunque nadie lo consigue. El cura, el nuevo alcalde, hijo del asesinado, el médico, el juez, la maestra, el conde. Y, en un pequeño pueblo cercano, Valrojo, perteneciente al término municipal de Las Angustias, se va a encontrar con un mundo paralelo, un mundo que estando apartado unos pocos kilómetros es como si estuviera en otra galaxia. Para sorpresa de Ernesto, en Valrojo se está construyendo una presa y la compañía eléctrica "ha traído a unas pocas docenas de andaluces y los tiene picando piedra en el margen del río [...] Además de arreglar las carreteras, van a hacer que llegue la luz y el agua a todos los rincones, y se va a mejorar el servicio telefónico, [...] El pantano va a traer riqueza y prosperidad a la zona. O eso dicen". (Como natural de una tierra "bendecida" por el ansia empantanada del hacedor de presas, puedo asegurar que los pantanos jamás dejaron riqueza en la zona; en el mejor de los casos la dejaron kilómetros más abajo, en las tierras yermas convertidas en fértiles gracias al regadío; en el peor, tan solo en manos de las grandes hidroeléctricas).
Los trabajadores andaluces viven en su propio mundo, al pie de la presa en construcción, en barracones miserables, sin comunicarse apenas con el resto de la gente, muriendo de infecciones que la malnutrición hace imposible vencer, malviviendo con lo justo y, aún así, contentos de tener un sueldo porque en su tierra vivían peor.
Luis Roso
Los intereses de la compañía eléctrica que construye el pantano, representada en el lugar por un ingeniero austriaco (aunque hay quien dice que es alemán) de oscuro pasado, se mezclan en toda la trama y, desde lejos, están siempre presentes. 
El empresario al mando, Sorrigueta, le suena a Ernesto, es un elemento más de un conjunto de personajes bien conocido en la España de la época: "oportunistas, charlatanes, iletrados, engreídos y prepotentes", un grupo de empresarios que, a decir de Ernesto, no importa de donde procedan o cómo se hayan enriquecido, "el dinero, o más bien el ansia por poseerlo, limaba las asperezas de las personalidades de cada uno, volviéndolos seres aburridos y predecibles, y también peligrosos, que nadaban a sus anchas en las aguas estancadas y pestilentes del régimen que los engendraba y tan profusamente los nutría".
La resolución del caso no satisface a Ernesto que, con el pragmatismo que le permite sobrevivir a tanta miseria moral, parece aceptarlo como parte de las reglas del juego tramposo y cicatero al que casi todos juegan en la España del momento. Pero Trevejo, además de pragmático, es un poco romántico y no podrá dejar las cosas como están. El final es de lo mejor que he leído últimamente en novela policíaca. Un final capaz de redimir la novela si la redención fuera necesaria. No lo es. La novela es buena sin necesidad de que un buen final venga a salvarla. Aquí el final solo sirve para redondear un resultado que ya era bueno de mano. 
Dos personajes, aparte de Ernesto Trevejo, sobresalen en la novela: Aparecido Gutiérrez (sí, habéis leído bien, Aparecido) es el único guardia civil con cuyas simpatías cuenta el inspector. Será su ayudante, el que le da soporte para diálogos cargados de humor negro y de ironía amarga, y será su chófer al manillar de una motocicleta en cuyo sidecar va Ernesto. Y juntos, se enfrentarán al otro personaje destacable: la lluvia. Una lluvia que no da tregua, que todo lo moja, todo lo empapa: trajes, zapatos, sombrero. Trevejo se defiende como puede, seca su ropa mientras duerme, pero siempre se la pone húmeda. Lluvia en la ropa, lluvia creando cieno en el suelo, lluvia que vuelve grises los días y profundamente negras las noches; lluvia que nos empapa y nos hace tiritar de frío mientras leemos y nos vamos sumergiendo en este aguacero que parece no tener fin y del que nos cuesta salir.

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